Academia de los pedagogos

«Bergman es el único genio del cine actual», aseguraba el escritor de chistes televisivos Isaac Davis –Woody Allen– en Manhattan, a lo que contestaba Marvy –Diane Keaton–, la snob neoyorquina: «¡Pero si sois de lo más opuesto! El programa que escribes para televisión es brillantemente divertido, mientras que su perspectiva es típicamente escandinava, lúgubre, todo está impregnado de Kierkegaard, es algo ingenuo, pesimismo a la moda… Todo ese silencio, el silencio de Dios… Muy bien, me encantaba cuando estaba en la universidad de Radcliffe, pero eso ya está superado… ¡Totalmente superado! ¿Acaso no ves que se trata de un intento de dignificar los propios traumas psicológicos y sexuales poniendo como parangón ciertos principios filosóficos? ¡No es más que eso!».

Seguro que muchos de ustedes recordarán la escena, como recordarán la Academia de los sobrevalorados que la engreída Marvy y Yale, el íntimo amigo de Isaac, se inventaron para despotricar de Bergman, Mahler o Van Gogh. Si bien el ingenio de Allen nos permitió disfrutar con natural complicidad de aquella lista de personajes supuestamente más estimados de lo que merecían, en la educación la cosa tiene menos gracia. El inventario de nombres, ideas y prácticas que los gurús, expertos y pedagócratas insisten en desechar, por poco modernas, poco vistosas o poco impactantes, resulta mucho más penoso, irracional y, si me apuran, pernicioso. La lista sería más larga que la de Schindler, así que voy a referirme solamente a algunos de estos conceptos que hoy podrían integrar una Academia educativa de sobrevalorados.

Voy a comenzar por la clase magistral, confundida habitualmente con la técnica expositiva, que es esa que utilizan en sus conferencias los expertos para criticar que nosotros, los profesores, la empleemos en clase y que, curiosamente, se ha demostrado como una de las estrategias didácticas más eficaces (claro que, ¿para qué intentar ser eficaz si se puede ser mediático?). En efecto, que un profesor explique su materia a sus estudiantes se ha convertido, qué tiempos estos, en algo reprochable (como si explicar bien fuera tan sencillo). Parece que los alumnos son capaces de debatir, construir conocimiento y descubrir el saber y la cultura sin nuestra participación (además, ya saben que el conocimiento está hoy a golpe de clic). Descartemos, pues, el método explicativo y la clase magistral. Aspiremos a una clase defectuosa y confusa. Verán qué risas.

Vayamos ahora con la disciplina. Hablar de disciplina te convierte en un tipo beligerante y sospechoso de querer recuperar el servicio militar o invadir Gibraltar (o de aficionado al látex, vaya usted a saber), pese a que rechazar la disciplina es sencillamente estúpido, puesto que la disciplina, el orden, la organización y el rigor son necesarios para el (buen) desempeño de cualquier actividad, sea esta más o menos libre, más o menos dirigida. Incluso para trabajar la improvisación musical, ejercicio en el que la espontaneidad y la creatividad están presentes, es indispensable tener disciplina (y entrenarla), si lo que queremos, obviamente, es hacer algo bien y no regular, en cuyo caso nos tendremos que contentar con lo que salga.

Otra idea anatemizada por el pedagogismo es la idea de exigencia. En mi opinión, no hay mayor muestra de respeto hacia a un alumno que ser exigente con él, ya que no hay aprendizaje sin exigencia, como no hay (buena) enseñanza sin autoexigencia. Y créanme cuando les digo que un alumno es una persona en formación, desde luego, pero no un idiota al que hay que contentar y mantener en una cómoda ignorancia. Tenemos con nuestros alumnos la responsabilidad de incomodarlos y estimularlos para que desarrollen todo lo posible su potencial. No nos lo agradecerán ahora, ni haríamos bien en anhelarlo, pero probablemente lo harán en el futuro, aunque en muchos casos nunca llegaremos a saberlo.

Relacionada con la exigencia, la excelencia es otra palabra que no conviene mencionar en según qué foros. Sin embargo, pocos objetivos lograremos si nos ponemos bajo el listón y renunciamos a aspirar a ella. Soy consciente de que no todos mis alumnos podrán alcanzarla, pero mi trabajo consiste en desearla para todos ellos. Y estoy convencido de que apuntando alto llegarán mucho más lejos que siendo conformistas. Hay quien piensa que este posicionamiento es clasista. Clasista sería pretender que sólo los más pudientes avanzaran. Exigir menos al pobre no es compasivo; es, esto sí, profundamente clasista. No lo es perseguir que cualquier alumno, independientemente de su origen socioeconómico, tenga la oportunidad de progresar.

Vayamos con otro término reprobado por nuestras estrellas de la educación: memorización. Quienes sostienen (de forma errónea, pero contumaz) que la enseñanza es excesivamente memorística pierden de vista algo tan elemental como que aquello que no se ha fijado en la memoria es que no se ha aprendido y que ningún (buen) profesor pide a sus alumnos que se limiten a memorizar o que memoricen sin comprender nada. El músico de jazz guarda en su memoria escalas, acordes y melodías que le permiten improvisar después. El actor ha de saberse su papel para poder interpretarlo.

Casi tan mal vista como la memoria está la repetición, que también es esencial (¡qué bien lo sabemos los músicos!). Al Pacino defendía en una entrevista la repetición de una escena como parte fundamental del aprendizaje del actor. Y también como algo apasionante por el propio perfeccionamiento que supone y porque ninguna repetición es igual a la anterior. «Amo la repetición», decía Pacino, «porque me mantiene fresco (…) Todos me preguntan si actuar una y otra vez no es aburrido. ¡No! Es en la repetición donde la creación y la expresión aparecen». Se dice que Stanley Kubrick necesitó cuatrocientos días para rodar Eyes wide shut. O podemos referirnos a Mondrian, que corregía los lienzos una y otra vez hasta que quedaba satisfecho. La repetición sigue siendo un excelente método de aprendizaje.

Y llegamos a la palabra más denostada por la Pedagogía oficial: esfuerzo. Todavía hay iluminados que parecen creer que cuando algunos hablamos de que el alumno ha de sacrificarse es porque estamos pensando en practicar sacrificios humanos para apaciguar a los dioses o en algo parecido. Digamos claramente que no hay nada que valga la pena que pueda conseguirse sin esfuerzo y que es este esfuerzo el que da valor a aquello que aprendemos. El mejor consejo que podemos dar a un estudiante es: interésate, presta atención, persevera, sé disciplinado, exígete, sé ambicioso para superarte a ti mismo y confía en que tu esfuerzo te va a servir. Sé valiente y atrévete a saber, que diría el clásico. O, como afirmaba el propio Isaac en Manhattan, «el talento es pura suerte. Lo más importante en la vida es el coraje».

Alberto Royo es musicólogo y profesor de secundaria. Es autor de los ensayos Contra la nueva educación (2016), La sociedad gaseosa (2017) y Cuaderno de un profesor (2019), todos ellos publicados en Plataforma Editorial.

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