Adiós a las guerras

Por Shlomo Ben-Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel. Fue el negociador principal de las conversaciones de paz de Camp David y Taba. Traducción de Pilar Vázquez. © Project Syndicate, 2007 (EL PAÍS, 23/03/07):

El Gobierno italiano sufrió recientemente un duro revés al perder una votación parlamentaria en la que se decidía el envío de tropas de ese país a Afganistán; por otro lado, Gran Bretaña y Dinamarca han anunciado su inminente retirada de Irak. Mientras que el Gobierno de Bush está desplegando 21.000 soldados más en Irak y urge a sus aliados a que envíen más tropas a Afganistán, éstos rechazan la política de Estados Unidos en Oriente Próximo. Parecen cada vez más convencidos de que en todo conflicto asimétrico entre un Estado, por poderoso que sea, y una insurgencia armada movida por el fervor religioso, la “victoria” siempre será esquiva.

El dogma de la transformación militar que defiende Donald Rumsfeld -el desarrollo de la capacidad tecnológica de los ejércitos permite asegurar la victoria con menos tropas- fracasó rotundamente en Irak. Ni tampoco pudo Israel vencer a Hezbolá en el Líbano, pese a su apabullante superioridad tecnológica. En el norte de Israel cayeron en 33 días más misiles y cohetes que en Gran Bretaña durante toda la Segunda Guerra Mundial. De modo que los israelíes tendrán que vérselas con un fenómeno completamente nuevo: una entidad asimétrica, Hezbolá, con la potencia de fuego de una nación-estado.

Se diría, pues, que el debate acerca de si es conveniente incrementar el número de fuerzas de tierra estadounidenses en Irak no viene al caso. Ni la experiencia soviética en Afganistán en los años ochenta del siglo pasado ni la OTAN hoy confirman que el número de tropas es lo que importa en el campo de batalla moderno. Cuando no existen frentes militares geoestratégicos, como sucede en Kosovo, en Afganistán y en Irak, la superioridad numérica ya no equivale a victoria. Aquella idea de Carl von Clausewitz, el gran teórico militar, de que las “batallas decisivas” eran el “centro de gravedad” de la guerra es sencillamente irrelevante en unos conflictos que no tienen un “centro de gravedad” visible.

Es cierto que las guerras, desde la época de la victoria de Aníbal frente a los romanos, en el 216 a. C. hasta la Guerra del Golfo de 1991, tenían este centro de gravedad, con una concentración masiva de fuerzas capaz de poner de rodillas al enemigo, pero esas guerras inter-estatales son hoy un anacronismo histórico. La mayoría de los estados están hoy delimitados por unas fronteras que generalmente se aceptan como legítimas, y por lo general acatan las normas de conducta internacionales en tiempo de guerra.

De hecho, la obligación de los Estados de acatar unas normas de conducta humanitarias mientras que sus enemigos son libres de cometer barbaridades es lo que hace irresolubles las guerras asimétricas. Es más, en una época como la que vivimos, de medios de comunicación globales y tribunales internacionales para los crímenes de guerra, los criterios de los Estados a la hora de emplear la fuerza militar son más complejos que nunca.

El combate entre Estados todavía se puede dar en donde existan primeras líneas de combate estratégicas, como en la frontera de Israel y Siria, la de India con Pakistán y la frontera que divide las dos Coreas. En estos casos, la guerra, como demostraron los egipcios en 1973, podría ser todavía una vía válida para resolver un conflicto determinado. Podría suceder que a los sirios les tentara la idea de lanzar una ofensiva contra Israel con el objetivo de salir del impasse en el que se encuentra el futuro de los Altos del Golán.

En el caso de Cachemira, sin embargo, puede que el conflicto asimétrico en el que se enfrentan en la actualidad aliados o representantes del Estado y grupos terroristas no degenere en una guerra abierta, precisamente porque India y Pakistán cuentan con una fuerza nuclear lo suficientemente disuasoria. En realidad, estos conflictos asimétricos dirimidos mediante representantes o grupos aliados han llegado a convertirse en la nueva manera que tienen los estados de evitar tener que pagar el precio de una guerra general.

La naturaleza cambiante del campo de batalla significa esencialmente que la guerra en cuanto que hecho decisivo en los conflictos internacionales ha quedado obsoleta. La simplista idea clausewitziana de que la acción militar termina conduciendo a la solución política ya no puede convencer a nadie. La “victoria” no supone la paz, sencillamente porque siempre habrá guerra después de la guerra.

Así, por ejemplo, sucedió en Kosovo, donde la guerra duró dos meses, pero sólo para dar paso a un conflicto asimétrico que duró seis años. Del mismo modo, aquella famosa campaña de “conmoción y pavor” llevada a cabo por Estados Unidos en Irak en 2003 teóricamente sólo duraría tres semanas, pero, en realidad, abrió las puertas del infierno tanto para las fuerzas de ocupación como para el pueblo iraquí. Y seis meses después de la despiadada batida israelí en el sur del Líbano, Hezbolá sigue con la misma fuerza que antes. Y lo mismo se podría decir sin que parezca demasiado exagerado con respecto a la vuelta de los talibanes a Afganistán seis años después de su derrocamiento.

Es en la guerra después de la guerra donde se revela la inferioridad de los ocupantes, dado que los constantes refuerzos incrementan el número de los objetivos para los insurgentes mucho más rápido de lo que pueden adaptarse las fuerzas ocupantes al cambiante campo de batalla. En sólo tres años, tal como han admitido los británicos, los insurgentes iraquíes han sido capaces de hacer frente a la superioridad tecnológica de sus enemigos, algo que el IRA fue incapaz de hacer en treinta.

La guerra de Irak y las guerras de Israel con Hamás y Hezbolá muestran los límites de lo que puede alcanzar la fuerza militar, y confirman asimismo la necesidad de la labor diplomática y de que los conflictos se resuelvan por otros medios. Cuando se trata de resolver conflictos políticos y culturales, más importante que la mera capacidad militar es forjar alianzas internacionales y regionales en torno a un objetivo legítimo.

Dicho esto, sería peligrosamente ingenuo afirmar que son innecesarios el uso de la fuerza y la capacidad de intimidación. Pero los objetivos a los que se dirige el uso de la fuerza han de ir unidos al reconocimiento de que en los conflictos asimétricos de hoy en día la victoria no se consigue únicamente en el campo de batalla. Sólo unas políticas regionales mejor fundamentadas, unas políticas encaminadas de verdad a disipar la incertidumbre y la angustia real de unas civilizaciones en crisis, producirán unos resultados más sostenibles.