Adiós a Colombres (I)

Soy consciente de que estos artículos colombrinos son de los más tristes que he escrito en mi vida. Llevo un par de meses posándolos, tratando de encontrar un tono preciso, amable y sobre todo distante. Siempre escribimos de nosotros, aunque tratemos de Afganistán o Paraguay. El asunto es muy sencillo, me echaron de Colombres, ese lugar que era para mí la referencia permanente de la tranquilidad, el recurso que uno tiene cuando no le llega el sueño y debe pensar en algo que le sosiegue.

Un buen amigo no sin sarcasmo me lo advirtió cuando leyó las tres sabatinas últimas dedicadas a Asturias. “Te echarán”. No le creí. Quince años no podían borrarse de un plumazo, pero fue así. Todo legal, ninguna presión, apenas alguna palabra de sorpresa y esa sensación que tiene uno cuando sabe que aquello que se dice no tiene nada que ver con lo que se piensa. La omnipresente mafia socialista del Oriente de Asturias me puso en la calle en un impecable comportamiento del mercado. La casa que yo ocupaba podía rendir bastante más de lo que yo pagaba. Costaba creerlo pero era fácil de entender. Alguien, el alcalde, le había susurrado a la dueña: “Puedes sacarle más partido a esta casa. Yo te ayudaré”.

La verdad es que me lo habían advertido, te echarán y lo harán de un modo que no tengas ninguna posibilidad de reaccionar. Atrás quedaban las promesas y los elogios. “Mientras yo viva tu seguirás en esta casa”, decía el marido de la dueña, socialista de carnet posfranquista y calzonazos de por vida. “Eres como de la familia”. Palabras, que si aparece un Padrino, se borran con una insinuación: “Te voy a hacer una oferta que no podrás rechazar”.

Es una historia, sencilla, nada trascendental pero con cierto valor de metáfora. Colombres es un pequeño pueblo asturiano, en la linde con Santander, que apenas alcanza los mil habitantes en todo el concejo, denominado Ribadedeva. Lo escogí hace quince años porque me gustaba el lugar, frente a la sierra de Cuera, con una montaña mágica, Pico Jana, que comparé por complacencia provinciana, y porque al fin al cabo los montes son los símbolos de nuestra trascendencia, con el japonés Fuji. Hasta hicimos un libro el pintor santanderino Eduardo Sanz y yo, a partir de Hokusai, el Grande, en una humilde evocación pictórica-literaria (No es publicidad, porque no se vende).

Yo llegué a Colombres un 21 de marzo de 1997 en un taxi, un mercedes blanco modelo antiguo, digno de un torero, que conducía Miguel, un tipo serio y sereno, más amante de los animales y de los árboles que de la humanidad que le circundaba. Llegué a ser un cliente fiel, aunque poco hablador, y tuvo el gesto de regalarme un árbol, el que yo quisiera. Le pedí una higuera, porque forma parte de la infancia imposible; un árbol que permite que los niños trepen y cuyo fruto es regalo de los dioses. Lo plantó él mismo donde yo le dije y la higuera quedó allí, espléndida, exuberante. No hay árbol que se pueda comparar. La higuera es la reina. Quería que le hiciera compañía a un acebo, que planté yo mismo, el rey. ¡Qué le vamos a hacer, pero la naturaleza tiende a la aristocracia!

Fue una llegada triunfal y algo cómica. Descendí en el autobús que me dejó en Unquera, territorio cántabro y fronterizo con Asturias, y allí tomé el taxi que me acercó a Colombres, apenas tres kilómetros. Siempre había soñado con alquilar una casa en Colombres, una querencia; me gustan los pueblos de frontera y recordaba de épocas pasadas un lugar donde el principal comercio y restaurante, a la manera antigua de los ultramarinos, se llamaba La Barata. Entonces no había otro hotel que el modesto Pico Jana, donde reservé habitación, en un gesto excéntrico porque no había ningún otro huésped.

Llegué a mediodía y entré con mi bolsa de viaje, ante la perplejidad de los parroquianos que poblaban el bar y que se preguntaban a qué carajo venía aquel tipo con sombrero –el sol me mata– y en fecha tan inusual. Cuando bajé al restaurante y ocupé una esquina, el escaso personal seguía mirándome con la misma curiosidad que a un marciano. Sólo la amabilidad y soltura de la dueña, una dama inolvidable a la que luego vi morir, la más amable y servicial persona que conocí en Colombres, me hizo revelar el falso secreto: “Busco una casa para alquilar”.

No sé si ustedes recuerdan aquella hermosa película de Cacoyannis, Zorba, el griego. Reconozco que me parece mejor la novela de Kazanzakis que la inspira, pero el filme es muy bueno e Irene Papas está soberbia y la putilla Hortensia (Lila Kedrova, carne de teatro) encandila. Pero me sentía como el personaje que hace Alan Bates, un señorito que llega buscando sosiego con unas cajas llenas de libros, al que Anthony Quinn, Zorba, adopta y ayuda. Me faltaba, y es pena, la música de Theodorakis que hubiera embrujado el ambiente.

No encontré nada. Todas las referencias que pude conseguir sobre casas en Colombres, fueron fallidas. Las pocas que había eran espantosas, construidas y decoradas con un mal gusto irritante. No había nada que mereciera la pena, pero cuando volví al hotel, decepcionado, la buena de mi hospedera me dijo que había una casa, pegada a la suya, que pertenecía a una compañera de colegio que la había alquilado hacía mucho tiempo al médico del pueblo y que estaba abandonada. Fue entonces cuando me dijo las palabras premonitorias. “Antes de llamarla, puede usted ir a ver el sitio, y me dice si le gusta”.

Estaba en el cotero, designación que en Asturias indica la parte alta de un pueblo. Era uno de esos días insólitos de marzo, bellísimos, donde el cielo luce azul impecable y el sol se muestra arrogante. Era marzo. La casa, humilde y cerrada, no la pude ver, pero al acercarme al borde del prado que había delante contemplé extasiado las cuatro filas de los Picos de Europa cuando se juntan con los cántabros, y sobre todo esa inigualable arquitectura cónica de Pico Jana, extremo oriental de la sierra de Cuera.

Allí me quedé. Me importaba un carajo la casa, pero aquel paisaje cuya espalda daba al mar, a la bahía de La Franca y al farallón de Pimiango, allí donde de pequeños, asturianos paletos, pensábamos que terminaba el mundo, me atrapó. Aquel lugar era un privilegio. Es verdad que luego dejó de serlo porque construyeron adosados y ya no se veía ni el mar, y Pimiango apenas, pero entonces, cuando yo llegué, tuve la misma impresión que Alan Bates en Zorba, cuando pisa la isla que será su gozo y su ruina.

Qué hermosa es la vida cuando muestra su cara amable y qué ruin cuando se da la vuelta. Aquella misma tarde llegué a un acuerdo sobre aquella casa abandonada que tenía delante un pequeño prado, sin más plantas que una yerba hirsuta y un miserable tronco de ciruelo quemado, que usaban para asar sardinas. Era un espacio singular, con tres propietarios, dos hermanas que se detestaban, y un varón soltero y marino, al que ellas esperaban ansiosas verle morir para quedarse con su parte. Pero aquel paisaje frente a las montañas, con un valle discreto donde posaban las becadas y se abría al conjunto de la sierra de Cuera, me encandiló. Allí iba a pasar quince años. No sé si los más productivos de mi vida, pero sí soy consciente de que fueron los más intensos.

Colombres se convirtió en aquel lugar donde uno soñaba cuando no estaba allí. Aún recuerdo el día en Moscú que me enteré del accidente de un autobús de niños que se había estrellado en una de esas carreteras, hechas para la muerte, del Oriente asturiano. Eran de Colombres; un puñado de adolescentes que iban de madrugada a su instituto en Llanes. Escribí una sabatina –¿noviembre de 1998?– que no he vuelto a leer. Aquella pequeña población del Oriente asturiano, abandonada de todo lo que no fueran los suyos, sufría la sangría más dolorosa, la de esquilmar a la exigua generación que venía a sustituirles.

Aún Colombres era un pueblo, digno de vivir y digno de gente. Pero la ola, en forma de burbuja y mafia, se llevó casi todo.

Gregorio Morán

1 comentario


  1. Tema de gran trascendencia para la humanidad, el que a este señor le hayan subido el alquiler de la casa o el propietario haya decididido no revonarlo.
    Claro que todo ello obedece a una gran conspiración política contra su persona… ¡ya hay que ser megalómano!
    Pero en fin, ya sabemos para lo que le pagan en La Vanguardia; y este señor Morán, para no mojarse ni de refilón, seguirá hablando de bueyes perdidos.

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