Adioses generacionales: J. Ibarz

No sé si es para sentirse orgulloso,  pero de un tiempo a esta parte a los periodistas nos está empezando a ocurrir como a los poetas. Que ganamos mucho en la estima de quienes nos leen y de quienes nos mandan, cuando morimos. A lo mejor es sólo una maligna impresión, pero yo creo que al morir crecemos. Las elegías mortuorias nos asemejan a los jodidos poetas. ¿Qué mayor elogio para esta vieja profesión, que además de los políticos y las putas, las tres pes que marca la tradición, tengamos ahora la equiparación con los poetas, aunque sean muertos? Y hasta de seguro que hay quien está pensando ya en un premio, el Joaquín Ibarz de periodismo. ¿Y a qué lo darán? ¿A la trayectoria? ¿A la coherencia? ¿A la profesionalidad? Si yo tuviera que escoger un lema para unir al del Joaquín Ibarz, elegiría “la voluntad”.

Una voluntad de independencia que llegó hasta el final sin convertirse en un funcionario de la información.

Joaquín Ibarz murió en Zaidín, un pueblo de Aragón donde se puede decir que hay una raya donde unos vecinos hablan castellano y otros catalán, una línea invisible de vecindad. Deberían fletar autobuses, desde toda España, incluida Catalunya, y de paso echarían una mano al proyecto más hermoso e insólito que se le ocurrió a persona alguna que no fuera Ibarz. Crear un museo de objetos populares de toda América Latina, con preferencia mexicana, que él había ido acumulando durante muchos años. Lo bautizó La Casa de Usted, o así quería llamarlo, a la manera de tantos lugares americanos donde cuando uno entra en casa ajena le agasajan con tan hermoso miramiento.

Me temo que sólo la voluntad de Ibarz hubiera hecho posible un proyecto tan bonito.

Llegó a comprar el caserón vecino, gastarse los dineros en acondicionarlo, embarcar en Veracruz, como en una gesta antigua, las tropecientas piezas que habían de llegar al puerto de Barcelona en febrero… y murió en marzo. Le visité en enero, consciente de que ya no le volvería a ver. Echado en la cama, mimado por los suyos, peleaba con la muerte inevitable. “La semana próxima empezaré rehabilitación”. Ese sopor que va cubriendo el cuerpo mientras la cabeza rige y puja por vencer al tumor. Todavía seguía fiel a su máxima y trazaba planes. La voluntad inagotable.

Tenía 67 años vividos intensamente. Había pasado por todo lo importante que sufrió y gozó América Latina en las últimas tres décadas. Un privilegio profesional y humano que no creo que tenga parangón. Quienes trabajaron con él no lo olvidarán, los lectores tampoco. Eso solo constituye el mayor elogio para un periodista. Sobrevivió a catástrofes, revoluciones, contrarrevoluciones, balaceras, mafiosos, corruptelas, al PRI, al PAN, al narcotráfico, e incluso a la próstata. Pero un día se levantó – él, la voluntad en persona-y no pudo ponerse la camisa. Eran las vísperas de un partido de fútbol histórico – nadie es perfecto-,y asomó la muerte.

Con toda probabilidad no dejó nada escrito sobre su trayectoria periodística, y creo que pocos profesionales podían haber plasmado los avatares del gremio como Joaquín Ibarz. A nadie se le ocurrió ponerle ante un aparato y hacer ese ejercicio necesario de mirar hacia atrás. Hubiera sido un lujo y además un instrumento de conocimiento imprescindible para una historia sobre la que apenas si hay algo decente. Los años sesenta en Barcelona vistos por un reportero todoterreno. Y luego el tardofranquismo, los años volcánicos, donde había dos mundos: el vivo y el que se podía contar.

Pocos como él podían burlarse de las leyendas. ¡Como a alguien se le ocurra ir a las hemerotecas se llevará un chasco! “El espíritu de Tele/ eXpres”,escriben ahora algunos voluntariosos. ¿Han echado una ojeada a aquel modesto diario de la tarde, donde lo único importante es que ahí empezó la generación periodística que se consolidaría en los 80? En fin, no quiero meter el dedo en el ojo de la evidencia, pero ¿repasamos la lista? ¿Quién sobrevivió haciendo aquello en lo que creía? ¿Recordamos a Huertas Clavería, otro poeta muerto, y el artículo de marras, y las reacciones a su encarcelamiento? Joaquín Ibarz fue testigo de excepción de asambleas y manifestaciones, y lo contaba muy bien, con pelos y señales, muchas señales. Y la muerte de Franco, y “Libertad, amnistía y Estatut de autonomía”. Habría que contar el cambio de ciclo que vino luego.

El final de la hegemonía de la presunta izquierda en Catalunya. La aparición, digo bien, aparición del pujolismo. Lo que significó para el periodismo, no digo ya para la sociedad, el asunto Banca Catalana.

Es significativo que Joaquín Ibarz optara por abandonar España y marcharse a México. Eso le libró de vivir la metamorfosis. Le bastaban los veranos para encontrarse con los antiguos colegas y descubrir que las viejas historias parecían nuevas de tanto como habían cambiado. “Fulanita se pasó la cena hablando de la blusa de Carolina Herrera que compró en Nueva York”. “He escuchado a zutano haciendo elogios del corrupto presidente de Venezuela, porque su empresa hace negocios con él”. “¿De verdad no crees que en España ha pasado algo con nuestra profesión?”. No necesitaba preguntar, lo sabía él tan bien o mejor que nosotros. Igual que se dice que hay animales políticos, era un animal periodístico. Todo lo transformaba en texto; artículo, entrevista o reportaje.

¿Y los viajes de los políticos españoles por Latinoamérica? Contados por Ibarz hubieran dado para un libro desternillante. ¿Y sus mediaciones con el poder mexicano para introducir a tal o cual político catalán, al que en el Distrito Federal, y en toda la República, no conocía nadie? Todo eso está irremisiblemente perdido, tan perdido como él. ¿Quién iba a interesarse por eso? El poder, los medios, esas asociaciones y colegios profesionales, comederos de mediocres acojonados, están en otra cosa. Están en su supervivencia. Porque el gremio, como periodismo independiente, vive horas bajas y ha colocado un cartel inmenso con letras cifradas, que sólo nosotros podemos leer, para que lo repitamos como un mantra: conserva lo que tienes y no te menees.

No creo que fuera una buena idea la de ofrecerse voluntario para reportear el terremoto de Haití, porque hay una edad para cada cosa. Pero lo entiendo. Quedarse quieto contemplando cómo una parte de tu territorio está viviendo la gran catástrofe y que tú no puedas contarla porque te has hecho mayor, y empiezas a estar jodido. También esa tentación, tan clásica como infrecuente, y que sólo se da en los grandes, la de pensar que la mejor muerte de un periodista
se reduce a escribir tu último artículo. Llegará a decirlo cuando le ingresen en el hospital: “Hubiera debido morirme en Haití”. Es la grandeza del reportero; cuando se hace mayor evoca las veces que ha estado a punto de morir y apela a la suerte, al destino, a la ley de probabilidades, y se relaja. Le pasó al gran Capa, ¿qué frente no fotografió, qué batalla no vivió como combatiente?, y allí estaba abandonada una cagarruta de mina vietnamita que lo llevó por delante.

Me temo que esta profesión mía no sea consciente de lo que significa la muerte de Joaquín Ibarz, por mucha entraña que le pongan y mucho adjetivo mortuorio que la edulcore. Al fin y al cabo, él venía de México, donde a los periodistas los matan en una desigual pelea entre contar lo que ocurre u ocultar lo que sucede, y llegaba aquí, donde el mayor peligro periodístico se reduce, hoy por hoy, a que algún colega fallezca de un empacho de entusiasmo por la cocina de Ferran Adrià o la Ruscalleda. Soy consciente de que con él desaparece un referente profesional y al mismo tiempo un cómplice. ¿A quién le voy a contar ahora el diálogo, digno de Mario Puzo en El Padrino,entre López Tena y Duran Lleida? No sé si quedan ya periodistas antiguos en ejercicio, de lo único que soy consciente es de que el periodismo, como voluntad de independencia, entró en barrena hacia 1982. Más o menos cuando Joaquín Ibarz tomó la sana decisión de hacerse corresponsal en el extranjero.

Gregorio Morán

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