Aconsejado por Gracian, Macron monta una pastelería

Cuando Emmanuel Macron lanzó su minúsculo partido, ¡En Marcha!, en abril de 2016, subrayó que su embrión de proyecto no era «ni de izquierda ni de derecha». Dos días antes de ser elegido presidente de la República, el mismo Macron definía su proyecto presidencial de este modo: «Quienes me acompañen como ministros deberán entrar en una nueva familia política: la familia de los progresistas republicanos».

«Republicano», en Francia, es todo el arco iris de la política nacional: de Mélenchon (extrema izquierda) a Le Pen (extrema derecha), pasando por el PS y la derecha, todo el mundo es «republicano». La guinda de cualquier tarta política nacional.

«Progresista» es un adjetivo que sirve para cualquier cosa: se puede ser «progresista» de izquierdas, de derechas, de centro, o populista. Mélenchon y Le Pen se consideran ellos mismos ser los «auténticos» progresistas.

¿Cuál pudiera ser el calificativo provisionalmente «exacto» de la ideología presidencial macroniana? En la historia política francesa, Alain, teórico de las ideas políticas, calificó a los partidarios del «ni de izquierda ni de derecha», de este modo canónico en la cultura política nacional: «Cuando alguien se pregunta si todavía tienen significación los partidos de izquierda y derecha, quien se lo pregunta no es de izquierda, ciertamente».

En la historia política de la V República, el precedente palmario de un político que comenzó «aspirando» al «justo medio», «centro del centro», «ni de izquierdas ni de derecha», fue Giscard d’Estaing, que se definía a sí mismo de este modo: «Para algunos, el centrismo no tiene contenido intelectual. Es un pantano, un punto de convergencia de los oportunistas. Pienso, por el contrario, que el centro se caracteriza por el rechazo de los extremos».

Mitterrand sentenció las aspiraciones centristas de Giscard de este modo: «El centro es una variedad fofa de la derecha». Giscard comenzó gobernando al centro, con un equipo liberal reformista. Pero su práctica del poder osciló muy pronto hacia el conservadurismo tradicional, con flecos europeistas. La herencia centrista de Giscard se la disputan desde hace años varios partidos confesionalmente centristas:

–Mouvement démocrate, de François Bayrou, antiguo delfín de Giscard, ministro de Justicia en el primer gobierno de Macron.

–Union des démocrates et indépendants, de JeanLouis Borloo, exministro de Chirac y Sarkozy, dispuesto a gobernar con Macron.

–Force européenne démocrate, J.Christophe Lagarde, provisionalmente hostil a la colaboración con Macron.

–Les Centristes, Hervé Morin dubitativo entre la colaboración o no colaboración con Macron.

En el ideario programático del nuevo presidente de Francia, sus proyectos económicos vienen todos del «¡Enriqueceos!» de François Guizot, uno de los patriarcas del liberalismo a la francesa. En el terreno social, por el contrario, todas las referencias esenciales provienen de Charles Peguy y Paul Ricoeur. Peguy, el filósofo, poeta y ensayista católico, reformista en su juventud, conservador en su madurez, capaz de resumir su obra de este modo: «Todo comienza con la mística y termina en la política». Ricoeur, el gran filósofo católico, defendía un comportamiento ético que tiene muy mal encaje con la práctica política tradicional.

El semanario satírico «Charlie Hebdo» ha presentado a Macron como un «mártir» de su propia «mística política», crucificado y «subiendo a los cielos», gritando a sus fieles: «¡Os amo!». Un «macronista» que contempla esa «crucifixión rosa» (Henry Miller dixit) le dice a su líder «crístico»: «Baja de la cruz, tío, que se ha terminado la función». Otro «macronista», alarmado, agrega: «Anda, anda, baja de la cruz y tómate tus gotas».

Instalado en el Elíseo, Macron maniobra de manera poco mística y muy política, en la mejor tradición del pasteleo clásico: una de cal, otra de arena. Un poco de salsa rosa. Cierta dosis de pimienta picante. Y un plato combinado «mar y montaña». Manuel Valls, su primera víctima, ha comentado el gran arte de la maniobra y la ejecución de sus rivales, con puntilla taurina, de este modo: «Hollande era un malvado, con principios. Macron es un malvado, sin principios». Valls habla con el rencor de la inocencia castigada sin piedad.

Desde los más oscuros pasillos del olimpo presidencial, Macron prosigue los cabildeos indispensables para afianzar su poder, seduciendo a unos y otros con promesas a geometría variable, con las que espera muñir su próxima mayoría parlamentaria, absoluta o relativa. Tarea poco o nada mística, que Baltasar Gracián definía de este modo: «Aprende a llevarte bien con todos. Sé docto con el docto, y con el santo, santo. Es el secreto para ganártelos a todos, porque la identificación con el otro concita benevolencia [ .. ] Aprende a usar a tu favor a los enemigos. Un acto de agresión puede advertirte de muchas dificultades que jamás podría aclararte un acto a tu favor. Los enemigos te permiten descubrir tus virtudes y defectos, y así fabrican tu grandeza. Más peligrosa es la lisonja que el odio».

Juan Pedro Quiñonero, periodista.

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