Actuar con conciencia histórica

No me preocupa conocer las propuestas de ciertos políticos repitiendo las palabras de los que se pronunciaron sobre el mismo asunto hace 50, 100 o 200 años. Por ejemplo, exigiendo la independencia de Cataluña. En los siglos XIX y XX las circunstancias vitales eran completamente distintas de las que ahora nos condicionan. «Soy yo y mi circunstancia», sentencia acertadamente Ortega. Y Shakespeare nos advirtió: «El tiempo en su rapidez modifica el curso de las cosas». Ahora vivimos y convivimos en una sociedad globalizada, con unas comunicaciones tan rápidas e intensas que hacen desaparecer las viejas fronteras. Ya no funcionan en Europa las naciones soberanas, al estilo de las que se configuraron según la doctrina de Bodino, en la línea de Maquiavelo y Hobbes. ¿Cómo, en esta situación presente, cabe pensar, por ejemplo, que es posible alcanzar las aspiraciones de los independentistas catalanistas del siglo XIX o del siglo XX? Y, ¿cómo sostener, asimismo, que el País Vasco, o cualquier otro de los integrados en España, puedan estructurarse ahora del modo pedido en los siglos XIX o XX? Nos recuerdan algo que escribió Cervantes: «Que los que viven con esperanzas de promesas venideras siempre imaginan que no vuela el tiempo, sino que anda sobre los pies de la pereza misma». (También podríamos, con indiscutible base histórica, reivindicar el Reino de Granada, mi querida tierra natal. Pero mis paisanos no son unos disparatados).

Se nota por doquier una falta de conciencia histórica. No se colocan adecuadamente algunos observadores en este momento del siglo XXI. La sociedad globalizada, en la que ahora vivimos, tiene que ser objeto de una reflexión y debemos dar unos ejemplos (referencias personales: ¡perdón!) para que los jóvenes lectores se hagan cargo de lo que en el siglo XX sucedía.

Cuando yo era niño y vivía en Granada, años 40, mis padres me llevaban a veces a Madrid en automóvil. Los 432 kilómetros de carretera se cubrían en dos etapas, con noches generalmente en Manzanares, donde estaba el moderno parador. Los coches de la época se calentaban excesivamente con frecuencia (atravesar Despeñaperros era una aventura) y había que echar agua en los radiadores. En un determinado momento de la posguerra civil, España se quedó sin gasolina, siendo necesario encerrar los vehículos en los garajes o colocarles un gasógeno, que era una especie de chimenea alimentada con carbón o con troncos de madera. Naturalmente, el calor era insoportable en los asientos traseros y los automóviles se deterioraban gravemente con esa clase de combustibles. Esta escena que estamos recordando nos parece un producto de la imaginación. Pero realmente fue así.

Suele afirmarse que con la globalización han desaparecido las fronteras. Recuerdo que cuando realicé mi primer viaje de estudios a Alemania, en Heidelberg, me despedí de mis padres sabiendo que mi comunicación con ellos se limitaría a unas cartas que tardarían varios días en llegar. Me iba a otro mundo. Ahora, mi nieta mayor, Lara, se doctora en Stanford (California) y podemos verla diariamente en las pantallas de los nuevos medios de comunicación, hablando además con ella. Mantenemos el contacto a miles de kilómetros de distancia. Esta es la situación que gozamos en la denominada sociedad globalizada.

Christoph Keller (1638-1707), humanista holandés, dividió la historia de Occidente en tres grandes periodos: la Antigüedad, la Edad Media y los tiempos modernos. Después se añadieron nuevas etapas: la Edad Contemporánea, la Edad Atómica y la Edad Electrónica. Precisa Rodrigo Borja, buen tratadista hispanoamericano, que la Antigüedad se desarrolló desde el origen de la escritura hasta la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476; la Edad Media fue hasta fines del siglo XV, la Edad Moderna hasta la Revolución francesa y la Edad Contemporánea hasta la explosión de las primeras bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto de 1945; la Edad Atómica llega hasta la caída de la Unión Soviética en 1989 y, a partir de ese acontecimiento, se inicia la Edad Electrónica en la que hoy vivimos.

Resulta enorme el peso de la Historia en los comportamientos humanos. Pero lo verdaderamente importante –si queremos ver claro– es tener conciencia histórica. Y esto es lo que falta a algunos de los que, en nuestra época, aspiran a ser dirigentes políticos. Dicen lo mismo que decían Prat de la Riba o Cambó. Subraya Raymond Carr, el historiador británico, que Prat de la Riba, como presidente de la Mancomunidad catalana, empleó sus poderes al máximo. Murió en 1917 y su sucesor fue Puig i Cadafalch, persona menos enérgica, que, como tantos políticos actuales, había llegado al poder desde la tarea de recrear la Cataluña histórica. Esta tarea de «renacionalización» cultural –por emplear la expresión de Rovira i Virgili– era todavía crucial para el catalanismo, y la Mancomunidad fue su principal instrumento. ¿No es acaso lo mismo que hoy, en una situación social, radicalmente distinta, se nos dice desde la Generalitat? Son pruebas de la carencia de conciencia histórica. Acaso por eso no se les hace caso fuera, rechazando sus productos financieros, en Bruselas y en Nueva York.

Volvemos a citar a Rodrigo Borja: el hombre –nos dice– es un ser esencialmente histórico: no puede desentenderse de la historia. Sus pensamientos son historia; sus conocimientos son historia; sus conocimientos filosóficos, artísticos, científicos y tecnológicos historia son. Su experiencia vital, sus herramientas, las obras de sus manos, las creaciones de su inteligencia también son historia. De esta forma radical se expresa el conocido tratadista y gobernante, que llegó a ser presidente de Ecuador.

No hay que admitir, sin embargo, los excesos del historicismo, un término acuñado por el historiador alemán Karl Werner (1821-1888). Ernest Renan, por su parte, también en pleno siglo XIX, afirmó que «la historia es la forma necesaria de la ciencia de todo lo que llega a ser». Y Dilthey (1833-1911), sostuvo que el hombre es lo que experimenta sólo a través de la historia.

Tales advertencias poseen mucho valor. Reivindicar lo mismo que en otro momento reivindicaron algunos políticos es carecer de conciencia histórica. «No me vengas con historias», fue un consejo de la sabiduría popular. Los pronunciamientos extravagantes, fuera del tiempo presente, no deben preocupar.

Sería distinto si los programas políticos fueran como los Evangelios cristianos. Pero no tienen ese carácter religioso. La política se ha de adaptar a las circunstancias de su momento histórico, que cambian con el trascurso del tiempo.

Manuel Jiménez de Parga es catedrático de Derecho Político y ex presidente del Tribunal Constitucional.

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