Además del desarme, quieren la ocupación

Por Pedro Martínez Montávez, arabista y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid (EL MUNDO, 20/03/03):

Estoy casi seguro de que la mayoría de los belicistas, en esta cuestión de Irak, no tendrán inconveniente en que quienes no estamos en su campo, los pacifistas, tratemos de puntualizar y de aclarar algunos aspectos de la cuestión que ellos, celosamente, ocultan y sumen intencionadamente en la confusión. A pesar de nuestra grande e incorregible ingenuidad, o posiblemente acicatados por ella. De la que no pueden sacarnos sus constantes, generosos y denodados esfuerzos, manifestación congruente de la amplísima e inagotable experiencia que poseen en esta clase de asuntos.Quizá no sea sólo cuestión de experiencia sino también de condición, y hasta puede que de naturaleza. Es decir, ¿serán así porque no pueden ser de otra manera? No se trata de una pregunta baladí.Tal vez resida en ella lo más mollar y explicativo de la cuestión.

Somos irresponsables, inocentes, cándidos, desagradecidos; se nos puede engañar con suma facilidad y continuamente, porque no aprendemos. No estamos dispuestos tampoco a admitir que hay una verdad, una sola y única verdad que además siempre es la misma, y que coincide plenamente con la que los belicistas postulan como tal. Es ésa, y no ninguna otra. Nos empecinamos en no ver y en no reconocer -doblemente ciegos que estamos- que hay seres privilegiados que no son sólo muchísimo más expertos y lúcidos que nosotros, sino que son también infalibles. Que quizá por ello se sitúan muy cerca de la rebeldía. ¡Y ojo con eso de la infalibilidad y la rebeldía, sobre todo cuando se es profundamente religioso! ¿No se estará, quizá, pecando? No le demos a la cosa más vueltas: son excepcionales zahoríes de la verdad. También, según ellos mismos, escasos: los productos tan singulares y preciosos no pueden, obviamente, abundar; perderían valor. ¡Qué deslumbrante y profunda coherencia en todo ello!

Resultan definitivamente perfectos, porque son también prodigiosamente altruistas. Tienen tal capacidad de sacrificio, de comprensión, de mansedumbre, de renuncia, que aceptan pasar por belicistas sin serlo en realidad. Se ven forzados a aparecer como tales, obligados a ello para salvaguardar el humanismo, el humanitarismo, la humanidad: es decir, todo aquello que a la especie humana beneficia. Son belicistas absolutamente a regañadientes, de malísima gana. No llegan sin embargo a la náusea, al tener que aceptar esta terrible y contradictoria situación, porque son física y moralmente fortísimos, pero se quedan muy cerca. ¡Cómo y cuánto sufren!

Lo que ocurre es que los pacifistas somos tan ingratos, tan desconfiados, tan cerriles y tan mezquinos que nos negamos a ver y a reconocer todo esto. Evidentemente, no estamos muy dispuestos a encontrar en ellos tantas virtudes y bondades, pero es que además albergamos bastantes dudas y bastante recelo sobre los mismos. Por ejemplo, y aun sabiendo que son muy poco amigos de la pancarta y de cualquier reacción emotiva, efusiva y espontánea: ¿por qué no se les ha ocurrido, para que su opción y su propósito quedaran expresados y manifiestos con mayor claridad y certeza, salir a su vez a las calles y plazas con pancartas de «Sí a la guerra», o al menos de «Sí a la guerra preventiva, o precautoria»? ¡Qué espléndida oportunidad han desaprovechado de mostrar el profundo atractivo de una contradicción, de una paradoja! Habría constituido también una prueba de coraje, algo que los belicistas poseen siempre por naturaleza, de lo que alardean, o que al menos se les supone.Y su proverbial y callada tenacidad en el empleo simultáneo de las presiones y vías diplomáticas no se habría resentido en nada por ello ni habrían tenido por qué ser reducidas o abandonadas.Inquietante y significativa, en todo caso, esa renuncia al empleo de la pancarta, a la manifestación pública y abierta de su opción.Especialmente, cuando la tienen tan clara y resulta tan indiscutible.¿Habrán sentido tal vez, a pesar de todo, un pudor residual? Tampoco todas estas preguntas son baladíes, y no menos ilustrativas resultarían las respuestas.

Habrían de bastar las convicciones morales para estar contra la guerra. Si las convicciones morales se conjugan con profundas creencias religiosas, más aún. No ocurre esto sin embargo, sino todo lo contrario. En estas situaciones, la moral y la religión desaparecen, se dan de lado y ellos, al agredir, se quedan tan cabales y satisfechos: por fuera y por dentro, en todo, en la palabra, en el gesto, en el silencio. Se dicen a sí mismos, nos dicen a todos: hemos cumplido. ¿Cabe mayor satisfacción, mayor servicio, mayor sacrificio, mayor eficacia? ¿Por qué no vemos y reconocemos que vuelven a salvar al mundo? No es difícil responder a esta pregunta: sencillamente, porque nos están engañando, porque han montado su acción, su respuesta, su agresión, sobre el engaño.

Han repetido hasta la saciedad, en todos los tonos y a todos los niveles, con todos los registros e intenciones, que su propósito irrenunciable y determinante es el desarme de Irak; precisemos, porque los belicistas en esto son rotundamente precisadores, hasta la obsesión: el desarme del régimen de Sadam Husein. Y no es verdad, nos están engañando: además del desarme, lo que quieren es la ocupación del país; instalándose en él por largo tiempo, gestionarlo por completo y a su gusto en todos los órdenes: económica, política, geoestratégicamente. Si pueden hacerlo también en lo social y en lo cultural -aunque en principio esto les importe menos-, también lo harán. Empezaremos a tener ejemplos variados y pertinentes, a no tardar mucho, de lo que la duradera ocupación de Irak irá generando.

Simplemente para desarmar no se moviliza una tropa tan numerosa, selecta y cuidadosamente preparada ni tan gigantesca y pavorosa maquinaria bélica. Aunque el rival que hay que desarmar sea el Ejército iraquí, cuyo volumen, moral, disposición y equipamiento se conocen al detalle y en todos sus efectivos: ejército regular, guardia republicana, guardia republicana especial, grupos complementarios.Por cierto, parece mentira que una Administración tan experta, bien informada y carente de escrúpulos como la estadounidense no haya recurrido a volver a emplear ahora el desorbitado argumento que empleó durante el conflicto anterior: enfrentarse al Ejército iraquí era enfrentarse al ejército más poderoso de la región y al tercero o cuarto del mundo. ¿No cabría hasta la sorprendente posibilidad de que hubiera aprovechado estos años intermedios para ascender algún puesto en tan particular clasificación?

Reducir el conflicto al hecho del desarme era enclavarlo en el presente. Silenciar el hecho de la ocupación -es decir, lo que finalmente se buscaba- era ocultar el futuro inmediato. Con ello, se trataba de hurtar el debate auténtico, de engañar. Mediante el agrandamiento artificial de una parte de la cuestión, la específicamente instrumental, y empequeñeciendo, más bien escondiendo, la otra, la principal y sustantiva, y también la de aspecto más vil, ambicioso y despiadado. Si el desarme ha sido la tapadera de la ocupación, ésta será la tapadera de la reordenación. Debemos estar preparados para todo. Indudablemente, no lo vamos a tener bien los pacifistas, pero tampoco lo tendrán los belicistas. Hasta cabe que se produzca una anonadante paradoja: quizá entonces echen ellos de menos a un político tan torpe, tan contumaz en el error, tan tiránico, como Sadam Husein. Al que nosotros no echaremos de menos en absoluto.

La llamada crisis de Irak es en realidad la fase presente de un proceso que viene de antiguo y que durará aún largo tiempo.Esa reorganización de la zona -que tampoco está siendo la única- constituirá otra fase de ese mismo proceso. En mi opinión, serán precisamente los árabes, inmovilizados con las argollas de su propia y creciente incapacidad, quienes la sufrirán de forma muy particular. Ya ha aludido a ello el presidente Mubarak, por ejemplo, en recientes declaraciones a la televisión francesa: «Hablar sobre la replanificación de la región siembra dudas en el hombre árabe de la calle y sus objetivos. Resulta prematuro hablar de replanificación de la región. Ello empujará al hombre de la calle a imaginarse cosas extrañas acerca de lo que se pretende con esto».

Evidentemente, no anda descaminado el hombre árabe de la calle y tiene muchísimas razones para desconfiar seriamente. Por su parte, el reputado comentarista Yihad al Jázin se ha expresado sin rodeos: «No entiendo yo a esta nación. No entiendo a sus regímenes. No entiendo a sus pueblos. Todos están dormidos. A pesar de que lo que ahora se está jugando no es Sadam Husein ni el petróleo de Irak, sino la totalidad de los países árabes, sus dirigentes y sus pueblos». Efectivamente, están al borde del abismo, como aparece en una de las última viñetas póstumas del gran humorista gráfico y caricaturista Kahil.

Hace casi 100 años que el poeta y pensador libanés Yibrán Jalil Yibrán, árabe cristiano, escritor bilingüe, en árabe y en inglés -sí, el mismo universalmente conocido por la versión americana de su nombre: Kahlil Gibran- escribía lo siguiente: «El que acepta lo que está mal sin revolverse contra la injusticia es un aliado de la falsedad, en contra del derecho, y está colaborando con los asesinos a matar a gente inocente». Desde el declarado y público «No a la guerra» se está totalmente de acuerdo con tal afirmación. Me parece que, desde el escondido y privado «Sí a la guerra», se está en pleno desacuerdo.

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