Adolescentes, porno e internet

Antes, es decir, antes de la explosión de internet, el adolescente debía ingeniárselas como podía para realizar incursiones en el oscuro y fascinante mundo de la pornografía. En el cine no lo dejaban entrar y tampoco osaba comprar el ‘Playboy’, el ‘Lib’, el ‘Clima’, el ‘Private’ o alguna revista por el estilo (el quiosquero no se la hubiera vendido y quizá hubiera alertado a la familia). Por supuesto, los padres controlaban la televisión, especialmente cuando programaban alguna película de dos rombos.

A modo de consuelo, al adolescente le quedaban las fotos del ‘Interviú’ que hojeaba en el barbero haciéndose el desganado. Las publicaciones más fuertes no había más remedio que rapiñarlas al hermano mayor o al padre de un amigo, quien las apilaba en el fondo de un cajón en el dormitorio matrimonial. A veces con la pandilla incluso habían pasado, llevando a cabo todo tipo de inventos, alguna peli de súper 8 -los adolescentes de después, en VHS- también conseguida de extranjis.

Estos adolescentes que se iniciaban en el porno eran notablemente más mayorcitos que los niños y adolescentes que ahora lo hacen a través de internet (a partir de los 10 años, según un interesante reportaje publicado en este diario el pasado día 17). También la primera experiencia sexual tanto para ellos como para ellas llegaba bastante más tarde.

adolescentes-porno-e-internetLo que ha sucedido desde entonces, esto es, en una sola generación, es revolucionario. Han cambiado muchas cosas: hay otra percepción de la sexualidad. Se le ha restado trascendencia, se han desvinculado las relaciones sexuales del pecado y se aceptan con naturalidad relaciones entre personas del mismo sexo. La sociedad, sin embargo, está más sexualizada que nunca. El sexo se ha relativizado y frivolizado. Sirve para vender tanto un perfume, una línea aérea o un helado como cualquier otro producto o servicio. Las poderosas imágenes de mujeres -la mayor parte- y de hombres atractivos y en actitud erótica copan buena parte del ecosistema simbólico, se nos muestran quieras o no quieras, venga a cuento o no, tengan relación con lo que se supone que se comunica o no guarden ninguna.

No lo ha hecho todo la tecnología, pero esta es fundamental para entender cómo es la relación de los niños y adolescentes con la sexualidad. Cómo la viven, cómo la sienten, cómo la piensan y cómo son las relaciones entre ellos. Hoy el niño y el adolescente no tienen que hacer lo que sus padres. Hoy se puede afirmar que el porno los encuentra a ellos. Internet ha hecho que vivamos en una sociedad saturada de contenidos que nos persiguen. Las pantallas que nos rodean son auténticos chorros inacabables de imágenes, en movimiento o no, muchas de ellas pornográficas. En el citado reportaje se apunta que por cada 400 filmes que estrena Hollywood, las productoras de porno estrenan 11.000. Nadie, aunque viviera 40 vidas, podría ver todo el porno al que cualquier niño puede acceder inmediatamente con un par de clics en el ordenador, la tableta o el móvil.

En el mundo de las pantallas, es ilusorio -no nos engañemos- intentar controlar a qué tienen acceso nuestros hijos e hijas. Confiar en las herramientas existentes para cortar el acceso a la pornografía viene a ser, si se me permite el símil, como intentar detener un tsunami con una vieja compuerta de acequia.

Pero, ¿qué ven a través de las pantallas? Pues películas, vídeos cortos y fotos pensadas con mentalidad comercial, o sea, que buscan el máximo número de ojos posible. Esto significa contenidos diseñados para satisfacer los instintos primarios de los hombres. Nada que decir si no fuera porque es con este material que los niños y adolescentes se forman su idea de las relaciones sexuales. Lo que consumen es ficción, pero a ellos, por razones obvias, les cuesta distinguirla de la realidad. Una ficción que traslada unos patrones en que la mujer tiene el rol de objeto destinado a proporcionar placer al macho. Un sexo donde, además, no hay ternura y el amor no aparece por ningún sitio. No es la manera de prepararse para relacionarse con el sexo opuesto. Pero es ‘la’ manera.

Ante esto, ¿qué pueden hacer los padres, sobre todo, y el resto de quienes rodean a niños y adolescentes, en una era como la que hemos descrito y en la que ya no funciona el tradicional concepto de pecado? Sobre todo una cosa: hablar con ellos, hablar con ellos y hablar con ellos. Educar, educar y educar. Transmitirles que el sexo no es un deporte divertido sino otra cosa. Y que su cuerpo es importante y que no se puede escindir de la mente y del corazón. Y que el sexo con alguien a quien se ama es mucho mejor. Y…

Y esperar que los años confirmen que nuestros esfuerzos no han sido en balde.

Marçal Sintes, periodista. Profesor de Blanquerna-Comunicación (URL).

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