Adán entre nosotros

Debería considerarme afortunado porque, ya desde la veteranía, me ha sido dado vivir en mi país una revelación universal, salvadora, inapelable y milagrosa; una especie de bálsamo de Fierabrás, sanador de todo mal, cuya recuperación en nuevos odres da actualidad a la leyenda del ciclo carolingio con la que Don Quijote encandiló a Sancho y ahora llega a nosotros y va a sanar nuestros males colectivos por obra, generosidad y ventura de la autoproclamada nueva política.

Me confieso admirador de quienes diseñaron y consensuaron la Transición. Después de haber seguido de cerca sus inicios nada fáciles, de avizorar como cronista los avatares de la negociación y redacción del texto constitucional, de estar presente en el Congreso de los Diputados en la desgraciada jornada del 23-F, y de celebrar como tantos ciudadanos el desarrollo y fortalecimiento del sistema democrático con la alternancia ordenada en el Gobierno de la Nación de partidos diferentes, tengo la sensación de no haberlo vivido. Como si esta historia fuese virtual. Se la disfraza de pasado podrido, arrasado por lo nuevo, regenerador y maravilloso. El adanismo en estado puro.

No sé si es exacto que fue Ortega quien inventó el adanismo. Según el DRAE: «Hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente». Sólo he encontrado en «Meditaciones del Quijote» (11: «Cultura, seguridad») esta referencia: «Nuestros grandes hombres se caracterizan por una psicología de adanes. Goya es Adán, un primer hombre». Ortega reflexiona desde su brillantez y tino sobre la cultura española: «Todo genio español ha vuelto a partir del caos, como si nada hubiera sido antes». El pensador no va más allá en el concepto.

Adán –el origen– está entre nosotros, en la política, merced al complejo iniciático de unos jóvenes que no conocieron la Transición ni vivieron el pasado de que partía y se permiten, inmisericordes, criticar y condenar aquel periodo histórico con la petulancia ciega de quien, como denunció Machado, desprecia lo que ignora. Desde un narcisismo grotesco se creen la quintaesencia de lo nuevo que ellos, por el mero hecho de serlo, consideran acertado y sin margen de error alguno, y se sienten convocados a salvarnos desde mesiánicos designios aupados por una realidad nacional confusa y en cierto modo suicida. En mi larga experiencia parlamentaria no había asistido nunca a una prepotencia como la que derraman en sus declaraciones e intervenciones parlamentarias estos adanes tanto desde una derecha centrada, pero contradictoria y confusa, como desde una izquierda impostora, radical y definidísima.

La soberbia de estos salvapatrias de nuevo cuño es directamente proporcional a los constantes errores de algunos de sus significados próceres cuando, más allá de la anécdota o del catón, se sumergen en ciertos meandros intelectuales de bajo voltaje, como puedan serlo que uno de sus más pedantes arquetipos de la izquierda confundiera el título de la principal obra de Kant o atribuyese a Churchill una conocida frase de Coase. Se ha dicho que este atípico profesor y cacareado politólogo a que me refiero no daba clases sino mítines. Eso podría explicar en parte sus gazapos.

Tanto en las sesiones constituyentes del Congreso y del Senado como en el reciente y fallido Pleno de investidura asistimos a manifestaciones reveladoras de adanismo ridículo. Como ejemplos, ciertas fórmulas con las que los parlamentarios podemitas asumieron sus responsabilidades: «Para que el pueblo esté en las instituciones», «para que el Congreso represente a la gente», «para rescatar la voz del pueblo»… ¿Qué se creen en su delirio estos salvadores? ¿Sólo ellos son la gente? ¿Y antes? ¿El pueblo carecía de voz? El parlamentarismo español, con tantas quiebras históricas, representó y representa a la gente, en las Cámaras de residencia de la soberanía nacional. Y desde el reinicio del camino democrático, primeras elecciones generales de 1977, en sus escaños ha estado representado el pueblo. ¿Qué soberbia ignorante les lleva a identificarse con el pueblo excluyendo a los demás?

Para estos adanes la Historia no cuenta; empieza a escribirse de su mano. Antes de ellos poco o nada mereció la pena. Nuestro adanismo casero, en su versión radical de izquierdas, es, además, totalitario. Invade nuestras vidas o trata de hacerlo. Incluso en lo más simple y accesorio. Ellos pueden vestir o componer la imagen que quieran lesionando el respeto institucional, el protocolo y el buen gusto, pero el más significado representante de esa pedantería un tanto cursi se permitió hacer mofa de una periodista que estaba ejerciendo su oficio en una rueda de prensa porque, por su soberana voluntad, vestía abrigo de pieles. No hubo ninguna protesta ni crítica en aquella sala por parte de sus colegas. Estos adanes que padecemos, mimados por ciertos medios, se creen en posesión de la verdad sin fisuras y a quien no está de acuerdo lo humillan y lo desprecian entre el silencio cobarde o la sonrisa comprensiva de quien sorprendiese la travesura de un niño. Esta estrategia del insulto y la ofensa se deja ver cada día, por ejemplo, en los plenos de distrito del Ayuntamiento de la capital del Reino.

La actitud ridícula de creerse los inventores de lo obvio está produciendo anécdotas jugosas. Hemos escuchado, esta vez desde el adanismo de la derecha incoherente e indefinida, a quien, sin sonrojarse –la ignorancia no padece vergüenza ajena–, declaró con pasmosa solemnidad que gracias a su partido la Mesa del Congreso era plural por primera vez; podía haberse informado antes de hablar. Lo cierto es que el adanismo de ambas aceras se ha mostrado magro en ideas y largo en ocurrencias.

Este síndrome de Adán suele darse en jóvenes temerarios que se enfrentan al mundo y sus problemas como si antes nadie lo hubiese hecho y creen que aportan soluciones sencillas a problemas complejos, cuando esas supuestas soluciones, me refiero a la izquierda radical, ya se experimentaron y fracasaron antes de sus ocurrencias, su vanidad y su insolvencia. Uno de estos adanes, treintañero, llegó a excluir del futuro activo del país a quienes hubiesen sobrepasado su envidiable edad, condenando a la mayoría de la población a convertirse en mero acompañamiento palmero. El adanismo se supera con madurez y humildad, y nuestros adanes andan escasos de ambas virtudes.

Marx, en «El 18 de Brumario de Luis Bonaparte», enmienda lo que considera un «olvido» de Hegel y escribe que a la afirmación del filósofo alemán de que todos los hechos y personajes de la historia universal aparecen, por así decirlo, dos veces, habría que agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa. Hay que desear que, por el bien de todos, lo que busca el adanismo de hoy no desemboque en una tragedia al ser, por sus protagonistas y sus tantas veces encubiertos objetivos, no otra cosa que una farsa impostora aunque experta en los mecanismos de agitación mediática.

Juan Van-Halen, escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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