¡Adiós, año grotesco!

Era costumbre añeja en las fiestas navideñas que cuando se levantaba la primera copa para el brindis, la señora de la casa, con el peso que le daba la experiencia del pasado que nadie mejor que ella representaba, dijera unas palabras rituales: “Porque el próximo año sea al menos como este”.

Me temo que por primera vez en décadas ninguna dama, por ajada que esté o por flamante que sea su juventud, se atreverá a tamaña osadía. Se interpretaría como chiste de dudoso gusto o como provocación. Hasta los ricos tienen miedo de sí mismos. No digamos ya los pobres, con solemnidad o sin ella, sobreviviendo en un mundo de piratas que les ha dejado al pairo y sin botes salvavidas. ¿Y qué decir de esas clases medias tan asustadas por la quiebra en todo lo que habían creído durante tantos años? Parecía que las Navidades servían para consolidar un modo de vida que funcionaba sin demasiados contratiempos. Por primera vez desde tiempos antiguos, es decir, unas cuantas décadas, nadie sabe qué carajo va a ser de su vida. Excluyo de esta multitud a los historiadores veteranos a cargo del Estado –central o autonómico–, a los periodistas de cazuela –público o privados– y a los animosos profetas de Ítaca, subvencionados hasta las cejas.

Para observar la realidad con otros ojos no basta con El Roto, pensador de la otra cara de la pantomima y que él convierte en obviedad. Estamos ausentes de literatura. Nos falta Valle-Inclán. ¿Alguien se imagina el relato del gran manco con Ana Botella de refilón anunciado en spanglish “café con leche”? ¿Y la peineta de Bárcenas, como un torero tras una tarde fallida, pagada en negros euros de la calle Génova, poco antes de rezar en presidio por los inocentes como él y su señora? ¿O a Narcís Serra, lloroso, quejándose al juez porque en la calle le llaman ¡ladrón!? Valle es universal; cubre toda la España del señorío y la basura; de Barcelona a Sevilla, pasando por Madrid, de Galicia a Marbella. Su especialidad eran los patriotas. Venía del carlismo estético, como los nacionalistas todos.

El físico de Bárcenas, los atuendos de su señora, exsecretaria del PP –¿secretario, no viene de secreto?–, ay, esas botitas que usa hubieran obligado a Guy de Maupassant a volver a las venéreas y al manicomio –le perdían los botines–. ¿Y qué decir del gran Blesa?, el afortunado que compartió pupitre de colegio con Aznar, con su pelo de gomina estilo Mario Conde. Vuelve la arrogancia. Mario Conde daba miedo, Blesa da grima. Observen sus sonrisas. Mario Conde no reía, movía las mandíbulas y echaba la cabeza hacia atrás para acentuar el gesto, Blesa ríe como los muñecos de feria. Pero tiene tantos hilos que mejor no tocarlo. No creo que haya situación más memorable de nuestra historia judicial que la del juez Elpidio y Blesa el conseguidor, y eso que ya creíamos haber alcanzado la cima con el juez Estevill y el eminente letrado Piqué Vidal, formadores de juristas –“respetemos la justicia, dejémosla que trabaje sin presiones, no la molestemos”, es el nuevo mantra de quienes la tienen alquilada–.

No, no hay momento más valleinclanesco que el del juez Elpidio, por demás poeta, descalificado por sus mandos por usar de la evidencia con el delincuente Blesa. ¡Qué se habrá creído, que la justicia es igual para todos y que un juez de pueblo puede atreverse a cuestionar a Blesa, el conseguidor! Adorable Blesa con sus animales muertos: cuernos grandes, pequeños, pieles, osos, colmillos, plumas… Un tipo listo, falaz, inconsistente, la nueva clase que nació con el PSOE y el espíritu exquisito del gran Boyer, pasó por Solchaga el bateador, y entregaron el patrimonio a un Partido Popular, sección económica, que no dejó de mandar desde aquel hombre Providencial, Su Excelencia, que no conocía muy bien ni los intríngulis de una letra de cambio.

Pero admitámoslo, porque la literatura tiene sus exigencias. Mario Conde o Bárcenas son personajes para Valle-Inclán, Blesa está en el dominio de Bertolt Brecht con música de Kurt Weil. Es la diferencia entre la arrogancia y la nadería de un traje bien planchado y un rostro de galán de la serie B. El mayor problema de este tipo de engendros de época se reduce a algo tan simple como abrir la boca: cuando hablan, la joden. Le pasó al valenciano Camps, y no digamos a Jaime Matas –por qué se empeñan en llamarle Jaume, como si se tratara de un militante reconvertido de la CUP–. Cuando Jaime Matas habla uno entiende por qué los grandes de la mafia siciliana se expresaban con papelitos, pizzini; no era sólo una cuestión de clandestinidad, es que si oyen cómo te expresas se te desmorona el prestigio.

Un año grotesco; carne de literatura y quiebra de la conciencia ciudadana. Como dicen los gallegos listos, “todo es empeorable”, pero no creo que sea fácil que vuelva a repetirse un año en el que la inanidad de la izquierda haya sido tan demoledora. La vieja pelea entre lo público y lo privado lleva camino de ser una derrota sin paliativos. La enseñanza, la sanidad, los medios de comunicación…, vivimos en un mundo de exaltación de lo privado a costa de haber esquilmado lo público. No es que la banca haya ganado la batalla esquilmando las arcas públicas, es que el poder se ha entregado a una vertiginosa carrera por enterrar todo lo que se había ido consiguiendo, a muy duras penas. Cuando los novatos se refieren a la transición y a sus debilidades, por cierto que infinitas, habría que añadir que quedaba un margen para que los sindicatos no se convirtieran en instituciones inclinadas al clientelismo, por no decir a los comportamientos mafiosos, y para que los partidos de izquierda mantuvieran cierta dignidad sin comederos.

Eso se acabó. Lo que no había conseguido la derecha histórica española, y a lo que se adelantó la parte catalana durante el fulminante periodo de la transición, que en Catalunya fue más breve y más conservador que en cualquier lugar de España –¡23 años seguidos de pujolismo!–, está a punto de consumarse ahora. Ni siquiera durante el franquismo fue el fútbol un instrumento tan exacerbado de corrupción de la sensibilidad ciudadana, un lugar para el blanqueo de capitales, amén de un centro de difusión de comportamientos que nos amordazan. Vuelve el nacionalcatolicismo en sus diversas variantes; ya sea el sexo, el aborto o las patrias. Son más valleinclanescos Jordi Pujol y Arturo Mas que Zapatero o el gallego Rajoy. Mariano pertenece al mundo de Torrente Ballester, que es otra cosa.

Cuando los promotores de la nueva Catalunya o de la nueva España, me da igual, son los mismos que ayer predicaban “la lucha de clases contra el revisionismo” o “la vuelta a las tradiciones neocatólicas”, cabe ser discreto. En este grotesco año que termina no sólo se ha llevado al país a la ruina con ese descaro que tienen las grandes crisis económicas –no tocar a los que más tienen y apretar hasta el ahogo a los que mantenían una sociedad equilibrada–, además se ha creado una casta intelectual vicaria, corrupta, dispuesta a apuntarse a lo que sea con tal de participar en esa cola de león que nos anuncian. La vieja izquierda estaliniana ha descubierto que la corrupción bien administrada se llama “izquierda nacional”.

Levantar la copa por la despedida del año sería como felicitar a quienes han hecho posible que la justicia sea una parodia, la economía una estafa y la información un ejercicio de manipulación. Los dos partidos dominantes de este país se definen por sí solos. El de Madrid obliga a un juez, en el cumplimiento de su dignidad profesional, a asaltarlo con nocturnidad y un ápice de alevosía para enterarse de cómo delinquía. El otro, el de Catalunya, tiene la sede embargada por prácticas dolosas. Pero hay que hacer como si no nos enteramos si se quiere sobrevivir a la catástrofe.

¿Quién dijo catástrofe, si ya estamos saliendo del túnel? Por cierto, ¿alguien alguna vez nos dijo que estábamos en un túnel? ¡Valle-Inclán, resucita! Ya que no nos rebelamos, al menos animemos a la buena literatura.

Gregorio Morán

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