Adiós al dinero barato

Por Antón Costas, catedrático de Política Económica de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 14/11/05):

Se acumulan las señales de que estamos ante el fin de la época del dinero barato. Habría que prepararse para que este cambio de clima económico no nos coja desprevenidos a los españoles, acostumbrados como estamos a que las cosas nos vayan bien y a endeudarnos hasta las cejas. Las señales más inquietantes vienen de la inflación, especialmente de las expectativas de inflación.
La economía mundial ha vivido un período excepcional en el que se ha producido una combinación virtuosa de altos ritmos de crecimiento económico con bajos niveles de inflación. Todo lo contrario de lo que había ocurrido en los años 70 y principios de la década de los 80, cuando la situación era exactamente la contraria, una combinación perniciosa de bajos niveles de crecimiento y elevada inflación, lo que se llamó la estanflación (estancamiento con inflación), que comenzó con la crisis del petróleo del año 1973 y se acentuó con la de 1979.
Fruto de aquella experiencia traumática, prácticamente todos los países se dedicaron afanosamente en los años 80 a cortar de raíz la inflación, aunque con ello provocasen un paro elevado. Aún recuerdo la frase de Paul Volker, presidente en aquel entonces de la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, cuando después del incremento de precios del petróleo de 1979 dijo aquello de: “Cueste lo que cueste en términos de desempleo reducir un punto la inflación, la prioridad será reducirla”. Y así se hizo, tanto en Estados Unidos como en Europa.
Dado que el precio del dinero está relacionado de forma directa con la inflación, ese esfuerzo para reducirla hasta niveles cercanos a cero llevó a la economía mundial a una era de tipos de interés bajos que ha durado hasta la actualidad.
Cuando la peseta ingresó en el euro, la economía española se vio beneficiada por ese escenario sin tener que hacer excesivos méritos propios. Los tipos de interés bajaron de una forma intensa, casi dramática, si lo vemos desde el punto de vista de lo que ha pasado con el ahorro y la inversión productiva.
¿Para qué ahorrar, nos dijimos, si no te dan nada por el ahorro? Que ahorren otros (especialmente alemanes y franceses), que nosotros utilizaremos su ahorro. De esa forma la banca y las cajas españolas han podido tomar dinero barato en Europa y prestarlo a los españoles para comprar primeras y segundas residencias, coches o irse de vacaciones. Nos hemos comportando como los norteamericanos, importando ahorro y viviendo a cargo de lo que ahorran otros. De ahí que seamos “anglosajones honorarios”, en expresión feliz del economista Alfredo Pastor.

PERO LAS COSAS han comenzado a cambiar. De pronto, en el mes de septiembre, la inflación ha pegado un salto inesperado hacia arriba. Y lo más sorprendente es que lo ha hecho de forma simultánea en todas las grandes zonas económicas, Estados Unidos, Reino Unido, Unión Europea, China, con la excepción de Japón, que sigue con su anorexia y su deflación. De ahí que la revista The Economist haya podido hablar de factores globales que mueven el repunte de la inflación mundial.
Algunos pueden pensar que no hay por qué preocuparse, que sólo se trata de un efecto momentáneo y que la inflación básica o subyacente –es decir, descontada de precios energéticos– continua estable.
Aunque, como nos enseña la experiencia y nos confirma la teoría económica, lo importante no es la inflación actual sino la expectativa que tiene la gente sobre la evolución futura de la inflación. Y las encuestas que se hacen para Estados Unidos y otros países están diciendo que esas expectativas empeoran. Es decir, la gente piensa que la inflación aumentará. ¿Qué otra cosa podemos deducir, en el caso español, de las protestas en cascada de pescadores, camioneros, agricultores, mineros y lo que le seguirá? ¿Qué pueden hacer las autoridades monetarias para romper esas expectativas inflacionistas? No pueden controlar el precio del petróleo, pero sí intentar que sus efectos no se trasladen a los salarios y demás ingresos de los agentes económicos, dando lugar a la vieja espiral de precios-salarios/ingresos-precios. Y sólo pueden hacerlo mediante una elevación de tipos de interés que sirvan de señal para todos los actores económicos. Una elevación como mínimo igual a la subida de la inflación. De hecho, la Reserva Federal de Estados Unidos ya ha reaccionado de esa forma, lo mismo que el Banco de Inglaterra. Y el Banco Central Europeo ha comenzado a lanzar mensajes en el mismo sentido. Se acabó la época feliz del dinero barato. Y, como dice el refrán, cuando las barbas del vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.

EL PROBLEMA es que en España ya no hay banco central que pueda elevar los tipos de interés de forma autónoma y acabar con esa situación de interés del 2% con una inflación acercándose al 4%. Los comportamientos económicos que produce son insanos y perturbadores a medio plazo. Algo habrá que hacer para enfriar de forma gradual el entusiasmo comprador, especialmente por el tocho, evitando el riesgo de que tengan que hacerlo mediante una ducha fría. De eso hablaremos otro día. Pero, mientras tanto, déjenme decir que quizá no haya estado afortunado el vicepresidente y ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes, cuando en la presentación de los Presupuestos Generales del Estado dijo aquello de “hay dinero para todos”. ¿Quién les dice ahora a los que bloquean puertos y calles que hay que apretarse los cinturones?