¡Adiós, Barcelona!

El próximo domingo se cumplirá lo que estaba previsto; lo que algunos, con ingenuo buenismo, se negaban a creer; lo que los profesionales implicados no han sabido impedir: la última corrida de toros en la Plaza Monumental de Barcelona.
De nada ha servido insistir en que se trata de una fiesta catalana, con raíces mediterráneas, ni recordar la historia taurina de esta ciudad: las plazas, las temporadas, los empresarios, los ídolos de la afición, los escritores y artistas…

Los datos son indiscutibles. Está atestiguada la costumbre de correr toros bravos, en Barcelona, por lo menos desde fines del siglo XIV. Muy pocas ciudades españolas compiten con ella en haber tenido, a la vez, dos hermosas plazas de toros. En Barcelona tomaron la alternativa, por ejemplo, nada menos que Ignacio Sánchez Mejías, en 1919, y Domingo Ortega, en 1931. Hasta un diestro tan madrileño como Marcial Lalanda toreó en Barcelona 127 corridas, más que en Madrid o en cualquier otra plaza de España.

La razón de la prohibición es clarísima. Para los nacionalistas catalanes —y tienen mucha razón en ello— la Tauromaquia «huele a España»: así lo proclamaron en su Parlamento. Les conviene, pues, alejarse de un arte que es universal (como todo arte, por definición) pero que, en el mundo entero, se reconoce como una de las señas de identidad de la cultura española.

No es extraño que los nacionalistas actúen así: ya Jordi Pujol —a quien muchos pretenden ahora reivindicar como ejemplo de moderación— afirmaba sentirse mucho más próximo a Goethe que a Cervantes (a Alemania que a España). Tampoco sorprende que se utilicen presuntos fervores ecologistas para dar cobertura a un empeño puramente político.

Más escandaloso resulta que los socialistas catalanes, además de mentir de modo flagrante, se hayan alineado junto a los nacionalistas, olvidando la E de España que llevan en sus siglas: si lo han hecho en la marginación de la lengua española, un tema muchísimo más grave, ¿cómo no iban a hacerlo en las corridas de toros?

Si alguien mantiene todavía alguna duda sobre el significado político de esta prohibición, basta con que recuerde lo que va a suceder, a partir del lunes próximo: no habrá más corridas en Barcelona, pero quedarán blindados los «correbous», que representan un estadio anterior, muchísimo más cruel con el animal. ¿Por qué? Oficialmente, porque forman parte del imaginario catalán; realmente, porque prohibirlos supondría perder muchos votos. Así funciona el oportunismo político.

El próximo domingo, por la noche, Barcelona, esta hermosa ciudad mediterránea, admirada ya por Cervantes como «espejo de cortesía», se habrá cerrado un poco más: se hará más paleta, perderá una más de sus libertades. Saldremos por última vez de la plaza sintiendo que ya no volveremos a emocionarnos allí, junto a Salvador, a Fernando, a Luis María, a muchos amigos. ¿Qué pensarán ahora tantos catalanes de buena fe que confiaban en que, al final, se impusiera el teórico seny.

Al hilo de la exposición que esta semana se inaugura en la Biblioteca Nacional, releo la Oda a Espanya, de Joan Maragall, que concluye con la tristísima exclamación: «Adeu, Espanya!» (hace poco, TV3, la cadena oficial de televisión, la utilizó como punto de partida para un programa —uno más— que buscaba separarnos). Cualquier aficionado a los toros podría darle la vuelta a ese poema y adaptar la noble retórica de sus lamentaciones a la actual prohibición:

«Escucha, Barcelona, la voz de alguien / que te habla en una lengua / no catalana: / hablo en la lengua que también es tuya, / aunque algunos se empeñen en negarlo…
Te hablaron demasiado / de presuntas ofensas / y de agravios históricos / a ese país feliz / y tú has vivido triste. / Pero yo quiero hablarte / de manera distinta: / ¿por qué has de empeñarte / en esas prohibiciones / que ya te están aislando / de tantos españoles? / ¡Oh, triste Barcelona!
¿Dónde estarán tus hijos, / los que no se resignen / a perderse su fiesta? / Vuelve en ti, Barcelona, / abre bien esos ojos, recupera / tu alegría de siempre.
¿Dónde estás, Barcelona? / No hay un lugar amable / donde yo pueda verte. / ¿No entiendes ya la lengua / que siempre ha sido tuya?/ ¿No quieres escucharnos?/ Pues, ¡adiós, Barcelona!».

Disculpen el «crimen» poético. Respiramos por la común herida. Lo definió magistralmente Antonio Machado: «Se canta lo que se pierde».

Perdemos esta plaza, que hemos amado, igual que tantas cosas de Barcelona: los libros de Josep Pla, José Manuel Blecua y Pere Gimferrer; los frescos de San Clemente de Taüll y de San Quirce de Pedret, en el Museo Nacional de Cataluña; los mercadillos de la Plaza del Pí y las «granjas» de la calle Petritxol; las pinturas de Ramón Casas, en el Salón del Círculo del Liceo y en «Els Quatre Gats»; las «golondrinas», en el Moll de la Fusta, el mismo lugar donde Buffalo Bill, el auténtico, perdió a muchos de sus indios, por una epidemia de gripe; los primeros dibujos taurinos de Picasso, en su museo; los bailes de salón de La Paloma; las doncellas de cerámica, en el Palau de la Música; la riqueza deslumbrante —colores, sabores— del Mercado de la Boquería…

Y, junto a esos lugares, tantas emociones estéticas que allí hemos vivido: la alegría callejera del «Sol, solet», de Comediants; las «Canciones y danzas» del timidísimo Federico Mompou; Fabiá Puigserver, ensayando «La flauta mágica», en el Lliure primitivo, con muy poco dinero y mucho talento; la magistral «Iberia» de Alicia de Larrocha; los pitos a Maurice Béjart, en el Liceo, cuando estrenó «Ce que l’amour me dit», de Mahler; también, las bromas del Molino, con el genial Luis Cuenca junto a «la escultural» —así rezaba la propaganda— Tania Doris…

Recuerdo ahora a tantos poetas catalanes… A Salvador Espriu: «Eres una extendida piel de toro, vieja Sefarad». A Josep Palau y Fabre: «Es menester atacar el rojo de cara, con una espada». A Lorenzo Gomis: «Ven, toro, amor, ven, ven…».

Guardamos en el corazón tantas tardes de toros inolvidables en esta plaza…: las verónicas de manos bajas de Mario Cabré; el poderío de Luis Miguel, admirado desde la barrera por Romy Schneider; la elegancia natural de Joaquín Bernadó; la locura popular por Chamaco; las maniobras de propaganda de El Cordobés, lanzando billetes a las Ramblas, desde el balcón del hotel; el «niño sabio» Paco Camino y los naturales de frente de Manolo Vázquez; las salidas en hombros de José Tomás, Morante, Serafín Marín… Hasta este domingo, en que todo se acaba.

Esta prohibición olvida la historia de Barcelona, sus raíces culturales; se opone a un arte que ha fascinado a muchos creadores catalanes; sobre todo, traiciona la libertad de los barceloneses. Y eso, la libertad, es mucho más importante que la Tauromaquia. Se abre ahora un futuro que asusta: ¿qué prohibirán, después, estos políticos catalanes?

Punto final. No hay solución. Ya no podremos seguir uniendo tantas cosas que nos han hecho amar esta ciudad. La reacción visceral sería decir: «Ellos se lo pierden». Pero no es cierto. La razón mediterránea nos corrige: «Somos nosotros, todos los españoles, los que también lo perdemos». ¡Adiós, Barcelona!…

Por Andrés Amorós, crítico taurino de ABC y escritor.

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