Adiós al sentido del ridículo

El sentido del ridículo fue importante en otras épocas. Tarradellas, que lo vivió todo, decía que en política se podían hacer muchas cosas, menos el ridículo. No tuvo seguidores en esa vía. Jordi Pujol, el padre del clan, carecía del más mínimo sentido del ridículo; se creía genial. Le sacaron de ese embeleco, pero él erre que erre se mantiene, y a decir verdad lo que vino detrás tampoco contribuyó mucho a retirarle del ensueño. En el fondo no sabía de nada, ni siquiera del único oficio que había estudiado -medicina-, pero daba lecciones de todo. Fue precursor de los tertulianos; él solo se fabricaba una tertulia mediática. Pujol fue un showman sin dotes para ello, pero tenía un don y es que carecía de sentido del ridículo. Lo mismo le daba decir hoy una cosa, mañana otra -mentiras, por supuesto-.

Catalunya tenía fama de ser lugar sensible al sentido del ridículo. Discreción y a lo suyo. Hasta los artistas menos convencionales, Dalí por ejemplo, cuidaban mucho de no pasarse en las dosis que rompieran el sentido del ridículo. La tela dedicada a la hija del Caudillo es un ejemplo. Un calculador con un sexto sentido hacia el dinero -hijo de notario-, y eso condiciona. Audaces pero sin tocar la cristalería.

La idea de escribir sobre este adiós al sentido del ridículo no necesitó a Donald Trump; un despreciable estafador que puede acabar en criminal de Estado. Ni de las primeras declaraciones de algunos líderes de Podemos que iban a gobernar España desde la primera partida, ambición que se acercaba al patetismo y que supieron ir adaptando a sus verdaderas posibilidades.

Nada de esto. La pérdida del sentido del ridículo tiene momentos estelares, como el almuerzo Rajoy-Puigdemont, mano a mano, y negándolo primero con un descaro de primerizo y añadiendo luego que no hablaron de Catalunya, ni de referéndum, ni de futuro. ¿Y de qué carajo pueden hablar dos tipos a los que el destino les quitó hasta el más mínimo chispazo de gracia, una vocalización de arrieros, y encima sosos como boniatos? Soy hombre curioso, pero no pagaría un euro por asistir a un almuerzo de muermos. Tendría la misma sensación que los rosarios en familia de mi abuela, que en paz esté aunque sea en el infierno, mala y retorcida como el tétano, pero ¡el rosario se rezaba entero hasta el hastío y con todos los aditamentos de rigor! ¡No rezaríaun rosario, ni aunque me lo pidiera un amigo creyente y querido! He cubierto el cupo desde la infancia. Los simpáticos, locuaces y graciosos presidentes Rajoy y Puigdemont pertenecen a la ausencia de sentido del ridículo. Han mentido tanto y con tal desfachatez que ocupan un lugar de honor.

Lo trascendental de la pérdida del sentido del ridículo constituye ya un problema social que ha empapado nuestra vida. ¡Esas abuelas de pie en un autobús atiborrado, donde los niños ocupan los asientos mientras sus madres montan guardia para que nadie dispute a sus retoños el lugar que usurpan y que no pagan! Debería prohibirse el uso de móviles en los servicios públicos; son tan letales como el tabaco. Vivimos en una sociedad de gente grosera, porque la igualdad empezó con el derecho a la arrogancia. Nos la trajeron por debajo y el espíritu de la televisión y el desparpajo lo empañó todo. Nuestro mundo empieza a ser invivible, salvo para quien lleva el coche con cristales ahumados.

El sentido del ridículo, su ausencia, se manifiesta con tan sólo abrir el periódico y enterarte por milagro de que la Guardia Civil fue a registrar y retener a Sixte Cambra. Quizá fuera de Catalunya, o para ser más exactos de Barcelona, apenas su nombre le suene a nadie. Pero es una de esas figuras de quien, al menos hasta la fecha, nadie habla bien -en privado, por supuesto-, que lo fue casi todo en el fútbol, en los negocios dudosos, en el prestigio social que daría -es un ejemplo- estar invitado a las fiestas de Palermo, Sitges o Palamós, si fuera menester. Conviene estar a bien. Fue jefe de aquello que inventaron en el pleistoceno que se denominó Convergencia Democrática de Catalunya, hoy con puesto de venta de souvenirs en los Encants -el Rastro de Madrid-, De puro deterioro y extorsión hubo de cambiarse de nombre y confieso que aún no he aprendido el nuevo. ¡A lo mejor lo cambian y mi memoria ya resbala entre esa basurilla!

Sixte Cambra pertenece a la generación valiente y temeraria de la que formaba parte su íntimo Artur Mas en la lucha antifranquista por la libertad de Catalunya. Amasar dinero y operaciones turbias. Ahora es presidente de la Autoritat Portuaria de Barcelona. ¡Casi nada en el mundo oscuro de la finanza oscura! Un grupo de guardias civiles le fue a visitar con orden judicial. Hasta aquí normal, es lo que corresponde.

Pero nunca les había ocurrido a picoletes de paisano que les cerraran el paso los seguratas del señor don Sixte -¿quién dijo que esto no era Sicilia?-. “¿Tienen ustedes hora para la cita con el señor Cambra? Si no la tienen, es inútil, no les va a recibir”.

Me imagino a los maderos mirándose ante aquellos aprendices de sicario. Probablemente no les había ocurrido nunca. No conozco los detalles, pero lo más probable es que se echaran a reír, les apartaran de un empujón y les precisaran que las órdenes que llevaban no eran para siervos sino para jefes. ¡Ya lo saben, una orden de registro y detención en Barcelona tiene que avisarse con tiempo, para que el boss esté en condiciones de recibirles!

Sixte Cambra es independentista y lo entiendo. Eso con los Mossos d’Esquadra no hubiera pasado. Un respeto, porque son de los nuestros. Hubieran tenido la buena educación de dar un cante, una pista. Diga lo que diga el juez, ellos viven del poder de la generación de los Sixte Cambra, por algo tenemos una identidad diferente y somos el futuro de la economía que se desarrolló con el 3%, para que ahora vengan unos arrogantes de tierra ajena a reprocharnos lo que hemos sisado, engañado, amañado para preservar nuestra identidad. ¡Con la independencia, estos momentos desagradables para un hombre de negocios no pasarían! ¿No lo hacen Rajoy y los suyos? ¿Por qué no podemos intentarlo nosotros? Sería bueno para todos, porque el dinero no huele y al final aunque sea salario de segurata, llueve para todos.

Hemos perdido el sentido del ridículo. ¿Pero qué era eso? Una antigualla de viejos señores. Ahora se limita a no llamar la atención, al estilo de la sagrada familia pujoliana, con coches ostentosos, casas suntuosas y amantes de postín, nada discretas. “¡Compréndalo, no podemos dejarnos comer lo que ha sido nuestro negocio, mitad euros, mitad identidad con ambición de carnet propio!”.

Podemos llegar a un acuerdo entre caballeros sensibles al ridículo: “Nunca robaremos tanto como hizo el PP”. Valga como promesa; somos hombres de palabra. Tenemos, aunque es verdad que lo perdimos en alguna ocasión, un alto sentido del ridículo.»

Gregorio Morán

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