Adiós a Colombres (2)

Vivir en un mismo sitio durante quince años da para mucho. Cuando yo llegué a Colombres en 1997 era un pueblo sencillo con cierto aire señorial, pocos habitantes, una fuerte herencia colonial, gracias a la que muchos sobrevivían. Un pueblo de indianos, que se dice en Asturias, pero vivo; porque hay pueblos de indianos muertos, la mayoría. No puedo citar la lista de lugares en la Asturias oriental donde la vida se fue muriendo porque no se producía nada, se vivía de la subsistencia agraria y el remanente que había caído como un maná de México, de Argentina, de Chile o de Venezuela. Los indianos, es decir, aquellos emigrados pobres que se hicieron ricos en las Américas, formaron una mitología social que aún hoy está por escribir.

Si lo cuento así es porque mi descubrimiento de la falacia indiana posmoderna fue algo tan sencillo como ridículo. Si usted visita Colombres, a la vera de una autovía jamás terminada, en un paraje hermoso que mira a lo que ahora se denomina Cantabria, se encontrará con un edificio hermoso pintado de azul, en diseño también posmoderno, el que desarrollaron los socialistas en la era del dominio absoluto. Es el Archivo de Indianos.

Fue hospicio, hospital de soldados en la guerra civil, incluso campo de derrotados, pero su verdadera historia casi merecería una novela de esas que ganan los premios Planeta. La construyó un golfo pendenciero y jugador, amante cumplidor, que llenó México de hijos legales y menos legales, don Íñigo Noriega, que salió de Colombres con una mano delante y otra detrás, y que acabó en gran fortuna, desbordante de riqueza, y que murió mal, en Estados Unidos, entre exilios y un montón de descendientes y acreedores. De una tienda de abarrotes, hermosa palabra que designaba el comercio de ultramarinos, pasó tras una larga historia que ahora no viene al caso, a financiero de don Porfirio. El presidente Porfirio Díaz fue en México una leyenda y un castigo que duró más de tres décadas.

Colombres fue para mí un lugar ideal para trabajar. Las peculiaridades de nuestro trabajo llevan a que en realidad no tomas vacaciones, sencillamente cambias de lugar el ordenador. Es verdad que el invierno lo hacía muy difícil, porque la casa no estaba preparada y uno se pasaba medio día poniendo en marcha todo lo que pudiera evitar el frío: la cocina de carbón, la chimenea, la estufa eléctrica. Felizmente me enseñaron desde niño a encender una cocina de carbón, ejercicio artesano, nada fácil cuando no están bien construidas y falla el tiro; luego sucede que las ventanas no cierran bien y la humedad es como un virus que lo corroe todo. Pero puestos a la labor, se trabajaba bien. Además siempre podía uno recurrir al vecino bueno. Yo tenía un vecino bueno y otro malo. El bueno siempre estaba dispuesto a echarte una mano. Durante muchos meses mis artículos para este diario llegaron gracias a su teléfono. Aún recuerdo que había que sortear al perro, un pastor alemán que me olfateaba porque la casa estaba vacía y él ejercía de guardián, y debo confesar que carezco de sensibilidad hacia los animales, sean de cuatro o de dos patas. Tenía otro vecino, con una cuadra de vacas que gracias a las ayudas de la Administración convirtió en hotel rural, que llegó a negarme un tronco de leña, uno, en pleno invierno. “Nunca se sabe –diría después– de la gente de fuera”.

Se trabajaba bien en Colombres, admitámoslo, y como había terminado lo que me había comprometido a escribir, un día se me ocurrió presentarme en el Archivo de Indianos, ese edificio emblemático que hoy parece definir la villa. Lo había mandado construir Íñigo Noriega en los últimos momentos de la tiranía de don Porfirio Díaz, y estaba pensado como lugar ideal para su exilio, con cocineros franceses y mayordomos suizos. Pero don Porfirio prefirió el pavillon que había adquirido en los Campos Elíseos de París. Escogió París y desdeñó Colombres.

Yo quería saber qué era y qué contenía aquel Archivo de Indianos, en el que el Gobierno autonómico asturiano había enterrado tantos dineros. Tras larguísimas negociaciones me permitieron sentarme en una mesa y ver lo que tenían. No había nada, fuera de una tesis doctoral en francés, mecanografiada, que la autora, francomexicana, había enviado al Archivo en la creencia de que aquel era un archivo y no un comedero. Al segundo día de mi presencia allí, me echaron por orden del director, un personaje típico de aquella época, prolongada hasta ahora, que acumula servicios políticos, que no trabajos.

Yo creo que fue la experiencia del Archivo de Indianos, con su bello edificio y los hermosos jardines que lo rodean, lo que me hizo pensar que yo estaba viviendo en un mundo que desconocía. Aquel territorio mafioso. Una mafia que no necesitaba de violencia porque carecía de competencia y tenía la impunidad garantizada. El pueblo iba cambiando de una manera rara. Se construían casas para jóvenes, promovidas por el Ayuntamiento, que luego eran vendidas al mejor postor con absoluto desprecio de los aspirantes. Incluso se construyó una carretera, insólita porque recorría un paraje hermoso, cuyo único inquilino instalado era una mueblería, la del antiguo alcalde, “independiente” por el PSOE. Una especie de Padrino, bajito y con bisoñé. La última vez que nos encontramos, exactamente en la carretera que le habían construido para su uso y negocio, bajó la ventanilla de su gran coche para preguntarme: “¿Cómo anda de salud?”. Le respondí que bien, y me añadió mientras subía el cristal oscuro, como en una imitación pueblerina de don Corleone: “Si la salud va bien, todo va bien. La salud es lo único importante”.

De cuál fue la idea inicial del Archivo de Indianos no lo sé, pero que acabó siendo un lugar para saraos y festejos es una evidencia. Allí no se archivaba nada, sencillamente era una hermosa mansión para exhibir a los turistas veraniegos que no sabían dónde meterse cuando la lluvia hacía su habitual presencia, y al tiempo un sitio donde reunir y festejar a las comunidades asturianas de América; me refiero a sus gerifaltes, a los que se reunía como mínimo una vez al año para una fabada ancestral. Y allí también el eminente profesor José Luis García Delgado, economista egregio y descocado, cobraba su presidencia y sus representaciones, en su papel de diplomático frustrado, que siempre fue lo suyo; ni una idea, pero muchos elogios. Un comedero, al fin.

Pero es que el comedero afecta a la zona entera. El oriente asturiano es un benévolo territorio mafioso. Si tiene usted el hábito de caminar puede encontrarse la visión psicodélica de coches de alta gama que salen de cuadras desvencijadas, quizá porque ahora ordeñan las vacas en Maserati. “¿Y esa casa con foro romano y aire berlusconiano?”, me permití preguntar. “La dejó sin terminar el dueño, porque lo mataron en Barcelona”. Los fondos Feder de la Unión Europea fueron dilapidados en operaciones fraudulentas, cuyos autores podrían ir a la cárcel a menos que encuentren abogados que convenzan de que los delitos han prescrito.

Posiblemente se trate de un problema general vinculado a la subvención y el amiguismo, ese cáncer de los pueblos pequeños y de las grandes ciudades. El fulero que vende cotufas en el Golfo o en Brasil, que eso fue el famoso Niemeyer de Avilés, cuyo factótum, Natalio Grueso, huido de la quema y de la más que probable persecución de la justicia, hizo el tránsito del PSOE al PP en el tiempo que usted se toma un café y hace un par de llamadas. Pasó del presidente de la Comunidad, Tini Areces, puntal de la izquierda corrupta asturiana, a gran buda cultural del Madrid de Ana Botella, alcaldesa de la capital.

Salvador Dalí inventó una fórmula, adoptada por todos los trepadores culturales que hemos sufrido durante décadas: “Quien se hace mayor y usa el metro, es un fracasado”. Ahí está la mierda condensada que nos ha traído estas miserias.

Gregorio Morán

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *