Adiós al Rumsfeld superestar

Por Diana Molineaux (LIBERTAD DIGITAL, 30/03/03):

El flamante secretario de Defensa, cuyas respuestas rápidas convirtieron sus ruedas de prensa en competencia para las novelas televisadas, va camino de ser la primera víctima de lo que parece un mal comienzo en Irak, por muy bien que lo presente la administración norteamericana.

El envío de 120.000 soldados más a Irak confirma el patinazo del espionaje militar y diplomático de Washington. No porque su número indique problemas insuperables, sino porque el momento de enviarlos no es ahora, sino antes de empezar las hostilidades, antes de que las posiciones más avanzadas de las columnas tuvieran que racionar comida y prohibir el movimiento de los tanques que consumen cinco litros por kilómetro, antes de que los convoyes de suministro quedaran estancados por las emboscadas y antes de que los infantes de marina y las unidades de infantería tuvieran que luchar cuerpo a cuerpo en ciudades y en zonas densamente pobladas y con vegetación donde pueden esconderse armas y guerrilleros.

Las críticas se centran ahora en el principal responsable de las acciones militares, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, a quien acusan de haber rechazado los consejos de sus generales para colocar más tropas y armas en el terreno. Una serie de militares señalan a la prensa que la táctica de “desear lo mejor y prepararse para lo peor” quedó relegada ante el optimismo de Rumsfeld y su visión de una fuerza corta en soldados y larga en tecnología, abandonando las teorías más clásicas de la guerra y los principios de la “fuerza abrumadora” que constituía la “doctrina Powell” para confiar en las maravillas de la aviación en detrimento de las “botas sobre el terreno”.

En la tensión tradicional de los conflictos armados entre políticos y militares, podría haber una leve justificación para el error político de creer que la sociedad y el ejército iraquíes están tan alienados de Sadam Husein que el régimen se hundiría con la entrada de las tropas. Lo que parece imperdonable es el error militar: bastaba con recordar que doce años antes, con una campaña militar mucho menos ambiciosa, Estados Unidos y una gran coalición movilizaron mas de medio millón de soldados para liberar a Kuwait. Más del doble de los que han situado los anglo-norteamericanos-australianos para destruir un régimen bien aferrado, ocupar temporalmente Irak y convertir en demócratas a gentes que siempre han vivido bajo regímenes absolutistas.

¿Soldados leales o tapujo político?

Según declaraciones del mismo presidente Bush, antes de empezar la guerra preguntó a sus jefes militares si tenían lo necesario para ganar y si estaban de acuerdo con la estrategia. Cabe preguntarse si efectivamente nadie expresó las dudas que ahora empiezan a aflorar y si le contestaron que sí por disciplina antes las órdenes de Rumsfeld. ¿Sería posible que hubieran adoptado la vía burocrática de seguir al jefe inmediato y mostraron más respeto al secretario de Defensa que a su comandante en jefe?

Se podría sospechar que los políticos estadounidenses desoyeron los consejos de su Estado Mayor, quizá porque la coyuntura internacional hacía cada vez más difícil lanzar esta guerra a medida que pasaba el tiempo, quizá porque una fuerza tan reducida podía conseguir el avance espectacular de pocos días que confiaban intimidaría a Sadam Husein.

Volver a empezar

Es probable que el Pentágono revise los planes de arriba abajo y considere que, aunque Estados Unidos tiene una supremacía militar sin precedentes en la historia, tal vez no puede convertirse en el primer país que ha intentado, al mismo tiempo, hacer la guerra, evitar víctimas civiles, distribuir ayuda humanitaria y mantener los recursos y la infraestructura del país.

Hay quien advierte que es tan imposible desarrollar una guerra inocua como obtener simpatía para Washington: por pocas que sean las víctimas civiles, siempre les acusarán de “masacres”, lo que les hace preguntarse si tiene sentido poner en riesgo los resultados y las vidas de los soldados.

Ahora, el rápido avance será revisado para apuntalar las zonas ocupadas y evitar un ataque contra Bagdad con fuerzas hostiles en la retaguardia, lo que significa tomar Nayaf, algo que, vistas las luchas de Nasiriya, puede durar semanas.

Pero las fuerzas necesarias para estos probables planes ocuparán a la mitad de los efectivos de Estados Unidos en momentos de tensiones en Corea del Norte. El tiempo necesario para ponerlos en práctica, según las últimas proyecciones hasta bien entrado el infernal verano iraquí, hará todavía más difícil conquistar a las poblaciones que habrán de vivir las penurias y el terror de la guerra, después de haberles prometido rápida ayuda humanitaria y mejores condiciones de vida.

En esta guerra, el conflicto entre políticos y militares ha surgido mucho antes que en otras contiendas. Quizá sea un signo de los tiempos acelerados por los avances tecnológicos y la rapidez de las comunicaciones.

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