Ada Colau, emperatriz del ‘procés’

En medio de este ceremonial de confusión que sigue a la Suspendencia catalana, con los principales actores del fraude tratando de escurrir el bulto y recurriendo al chivo expiatorio de siempre para descargar sus negligencias, no es difícil evocar Marat/Sade, la conocida obra experimental del dramaturgo alemán Peter Weiss. Teatro dentro del teatro en el que una partida de locos del manicomio de Charenton representa el asesinato de Marat, el gran guillotinador de la Revolución francesa tan admirado por Pablo Iglesias. Todo ello bajo la puesta en escena precisamente del marqués de Sade, quien a la sazón fallecería entre los pétreos muros de este psiquiátrico.

Después de constatar la decepción de aquellos que soñaron con que la Revolución mejoraría de modo apreciable su existencia, el incendiario Marat admite: “Inventamos la revolución, pero no supimos qué hacer con ella”. Justamente el asesinato en la bañera donde trataba su enfermedad de la piel origina que todos aquellos trastornados den rienda suelta a su demencia y se desate un caos que el lascivo marqués de Sade festeja riendo con cruel deleite.

En cierta manera, y tras la pifia de la Declaración Unilateral de Independencia, el secesionismo ha desbocado esa lógica interna que subyace en todo nacionalismo y que le aboca a un estado de delirio y locura. Baste como botón de muestra la última (o ya, a esta hora, penúltima) barrabasada de una desquiciada Marta Rovira, candidata de ERC a presidenta de la Generalitat.

Incapaz en su día de explicar algo tan primordial como la financiación de una hipotética independencia hasta quedarse muda a la pregunta del periodista francés que derribó su castillo de naipes sin ni siquiera soplar, la secretaria general de ERC rompió el viernes a hablar y puso en danza los fantasmas que habitan en su atribulada sesera. Emulando a la actriz del vídeo goebbelsiano de Help, Catalonia, pero sin lágrimas esta vez, Rovira aseguró que Rajoy “amenazó” por “múltiples vías” con enviar al Ejército y con “muertos en las calles” si el Govern mantenía sus planes de independencia, un escenario de “violencia extrema” que “no estábamos dispuestos a asumir”.

Suena, desde luego, a extravagante y absurdo. Mucho más achacándoselo a un Rajoy para quien no hay problema tan difícil que no se pueda resolver no tomando ninguna decisión. El presidente sólo actúa cuando no le queda otra y aplica un constitucional artículo 155 de mínimos para convocar elecciones. Pero conviene no echar en saco roto que tales desvaríos alimentan la necesidad imperiosa de creer mentiras que siente una fanatizada parte de la ciudadanía catalana que ha convertido estas paranoias en su visión de la realidad.

No es ya que Cataluña sea masoquista y celebre desde 1714 sus derrotas con cava, como decía Joan de Sagarra, por más que el agravio sea una inagotable fuente de ingresos y privilegios bien disimulados, sino que este victimismo se ha hecho crónico. Hasta tal punto que tal vez no sirva receta mejor que aquélla que el antropólogo Julio Caro Baroja auspiciaba, desesperado, para su querido País Vasco en los años de plomo del terrorismo etarra: “Lo único que se me ocurre es enviar allí trenes llenos de psiquiatras”.

Dicho lo cual, no corresponde llevarse a engaño y que las lágrimas ajenas empañen los ojos propios hasta no ver las cosas con la nitidez exigible. En este sentido, pese a su fracaso manifiesto y al mucho dolor causado, no hay que dar por muerto el ‘procés’, aunque parezcan difuntos vivientes muchos de sus promotores. Éstos pueden revivir (o hacerlos revivir) y regresar al mundo de los vivos en cualquier momento.

En este quilombo independentista, no existe, en verdad, ni arrepentimiento ni propósito de enmienda por parte de estos fariseos que no quieren hacerse responsables de los daños infligidos, y no ciertamente colaterales, sino graves y profundos. Sólo les mueve ganar tiempo, recobrar fuerzas, reagruparse y hacer acopio de medios para emprender una nueva ofensiva en la que, de modo artero, exigirán el cobro de intereses por ir a una independencia a plazos tras quedar en la estacada su tentativa al contado.

Ya no se alzará quizá la bandera de la independencia, pero sí la de la interdependencia (Puigdemont dixit). Realmente el único Estado independiente stricto sensu es Corea del Norte, por su aislamiento absoluto, como ha bromeado algún ex premier británico. Se recuperará así la idea promovida por Ibarretxe del Estado Libre Asociado bajo esa fórmula a la portorriqueña o similar para no abonar derechos de autor. Entre tanto, en pos del apaciguamiento y del encaje de Cataluña, el independentismo será un nutritivo alimento para quienes viven de él o para aquellas empresas que se benefician de un trato de favor envueltos en esa bandera estelada.

Es verdad que, con el entierro de la sardina vivido estos días, ya parece concluido el carnaval de las sonrisas. Pero siempre el nacionalismo ha encontrado quienes han ido a su rescate y a reflotarlos para llevarlos a puerto. Acaeció en el País Vasco tras la marea constitucionalista que incitó el infame asesinato de Miguel Ángel Blanco y puede reeditarse en Cataluña tras la masivas protestas de la minoría silenciada todos estos años por el nacionalismo obligatorio con la martingala de los pactos poselectorales del 21-D.

De hecho, ya hay fuerzas políticas resueltas a socorrer al soberanismo y, cual domésticos, configurar el futuro gobierno catalán en una muestra más de la supeditación de la izquierda al nacionalismo, en vez de romper amarras y hacerle frente. En esta asistencia al soberanismo, que justificarán en pro de domesticar al tigre y convertirlo en gato que maúlla, pero no araña, ya han pedido la vez los comunes de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, cuya ambigüedad es cosa pretérita, por lo que cabe retirarle el título de emperatriz de la Ambigüedad que graciosamente le otorgó Borrell.

Por este menester, ha dado un golpe de mano para desplazar al PSC de Iceta, quien suscribió sendos tripartitos con ERC con Maragall y Montilla, sucesivamente, en la Presidencia de la Generalitat. Aquella asociación con ERC, al margen de subsumir electoralmente a un partido hegemónico en comicios generales y locales en Cataluña, se tradujo en el allanamiento a los postulados de su socio, además de radicalizar a CiU, y quedó en caricatura de lo que otrora fue.

Ahora, una vez roto con el PSC en el Consistorio de Barcelona, Ada Colau, la emperatriz de las Ramblas, por su radicalpopulismo parangonable al de Lerroux, el emperador del Paralelo, aunque al servicio en su caso de la causa nacionalista, “ni quita ni pone rey, pero ayuda a su señor”. Remeda a Bertrand du Guesclin, el mercenario francés al servicio de Enrique de Trastámara en su litigio con su hermanastro Pedro I por la Corona de Castilla. En un mundo político lleno de engaño y traición, los avispados hacen su agosto en cualquier coyuntura, pues la gente se mueve más por apariencias que por certezas.

De la mano de ese hipotético Tripartito nacional populista, con ERC, la lista de Puigdemont y los comunes de Colau dándoles aires de transversalidad en su papel de emperatriz del procés, el independentismo reemprendería su marcha y el nuevo Govern actuaría de ariete para descabalar la Constitución del 78. Todo ello a la busca de un referéndum pactado sobre Cataluña y la construcción de esa “nación de naciones”, en la versión socialista de Pedro Sánchez, o Estado plurinacional al modo leninista de Iglesias sobre la base de esas cuatro naciones que prefigura su visión esquizoide: España, Cataluña, Galicia y País Vasco.

Ahora bien, lo mismo que Pujol ya explicó su proceso de adoctrinamiento y uniformización de la sociedad catalana en 1990, prefiriéndose hacer oídos sordos al Palacio de la Moncloa, ERC y el independentismo en general ya han repetido hasta la saciedad cuál es su norte. Dicho en boca de Joan Tardà a Jot Down en octubre de 2016: “En 2003 hicimos los tripartitos para normalizar el independentismo (…) En 2004 hicimos la investidura de Zapatero porque decíamos: ‘Como los independentistas sólo somos el 12% y, aunque no nos guste, tenemos que sacrificar una generación, y que no sean dos, vamos a hacer con la izquierda española una parte del viaje’ (…) Cuando lleguemos al Estado federal español la izquierda española bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final, que es la república de Cataluña”.

De esta guisa, los que se creían muertos aparecerán bien vivos, aunque algunos los perciban como a los inquilinos de la casa de locos de Charenton, y quienes se creían vivos estarán muertos, como en la popular película de Alejandro Amenábar Los otros.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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