Activismo de centro

Hace ya varios años que los barómetros del CIS registran como uno de los principales problemas del país a los políticos. No voy a agotar este espacio intentando corregir una creencia que posiblemente venga alimentada por la forma o, mejor dicho, falta de ella, con la que se desarrolla el debate público.

El siglo XXI está siendo en estas primeras décadas especialmente convulso prácticamente a nivel mundial. Apenas empezábamos a recuperarnos de una profunda crisis económica cuando una pandemia asola el planeta privándonos, entre otras muchas cosas, de los abrazos y la compañía.

Cuando peores son las condiciones sociales y económicas, mayor es la radicalización y el sectarismo, la crispación y el miedo, la confrontación y el desprecio. Es en este tipo de contexto cuando surge la tentación de apostar por un mensaje sencillo para afrontar una solución compleja, ya sea desde la perspectiva de las antiguas derecha o izquierda.

Curiosamente, cuando más se necesita una política de centro es cuando menos se escucha su mensaje, ahogado por el furor del rifirrafe de los extremos que tienden a negar la bondad, excelencia e incluso la existencia de un espacio de centro del que tratan de apropiarse cuando llega el periodo electoral.

España es un país centrado. El último barómetro del CIS sitúa en posiciones de centro al 56,9% de la población, cifra más significativa si tenemos en cuenta que el 10,9% no sabe o no contesta.

El centro no es un punto equidistante desde el que se centrifugan izquierdas y derechas, populismos y nacionalismos. Es un espacio político real y, si me lo permiten, añadiré que el más sano, complejo y recomendable para una sociedad desarrollada y madura como la nuestra.

El centro no es ni actitud, ni cruce de caminos. Es un espacio propio, un punto de encuentro ideológico que tiene la moderación, el diálogo y el sentido común como valores prescriptores de nuestra acción política. El centro político que representa Ciudadanos es la verdadera esperanza para nuestro país.

Cuando España daba sus primeros y difíciles pasos en el mundo de las sociedades democráticas, fue un partido de centro, la UCD de Adolfo Suárez, quien afrontó aquellos años de transición y modernización y pronunció ante las Cortes los versos de Antonio Machado: «Hombres de España, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana en el ayer escrito».

Politólogos y sociólogos no cesan de repetir que el partido que gana las elecciones es el que sabe presentarse como el guardián de las esencias del centro político, aunque luego renieguen de ellas con los argumentos más peregrinos.

Hay un miedo al centro provocado por su propia complejidad y versatilidad. Es mucho más fácil gobernar cuando hay un texto doctrinal que resuelve lo que es lícito e ilícito, lo bueno y lo malo, lo sagrado y lo profano, pero como dijo Inés Arrimadas: «La indignación no es un proyecto político. Todos juntos tenemos que ser útiles en lugar de estar aquí a garrotazos».

Las raíces del centro no se sustentan en posiciones dogmáticas sino en la búsqueda continua de la política y la decisión de gobierno más necesaria y oportuna.

Ninguna de las dos Españas ha de helarnos el corazón si hacemos que el Parlamento vuelva a ser la casa de la palabra, del diálogo razonado y razonable, del debate enriquecedor y moderado, del sentido común, de la búsqueda colaborativa de soluciones.

La crispada vida política nos ha acostumbrado a tomar partido y vivir a la contra de todo lo que no esté alineado con esa decisión, algo que nos llena de ruido e ira y que no favorece en nada la consecución de acuerdos y consensos que la historia reciente ya nos demostró que somos capaces de hacer y que tanto nos benefician a todos porque el esfuerzo de perdonar y olvidar nos prepara para avanzar como sociedad.

Afrontamos un tiempo en el que la política parece más empeñada en intentar reescribir el pasado que en mirar hacia el futuro, cuando la función de nosotros, los que hemos recibido el encargo de representar en las instituciones a toda la sociedad, tenemos la responsabilidad, o así lo entiendo yo, de intentar con nuestras obras dejar las cosas mejor de lo que estaban, generar progreso, avanzar en la libertad y la igualdad, atender y curar las heridas de la sociedad, en definitiva, gobernar.

Quienes tenemos alguna responsabilidad institucional debemos escuchar a los ciudadanos porque en todos y cada uno de ellos es donde realmente reside la soberanía como se precisa en nuestra Constitución.

Los políticos no debemos ser el problema sino los buscadores y conseguidores de soluciones y eso es lo que promueve el centro político: la búsqueda de acuerdos, la promoción del diálogo, el reinado del sentido común, el fortalecimiento de la moderación, la reconquista del respeto.

El Papa Francisco, en la encíclica Fratelli Tutti, va aún más lejos al recordar que «gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones». Pide a cada uno de nosotros que seamos «parte activa en la rehabilitación de las sociedades heridas».

Negar la existencia del centro es un deseo cómodo de apoltronarse en la no-política, en el discurso frentista, la réplica zafia, la descalificación del otro y el argumentario simplista. El reto en la España de hoy es tener la valentía de romper con esa dinámica que carcome los pilares esenciales de la convivencia y siembra cizaña y desconfianza.

El centro es tan beligerante como la derecha o la izquierda, pero con otras formas y, como dijo el presidente Kennedy, «con una tolerancia que no implica falta de compromiso con las propias creencias. Más bien condena la opresión o la persecución de los demás».

La sociedad de la información no conduce necesariamente a la sociedad del conocimiento. La pandemia ha construido en un parpadeo una sociedad de la cuarentena en la que se ha evaporado la experiencia comunitaria, dejándonos solos. Bien comunicados, pero solos, y España, como cualquier territorio, es un esfuerzo colectivo.

Es momento de retomar el activismo de centro. Es tiempo de devolver a las instituciones la dignidad que les corresponde y que el país necesita, mediante el esfuerzo de todos los actores por cambiar la voz por la palabra, el me gusta por lo que es justo y la condena por la compasión. Esa es la gran esperanza política, el esfuerzo que estamos realizando desde el centro democrático, esa es la labor en la que está volcado Ciudadanos.

Ángel Garrido García es consejero de Transportes, Movilidad e Infraestructuras y ex presidente de la Comunidad de Madrid.

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