Ad Fontes

La actualidad, que nos impregna y nos apasiona, impide a veces entender hasta qué punto somos herederos de una larga historia. Las generaciones jóvenes la desconocen demasiado a menudo porque la enseñanza ya no habla de ella, aunque nos condiciona. Un ejemplo de ello, como está de actualidad, es la celebración del sesenta aniversario de la Unión Europea, en Roma. ¿Creen de verdad que nuestra Europa solo tiene sesenta años?

En este momento estoy leyendo una obra histórica extraordinaria, «Reformations» (Reformas), de Carlos Eire, un universitario estadounidense de origen cubano que se sitúa en el siglo XV en nuestra Europa naciente, la de los humanistas que darán lugar al Renacimiento y a la época de las Reformas en el seno del mundo cristiano. Vemos cómo se constituyó entonces una red de intelectuales que mantenían una correspondencia activa en latín. Europa siempre ha tenido una lengua de comunicación universal, el latín, después el francés y luego el inglés. Estos intelectuales, llamados «humanistas», adoptaron el lema colectivo de ad fontes, una expresión que procedía del Salmo 42 de la vulgata latina, que se podría traducir como «regreso a las fuentes». Estos orígenes eran la sabiduría filosófica grecorromana, las artes que la acompañaban y la auténtica fuente del cristianismo, la Biblia, en hebreo, arameo y griego. Este regreso ad fontes empezó en Italia, pero se extendió de inmediato por toda Europa, y algunos de sus máximos exponentes fueron, por ejemplo, Erasmo en Flandes, Lefèvre d’Etaples en Francia, Tomás Moro en Inglaterra, y el cardenal Jiménez de Cisneros y Antonio de Nebrija en España, dos destacados filólogos y gramáticos. Cisneros fue el editor de la primera Biblia en hebreo, griego y latín comparados. Por tanto, Europa nació, no en 1957, sino gracias a la pluma y en la conciencia de estos escritores.

Nos maravillamos ante el hecho de que los banqueros y los comerciantes llevasen rápidamente su correspondencia de una capital a otra, así que ad fontes de Europa ya observamos una alianza entre la conciencia europea y el mercado. ¡Europa tendría entonces cinco siglos! A no ser que sea aún más antigua, porque estos humanistas del siglo XV defendían un regreso a las fuentes antiguas, platónicas, hebraicas y cristianas. Entonces, cuando nos dicen que Europa va mal porque Gran Bretaña la abandona sin abandonarla, que algunos quieren incorporarse a la eurozona y que otros amenazan con marcharse de ella, es apasionante y también es extraordinariamente superficial, porque todos somos europeos, por lo menos desde hace veinte siglos, y es nuestra civilización y nuestro destino.

La Unión Europea actual no es más que una forma de esta Europa eterna. Esto debería recalcarse con más claridad que nunca, dada nuestra larga historia y, más si cabe, en la época de la globalización, en comparación con las otras grandes civilizaciones.

Citaré otro ejemplo de la determinante influencia de la historia larga, de la búsqueda de los orígenes y de la naturaleza relativa de la actualidad: la economía. Hay que ser ingenuo, o muy pretencioso, para plantearse que nuestra economía es el resultado de las políticas económicas actuales. Es lo que querrían hacernos creer los gobernantes y los que aspiran a convertirse en ellos; también es de lo que querrían convencernos algunos economistas y vendedores de pociones mágicas para restablecer el crecimiento o el empleo.

A veces, los pueblos también quieren creer en ello, de la misma manera que nos maravillamos ante las proezas de los malabaristas. Por desgracia, o por suerte, nuestro destino económico depende menos de los economistas y de sus intérpretes del momento que del lugar en el que hemos nacido. Veamos dos ejemplos de esta influencia de la historia larga, en EE.UU. y en Francia.

Sabemos que la economía estadounidense está determinada por la innovación, y es así desde el siglo XIX. ¿Por qué? La principal razón, ad fontes, es que los primeros colonos eran una población poco numerosa en un territorio inmenso. Como faltaba mano de obra obligada a trabajar –salvo mediante la esclavitud– el colono americano debía innovar, porque solo las técnicas productivas permitían explotar este inmenso país. Si se desconoce este origen de la innovación en EE.UU., no se entiende la economía actual, porque hoy no depende de Trump, ni ayer dependía de Obama. En México ocurrió lo contrario: demasiada mano de obra al servicio de unos propietarios holgazanes.

Veamos el ejemplo de Francia. La economía francesa, a pesar del aparente caos y de las promesas políticas de los dirigentes salientes y de los aspirantes, sigue siendo la sexta del mundo gracias a unas bases, ad fontes, que se remontan al siglo XVII. Las armas, el lujo y la agricultura, los tres motores de la economía francesa, se remontan al reinado de Luis XIV: la bonanza de la tierra, el espíritu de conquista y las extravagancias de la Corte real. Podríamos multiplicar los ejemplos infinitamente.

¿Y Alemania? El reinado de sus medianas empresas dispersas por todo el territorio data de la fragmentación de los Estados, y el rigor financiero se remonta a Martín Lutero. Dejaremos que cada lector, en su país, realice este ejercicio ad fontes. Cuando todo el mundo haya cumplido su deber de «zahorí podrá analizar la actualidad con un nuevo prisma y con más claridad.

Guy Sorman

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *