Adhesiones inquebrantables

El 3 demarzo del 2003 es una fecha digna de ser recordada por algo que pasó en el palacio de las Cortes. Aquel día, el Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley del Partido Popular por la que se respaldaba la posición del Gobierno y se apoyaba la propuesta de resolución de Estados Unidos, el Reino Unido y el Reino de España ante la ONU, que exigía a Irak «el cumplimiento estricto e inmediato» de las resoluciones de la ONU, sin concederle –como quería la oposición– una prórroga para prolongar los trabajos de los inspectores de la ONU.

Con su aprobación quedó expedita –por lo que a España se refiere– la intervención militar en Irak. Pero la razón por la que es memorable el 3 de marzo del 2003 no radica en la aprobación en sí de esta resolución, sino en la forma como se aprobó: con el voto unánime de todos los diputados del Partido Popular (183), incluidos el del presidente Aznar y los de los ocho ministros que tenían acta parlamentaria, mientras que votaron en contra los diputados (164) de los grupos de la oposición, salvo tres –CiU, IU y PNV– que estaban ausentes. Es la unanimidad del Partido Popular –¡ni una sola voz discordante!– lo que hace memorable aquel día, por brindar la prueba más evidente de hasta dónde puede llegar la perversión de unos partidos políticos carentes de la más mínima democracia interna y secuestrados por unas minorías inasequibles al desaliento, que los dirigen con mano de hierro e impiden toda disidencia al poder precipitar a las tinieblas exteriores –mediante la exclusión de las listas y la provisión y remoción de cargos– a cuantos osen discrepar del sanedrín integrado por los sumos sacerdotes –a veces solo un pontífice– y los acólitos con vocación sucesoria.

Conviene recordar, para dotar a esta reflexión de su más profundo alcance, que la posición mayoritaria de la sociedad española era claramente contraria a llevar la guerra a Irak. Cuantos vivimos aquel momento inolvidable sabemos que la movilización ciudadana fue espontánea, transversal en lo político e interclasista en lo social. Recuerdo que, en las manifestaciones, era notoria la ausencia de símbolos partidarios. En realidad, la auténtica oposición surgió de la gente. Por todo ello, constituyó un auténtico escándalo la posición unánime de los populares, a los que el presidente Aznar impuso con rigor absoluto su particular punto de vista, fruto de la confluencia de dos factores: su voluntad de sacar a España del «rincón de la historia» mediante una alianza especial con Estados Unidos que la liberase de una absoluta dependencia europea –lo que es tan sostenible como discutible– y la soberbia cósmica que algunas veces se desata en gentes procedentes de la clase media funcionarial.

Pero con el Partido Popular no se rompió el molde que permite conformar situaciones de unanimidad impuesta, no idénticas pero sí parecidas. Y así es de temer que pueda suceder con el Partido Socialista, a propósito del debate y ulterior aprobación parlamentaria del proyecto de ley del aborto, ya que no todos los socialistas están de acuerdo –por ejemplo– en que el consentimiento paterno no sea una condición indispensable para que una menor de entre 16 y 18 años pueda abortar. Y, por esta y otras razones, se está generando en el seno del PSOE una corriente interna –todo lo soterrada que se quiera pero no por ello menos real– que cuestiona la oportunidad y el contenido del proyecto, en la que destacan presidentes autonómicos como Barreda, Fernández Vara y Rodríguez Ibarra, y diputados como Pérez Tapias y Ramón Jáuregui, quien se ha atrevido a decir –¡alabado sea Dios!– que se modificará la ley en algún punto. Pero, frente a esta disidencia, el monstruo de la unanimidad en torno al dogma proclamado por la dirección del partido ya ha mostrado su patita. El número dos del PSOE –el ministro José Blanco, martillo de conservadores– ha despachado el tema con una contundencia escasamente galaica: «No se va a modificar el proyecto. Este asunto no tiene vuelta atrás». Y, unos días antes, el portavoz parlamentario, José Antonio Alonso, con aquella seriedad un tanto desvaída e impostada de quien –en términos taurinos– no acaba de encontrar su sitio, anunció que «se mantendrá la disciplina de voto».

Así las cosas, es lógica cierta expectación ante la votación del proyecto, sobre todo si este –como ha pontificado Blanco– «no tiene vuelta atrás». Porque, si los diputados socialistas votan unánimemente a favor del proyecto tal y como ha sido presentado, quedarán claras dos cosas. Primera, que será cierto que la posición del PSOE habrá sido impuesta por su dirección, a despecho de la opinión de parte de sus militantes y –no digamos– de sus votantes. Segunda, que tenía razón quien dijo que no hay nada que se parezca más a la derecha española que la izquierda española. Y cabrá entonces preguntarse: ¿dónde están hoy los socialistas que se sienten depositarios de la honorable tradición de un viejo partido desde el que pudo afirmarse «soy socialista a fuer de liberal»?, ¿dónde están hoy los socialistas dispuestos a preservar unos principios y un estilo por encima y más allá de la táctica cortoplacista de sus actuales –y sobrepasados– dirigentes? Seguro que los hay.

Juan-José López Burniol, notario.