Adiós, Barcelona, adiós

Hace ya mucho tiempo que busco a Barcelona en Barcelona. Puede parecer romanticismo, una especie de pulso hacia el pasado para encontrar los restos de algunas noches míticas. Y hay algo de eso: si eres escritor y vas a Barcelona buscas ciertos lugares perdurables, que pueden resistir, o un aroma de época. Jaime Gil de Biedma ya no te está esperando en la barra final del viejo Sandor para tomar el dry del mediodía, y no hay ninguna noche de Boccaccio que pueda despertarte el claroscuro del paraíso perdido. Aquella Barcelona sólo existe en el recuerdo de lo que no has vivido; pero tu imaginación es poderosa. Por eso cuando tomas el dry del Ideal piensas que ese silencio cobrizo por fue también la antesala de otras conversaciones: tardes encendidas de Gabriel Ferrater con el estudiante Salvador Clotas hablando de Choderlos de Laclos o Ausiàs March, de Baudelaire o Musil, con esos largos tubos de ginebra helada en el bar Carioca. Noches de Boccaccio, aquella Barcelona: de nuevo Jaime Gil, de nuevo Salvador, pero también Joan Manuel Serrat, Carlos Barral, Ángel González si pasaba por allí, Caballero Bonald y Juan Marsé. La belleza moderna de Teresa Gimpera, la audacia arquitectónica de Ricardo Bofill, esa fotografía en marcha de Colita para sacar la luz del blanco y negro sobre una realidad que ya nacía convertida en leyenda. Visionarios, constructores de sueños en la modernidad: Beatriz de Moura, Carmen Balcells, la llamada de la selva para los escritores latinoamericanos. La calle Tuset era más importante que Nueva York o Londres y por eso Sara Montiel, en una madurez plena y hermosa, se fue allí a rodar Tuset Street en el 68. No es que la gauche divine fuera más simpática que la de ahora por estarse oponiendo a un dictador, sino que lo divino terminó con ellos: era una manera de mirar y armar el día entre la belleza y la oportunidad, una ambición total de proyectarse en una vanguardia con estilo, pero también amable. Era un hedonismo práctico y gustoso. Era una Barcelona que se sabía la gran ciudad presente, mucho más moderna que Madrid, pero dispuesta a acoger lo mejor y también la puerta con Europa, que se encontraba cómoda en Boccacio.

Ya sé que estoy haciendo un retrato que puede resultar complaciente con mi propio recuerdo de lo que no he vivido, y precisamente por eso me adelanto y lo afirmo. Sé que todo esto tiene un punto mitómano, pero también los mitos hacen la vida hermosa: por eso sigo amando a Rita Hayworth, por eso sigo imaginándola en Barcelona en el 63, durante el rodaje de El fabuloso mundo del circo, llorando en su camerino al enterarse de la muerte de Kennedy. Pero algo más tangible reverbera detrás de cualquier mito: su vigencia de autenticidad. Porque la nostalgia de lo que no has vivido puede hacer variar tu enfoque al contemplarlo, o al tratar de evocarlo, pero eso no significa que sus huellas visibles no continúen ahí. Sólo hay que buscarlas, sólo hay que acecharlas. Y eso es lo que he hecho cuando he ido a Barcelona, al cenar en Leopoldo con la sombra benigna de Vázquez Montalbán o al brindar en Boadas con un dry martini helado: escribir el pasado.

Ahora me pregunto qué pasado podrán escribir los que descubran Barcelona hoy, sin esa credencial de su mitomanía. Es decir: qué leyendas se están gestando ahora, qué nuevo territorio de elegía o recuerdo. Gerard Piqué está harto de decir a quien quiera escucharlo que tiene mucha envidia de Madrid, que Madrid está muy viva, que se nota, que le gustaría que Barcelona volviera a estar así. ¿Y qué es lo que tiene Madrid ahora, o qué es lo que no tiene, en relación con Barcelona? Habría que preguntarse, antes de eso, qué es lo que tenía Barcelona, o qué es lo que no tenía, para que los mejores escritores latinoamericanos de su generación decidieran que la ciudad en la que había que prosperar escribiendo, en los 60, era precisamente Barcelona. La lista es conocida: Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, José Donoso, Alfredo Bryce Echenique,

Sergio Pitol, Carlos Fuentes o Guillermo Cabrera Infante. Más que un grupo de gente o individualidades prodigiosas, era una biblioteca con la que convivir. Pero es que en Barcelona también los editores habían encendido una mecha propia al descubrir las ediciones de Losada y Sudamericana, como ha recordado alguna vez otro de esos nombres de la noche en Boccaccio asociada a la modernidad: el editor Jorge Herralde. Hasta si te paras a pensar en el hijo más tardío del Boom, que ha sido también su propio Boom o su estallido con generación propia, el chileno Roberto Bolaño, Barcelona, que ya no era la misma, fue la luz verde encendida al otro lado del muelle, el sentido de su peregrinación.

Todas esas gentes, o sus equivalentes, ¿también se habrían marchado hoy a Barcelona para alcanzar la gloria literaria, esa tensión de vida y de lenguaje? Más bien se habrían marchado de Barcelona para sobrevivir. Las razones las tienen en un personaje tan contradictorio, infantil muchas veces y a veces muy sagaz, como Piqué: «Es que tengo envidia de Madrid». ¿Y qué es lo que entonces no había en Barcelona, cuando era ese fulgor, y qué es lo que ahora hay? El nacionalismo, el soberanismo, el independentismo. El amor a lo propio convertido en persecución nazi a todo el que prefiera contemplar un horizonte amplio. Esa mentalidad tarada de despreciar e impedir el 25% de español o de castellano en las escuelas, cuando debería ser el 50%. Esa indigencia mental, esa falta total de perspectiva ante lo que es el mundo. Ese olvido voraz de lo que significa, en serio, que la pela es la pela: porque la pela, hoy, es levantar el arco comarcal y salir a un mundo más abierto. La pela -el progreso, ese porvenir- es entender que el mundo es más pequeño, y mucho más complejo, que el nacionalismo regional del que tanto habló Hitler. Y que para ganar una sociedad más competitiva, el 25% de español se queda corto: no digamos ya si lo eliminamos. Pero para eso tienes que salir del chiringuito identitario, levantar la cabeza y otear más allá del límite del odio que inoculas al resto. No, Barcelona no ha sido siempre así. No, la Guerra Civil no fue una guerra de Cataluña republicana y democrática contra la España fascista. Sí, cuando Franco entró en Barcelona fue recibido entre vítores por los padres de quienes luego hicieron la mejor versión de la ciudad. No, ni la existencia ni la historia son blancas o negras, porque hay matices. Y en el matiz está la vida cierta.

Vamos a dejar a un lado el coñazo de la política, el procés, cómo desde Pujol -con la cooperación imprescindible del PSC, Zapatero, Maragall, Montilla o Sánchez, y del propio PP, gracias a la ley electoral- se ha engañado a la población catalana creando un sentimiento artificial que hace 40 años no existía, o cómo se ha aceptado que la Generalidad gobierne y legisle contra la mitad de su propia población, al crear un sentimiento de fractura civil que se ha padecido entre familias y amigos, porque se estaba con la independencia o contra ella, mientras el mundo se volvía definitivamente global.

Vamos a dejar a un lado todo eso y a pensar en los niños. Les estás privando de un idioma que manejan 580 millones de hablantes. Hay que aprender inglés y catalán, o chino, pero no español. Tienes ese patrimonio al alcance, para tus hijos, y se lo amputas. ¿Las razones? Pintorescas. El idioma fascista, la lengua de Cervantes -no olvidemos que algunos se empeñan en que era catalán-, el idioma de Cristóbal Colón, que por cierto también era fascista. Por esa regla de tres, si eso fuera verdad, ¿quién estudiaría alemán?

Recuerdo cuando Juan Marsé fue acusado de botifler -de traidor-, junto con Serrat, por hablar libremente sobre esto. Serrat, que había puesto en órbita Antonio Machado y a Miguel Hernández, convertido en Serrat el facha. Y luego se preguntan la razón de su derrumbe: Madrid, lo que no tiene, es independentismo. Por eso está como está. Adiós, Barcelona, adiós. Te seguiré queriendo en mi recuerdo, y un día volveré.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor.

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