Actitudes ante el dolor inexplicable

El tema que pretendo abordar es, en extremo, delicado. No cabe pontificar. Ofrezco un punto de vista sobre las posibles actitudes ante el «dolor inexplicable». Cuando nos ocurre algo grave –una enfermedad o desgracia–, a nosotros o nuestros seres queridos, si lo sucedido es inesperado e inusual, nos preguntamos ¿por qué? o ¿por qué a mí? El segundo interrogante es reversible y podría formularse: ¿por qué no a mí? ¿Algo me exime para que no me ocurra, lo que les ha sucedido a otros?

Dos sucesos nos han conmovido recientemente. El trágico accidente de ascensor que provoca el fallecimiento de los jóvenes Belén y José en Madrid y la muerte heroica de Ignacio Echeverría por un acto terrorista en Londres. Las tres son muertes «incomprensibles», por imprevistas y diría que «antinaturales». Lo normal sería que sus seres queridos reaccionasen con ese abismal ¿por qué? Y no lo han hecho. ¿Por qué? No se ha destacado lo suficiente, en la vorágine informativa, que la causa es su fe recia y su honda práctica religiosa. Su religión católica, «como» cualquier otra, ha sido incapaz de darles respuesta; pero «como» ninguna otra, les ha proporcionado «razón para su esperanza» y «valor» a su dolor. Solo por eso, sus padres y hermanos no han caído en la desesperación. Lo han superado de forma sobrehumana, es decir, sobrenatural.

Todos gozamos, todos sufrimos. Esto nos iguala. Esperanzas y alegrías, preocupaciones y tristezas nos circundan. Vida y alegría; dolor y muerte son dobles parejas de nuestra existencia. No obstante, cada uno –sin que exista causa suficiente que lo explique–, disfrutamos de momentos de felicidad y soportamos otros de tristeza en distinta medida. Esto nos diferencia.

En todo caso, nadie puede eludir el sufrimiento. Es como la muerte, que llega aunque no sabemos cuándo, certus an incertus quando. En un primer momento todos nos rebelamos cuando aparece un dolor inexplicable. Y después…, cuando ya se asienta, ¿cuáles son las actitudes frente al mismo? En mi planteamiento distingo entre creyentes y no creyentes. Para nada los primeros somos mejores, pero la creencia o increencia, a mi juicio, influye sobre la reacción del que sufre. Lo que sí somos los creyentes, si en verdad creemos, es unos privilegiados, pues con fe todo se sobrelleva mejor.

Entre los que no creen caben varias actitudes. A algunos el sufrimiento inexplicable ni les cuestiona su posición ni les influye. A otros les reafirma en su increencia, desde el «lógico» razonamiento de que si Dios existiese no sucedería lo acaecido. Otros imputan a Dios la desgracia y se rebelan «contra lo que no creen». Es ilógico, pero alguna vez lo he constatado. Por último, están los que pensando que la religión es el «opio del pueblo», cuando llega ese dolor, inmenso e incompresible, comprueban que es necesario meterse un «buen chute» de «opio religioso», para soportar la desgracia. Son los que creen «a la desesperada». El que sufre es siempre un indigente y, a veces, se agarra a todo, aun contra sus principios. Podría equipararse al que busca en la medicina alternativa lo que, una vez desahuciado, le niega la tradicional. Así, ante un tumor incurable de un hijo, pasa a creer como último recurso. Suele suceder cuando se ha tenido un pasado de creencia –sobre todo vivida en los primeros años– o se tiene a alguien próximo que le pide que rece con él. Unos se convierten –sobre todo si alcanzan la petición o encuentran paz en Dios– y otros, pasado el temporal, no se acuerdan de santa Bárbara –es decir, de Dios– hasta que vuelve a tronar.

En el grupo de los creyentes todos, en un primer momento, pedimos que desaparezca la causa del sufrimiento. Ahora bien, si el milagro no se produce, cabe distinguir. Unos se enfadan con Dios. De ellos, algunos ven debilitarse su fe y otros dejan de creer. Al igual que hay quien se convierte por el dolor inexplicable, existe también quien pasa a la increencia. Son los que su «Dios» debe ser un «paraguas» que impida que la lluvia te empape. Piden lo sobrenatural y si se no se cumple se enojan e incluso enemistan.

Otros piensan que lo que les sucede es «voluntad de Dios» y lo aceptan con resignación. No suelen distinguir entre «causas primeras y segundas», según santo Tomás. Las primeras, acciones directas de Dios en el mundo, son muy excepcionales. La casi totalidad de los males inexplicables obedecen a «causas segundas» en las que Dios solo «tolera», pero jamás «quiere» el mal, ni mucho menos lo «manda». No cabe pues decir: «Estaba de Dios». Este fatalismo, «bondadosa» ignorancia popular, traducción de una «fe de carbonero».

Por último a otros, y no son pocos, el sufrimiento incomprensible fortalece su fe. Se sienten, más que nunca, en manos de Dios. Acogen ese «chorro de gracia» que se derrama sobre ellos y así adoptan una conducta positiva incluso cuesta comprender. Éstos, a los medios humanos les añaden los espirituales. El analgésico calma el dolor, la oración aumenta el valor; la quimio «cura» el tumor, la fe sana el temor. Además, un ánimo abierto a la ayuda divina convierte a la mente en poderoso aliado que estimula el sistema inmunológico.

Hubo un hombre histórico, Jesús de Nazaret, que aceptó voluntariamente el dolor y, por ello, es capaz de ponerse en el lugar del que sufre. Nuestro Dios nunca permanece indiferente ante el dolor. Nos sostiene en la palma de su mano. Bernardo de Claraval acuñó la expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero sí compadecer. Cuando llegue el momento, elevemos nuestro corazón y pidámosle lo imposible. Por ejemplo, revertir un «coma irreversible» de un ser querido. Pero no le pidamos que nos lo aclare o justifique, pues «a Dios se le puede pedir todo menos explicaciones». Y no es que sea irreverente pedirlas. Es que no estamos en condiciones de entender. Él nos contempla desde la eternidad. Aquí toca confiar, allí entender.

Federico Fernández de Buján, catedrático de Derecho Romano de la UNED y miembro electo de la Real Academia de Doctores de España.

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