Adiós Westfalia

La condición de cada uno de nosotros viene dictada por unas normas políticas que hemos interiorizado, pero que se establecieron inicialmente en 1648, en el Tratado de Westfalia. Tras 30 años de «guerra civil» en Europa, los príncipes y prelados agotados se pusieron de acuerdo para dividir el continente en Estados soberanos. Este modelo estatal convirtió a los europeos en súbditos, y más tarde en ciudadanos, con un destino enraizado en un territorio, al abrigo de unas fronteras más o menos seguras; las guerras civiles y religiosas fueron retrocediendo a medida que los soberanos se apropiaban del monopolio de la fuerza pública. «Como el hombre es un lobo para el hombre», según escribió en aquel entonces Thomas Hobbes (aunque la frase era más antigua), solo una policía estatal podía imponer una relativa seguridad, pero en detrimento de algunas libertades.

Este contrato social westfaliano se extendió progresivamente al conjunto del mundo, hasta que se incorporó por completo a partir de 1945. Esta organización política nos parece evidente, a pesar de que es relativamente reciente. ¿Pero se adapta todavía a nuestras sociedades contemporáneas? Desde hace más de tres siglos, los soberanos deseosos de agrandar su territorio y los que colonizaron nuevas tierras no han parado de cuestionar el orden westfaliano. Eso no quita para que tras cada conflicto, el regreso a la paz se haya traducido siempre por una vuelta al antiguo orden. Cuando, en los cincuenta y lo sesenta (después de la descolonización) nacieron nuevos Estados que se enmarcaron naturalmente dentro del orden westfaliano, aunque sus fronteras fuesen absurdas y su composición, heterogénea. Los Ejércitos, la diplomacia, los Tratados y la ONU no tienen otra misión que defender o restablecer este orden secular: cada uno en su casa, detrás de unas fronteras reconocidas, y bajo la tutela de un soberano, liberal o despótico, pero en principio amo en su casa.

Hoy observamos que este orden hace agua por todas partes; los emigrantes burlan las fronteras, la economía ya no es nacional y los genocidios perpetrados por déspotas en nombre de su soberanía interna se han vuelto inaceptables. El orden westfaliano perdura a pesar de todo porque los diplomáticos, los estrategas y los jefes de Estado suelen preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer; la política internacional es, por naturaleza, conservadora. En vez de inventar un orden diferente, se corrige el que ya existe. La liberalización del comercio, la UE, el derecho de asilo, el Tribunal de La Haya que juzga los crímenes contra la humanidad, y el derecho de injerencia humanitaria reconocido por la ONU son arreglos entre el orden westfaliano estructural y la globalización efectiva de la economía y la mentalidad.

¿Es este orden remendado el mejor futuro posible para nuestra humanidad? Por desgracia, parece que hoy día los lobos se benefician de él más que los hombres. Las guerras internacionales se han vuelto infrecuentes, pero los crímenes masivos se perpetúan en el interior de las fronteras internacionalmente reconocidas. Entre otras cosas, los norcoreanos se mueren de hambre; la mitad de los chinos tienen pocos derechos; los tibetanos no tienen ninguno; los congoleños perecen en masa y en silencio; las minorías religiosas y étnicas se asfixian desde Birmania hasta la Amazonia; y las mujeres son esclavizadas en Afganistán o en Arabia Saudí. Pero sin infringir nunca el orden westfaliano. Solo la mediatización masiva –en Darfur, Bosnia o Ruanda– hace que se aplique a veces el derecho a la intervención humanitaria, pero siempre demasiado tarde y solo contra Estados débiles. Nadie va a aventurarse a socorrer a los uigures contra el Gobierno chino, y Crimea ya ha sido sacrificada. El orden westfaliano beneficia más a los poderosos que a los débiles y más a los ricos que a los pobres. En África, por ejemplo, el excesivo número de Estados soberanos es el principal freno al crecimiento del continente. Ese orden beneficia también a los terroristas en vez de a los demócratas, porque los islamistas burlan las fronteras en Oriente Próximo, mientras que los occidentales dudan a la hora de inmiscuirse en la «soberanía» de los Estados locales que financian a esos terroristas.

Una tragedia reciente pone de manifiesto esta evidente contradicción entre el orden westfaliano y la globalización habitual: recordemos que un avión malasio despareció sobre el Pacífico Sur cuando pasaba del cielo malasio al cielo vietnamita y que otro fue derribado porque entraba en el cielo ucranio. ¿Qué viajero aéreo sabe que el orden westfaliano se impone en el espacio y que este se rige por el mismo principio de soberanía que el amojonamiento medieval de nuestros campos?

Resulta más fácil denunciar el arcaísmo de Westfalia que concebir un sustituto. Esbocemos solo dos pistas: reforzar los derechos de las personas frente a su propio Estado (lo que permiten el Tribunal de Justicia Europeo y los La Haya y de Arusha) y pasar del derecho de injerencia a un deber de injerencia humanitaria, tanto si esta es estrictamente humanitaria, militar o económica. Al admitir que el hombre es un lobo para el hombre, hay que decir alto y claro que los lobos más feroces son a veces los jefes de Estado.

Guy Sorman

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