Actualización de la conllevancia

Mi liberada:

Algún día comprenderás cuánto han hecho las élites españolas por vosotros y hasta qué punto debéis agradecerles su contribución al desarrollo de vuestro Proceso. Merecen un homenaje y siguiendo la cronología revolucionaria trazada por el actual conducator espero que en 12 meses podáis hacérselo en la Barcelona al fin redimida. Las pruebas de lo que digo son innumerables y se extienden a lo largo del último tiempo español. Aunque pocas veces se habrán hecho carne mortal como en el ciclo de la Fundación Ortega y Gasset que inauguró el viernes el presidente Puigdemont, que lleva el título genérico ¡Escolta Espanya, Escucha Cataluña! (con sus urgentes exclamaciones) y que dirigen la exdiputada socialista Carme Chacón y el director del centro de estudios de la fundación, Javier Zamora. El ciclo se acoge a la famosa doctrina Nierga, ésa que, siempre con un punto de énfasis histérico, llama al diálogo de dos culpables equivalentes. ¡Escolta Espanya, Escucha Cataluña! es la enésima gracieta sobre la oda maragalliana y el titular equidistante del asombroso folio y medio donde se detalla la intención del encuentro.

El asombro empieza por la sintaxis. No lo sabíamos pero la Fundación Ortega y Gasset (repitan la filiación conmigo) es capaz de producir párrafos como este: «A diferencia de otros estados europeos que ahogaron las naciones que los conformaron en beneficio de una única y monolítica identidad nacional, en España, sobre todo en las etapas democráticas, se ha fomentado libremente el sentimiento de pertenencia a las distintas naciones, nacionalidades y regiones que componen España, la cual la inmensa mayoría de ciudadanos entiende como su nación de manera no incompatible con otros sentimientos de identidad». Exhibida la sintaxis, sería inútil, bestialmente intelectual, recordar que esos estados a los que alude el texto, incluido España, no se conformaron sobre naciones. Por lo tanto hay que centrarse en el milagro fundamental del texto: y es que España, según los ortegas, está compuesta de naciones, nacionalidades y regiones. Ya voy viendo por dónde va la traumatóloga «articulación constitucional» que el texto propondrá luego: dadas la chicha y la limoná lo peor que se puede ser en esta vida es nasionalidá.

Actualización de la conllevanciaEstas líneas del último párrafo tienen también un gran valor astigmático: «En estos encuentros se afrontarán las relaciones entre Cataluña y España entendidas como las sociedades catalana y española, como los ciudadanos catalanes y españoles». La consideración de Cataluña y España al margen de la sinécdoque es el punto de fuga moral del encuentro. Los que hablan de Cataluña y España como entidades no sinecdóticas no comprenden que la mitad aproximada de catalanes dejarían de serlo en cuanto dejaran de ser españoles y que la abrumadora mayoría de españoles dejarían también de serlo sin los catalanes, porque ser español solo (¡solo!) es un vínculo. Un vínculo de ciudadanía. Es una broma amarga que la Fundación Ortega utilice el concepto de ciudadanía para distinguir entre Cataluña y España. Se han debido traspapelar estas palabras del Fundador, pertenecientes a su discurso de 1932 sobre el Estatuto de Cataluña, tan puntillosamente doctrinal: «Parejamente, nos parece un error que, en uno de los artículos del título primero, se deslice el término de ‘ciudadanía catalana’. La ciudadanía es el concepto jurídico que liga más inmediata y estrechamente al individuo con el Estado, como tal; es su pertenencia directa al Estado, su participación inmediata en él (…) es menester también que amputemos en esa línea del proyecto de Estatuto esa extraña ciudadanía catalana que daría a algunos individuos dos ciudadanías; que les haría en materia delicadísima, coleccionistas».

Habrá cinco encuentros entre Cataluña y España y se prolongarán hasta septiembre. Los panelistas se adhieren al espíritu de la convocatoria. Hasta tal punto que uno de ellos es el espectral ex juez Santiago Vidal, suspendido en su juicio no solo por sus compañeros jueces y redactor de una Constitución catalana que pertenece al mismo género literario de El Quijote era de Castellfollit que tan fértilmente se ha desarrollado durante el Proceso. La presencia de Vidal es todavía más incomprensible si se piensa que en el mismo acto ya diserta Miguel Herrero de Miñón. Cada uno de los paneles cuenta con un separatista y un hombre inteligente, y en el medio la habitual gelatina tercerista que quiere proclamar la independencia votando no a la independencia. Para ellos, tan finitos, que creen que la soberanía puede servirse en carpaccio, el Fundador también tuvo palabras: «Ante todo, como he dicho, es preciso raer de ese proyecto todos los residuos que en él quedan de equívocos con respecto a la soberanía; no podemos, por eso, nosotros aceptar que en él se diga: ‘El poder de Cataluña emana del pueblo.’ La frase nos parece perfecta, ejemplar; define exactamente nuestra teoría general política; pero no se trata, sin distingos que fueran menester, del pueblo de Cataluña aparte, sino del pueblo español».

El discurso de Ortega es célebre sobre todo por su concepto central, que es el de la conllevancia. Ortega sostenía que entre los nacionalistas catalanes y el resto de los españoles había un fondo de discrepancia que no se podía resolver, sino solo conllevar. Esta cita: «Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles». La interpretación común de esta cita hace recaer sobre el conjunto de los españoles la responsabilidad de conllevarse con los nacionalistas (aunque Ortega dice catalanes y dice mal). Los nacionalistas serían algo así como el hijo tonto del que uno no se puede desprender. En el fondo paradójico de la actitud de las élites españolas ante el nacionalismo catalán, en su necia complacencia, hay esta consideración del nacionalista como un perturbado pueril al que hay a veces que mecer para que no destroce la casa. Pero Ortega es inequívoco: también los nacionalistas, mayores de edad y responsables, han de conllevar. Después de cuarenta años, confirmadas y aumentadas las expectativas de su insolidaridad y de su ontológico desprecio a la democracia, ha llegado el momento de que conlleven un ratito. Siempre hay que joderse estrictamente a medias.

Y tú sigue ciega tu camino.

Arcadi Espada

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