Adolfo y las furias

El martes, poco antes del mediodía, Tántalo salió del agua, Sísifo soltó la piedra, Ixión dejó la rueda y Ticio-Prometeo se zafó de sus cadenas y apartó al buitre de sus entrañas. Los cuatro personajes mitológicos bajaron de sus cuadros gracias a un permiso especial del presidente del patronato del museo -por algo le llamaban a Pérez Llorca en UCD el Zorro Plateado- y, en un espectacular golpe de efecto, se sumaron en el Paseo del Prado al homenaje popular a Adolfo Suárez.

Adolfo y las furiasÉl sí que era un arponero ingenuo. Sus palabras en mis cuadernos de notas de la primera etapa en que le traté a fondo, le retratan. Por ejemplo las de aquella tarde de marzo del 78, en mangas de camisa, en el tresillo rojo de su despacho de La Moncloa: «Yo sé cómo tratar a los tenientes generales. Les he dicho claramente que si se rebelaban les mandaba a un castillo. Les he dicho que yo sé mandar porque ellos me enseñaron a hacerlo como alférez de complemento. El Ejército ya no es un problema».

O las de aquel 9 de febrero del 79 cuando me pidió que me quedara a seguir charlando tras un almuerzo con otros colegas: «No tengo ningún temor de que pueda producirse una involución en el campo militar». Y a continuación clavando su índice sobre la Península Ibérica en el globo terráqueo que tenía a la izquierda de la mesa añadió: «¡Somos la bisagra del mundo!».

Y no hay dos sin tres. Dos semanas más tarde, al cabo de una agotadora jornada de campaña en la que había estado con él en Bilbao, Zaragoza y Valencia, se empeñó en acompañarme a casa. Yo vivía en la calle Espronceda. Eran más de las tres de la mañana pero le encargó a su fiel Julián que aparcara el coche para estirar las piernas y fumar un último pitillo. «Todos los riesgos de que el Ejército intente dar marcha atrás están ya conjurados… Créeme, si ganamos estas elecciones, vamos a hacer de España un país maravilloso». Habíamos pasado juntos el penúltimo 23-F antes del golpe.

Repaso las fotos de esos momentos y sólo veo en su mirada resuelta al Danton de la «audacia, audacia y más audacia». ¿Pero era Suárez un inconsciente que ignoraba la tela de araña que desde la cúspide había comenzado a tejerse a su alrededor o fingía ignorarla para transmitir tranquilidad y confianza a sus colaboradores y la opinión pública? Seguro que pasó por el dilema de darse por aludido en relación a algo que se le advertía reiteradamente que iba a ocurrir para tratar de conjurarlo -sé de lo que hablo- pero es obvio que prefirió aguardar estoicamente su destino, sin cambiar de rumbo, sin transigir un ápice, a pie firme, como los héroes clásicos.

Quien quiera entender las razones profundas de por qué la muerte de Suárez ha desatado tan gigantesca ola de afecto y admiración popular debe visitar esa exposición dedicada a Las Furias en el Museo del Prado y comprobar en los Tizianos y Riberas cuán duro era el castigo de los dioses a los humanos que tenían la osadía de desafiar sus designios. Suárez fue Tántalo alzando una y otra vez la mano hacia la manzana que no se le permitió saborear; Suárez fue Ixion uncido perpetuamente a la rueda del infortunio; Suárez fue Sísifo obligado a cargar al pie de la ladera la piedra que indefectiblemente rodaba por los suelos cuando más cerca estaba de la cima; y sobre todo Suárez fue Ticio o más exactamente Prometeo, encadenado a una roca para ser devorado por el buitre por haberse atrevido a robar en el Olimpo el fuego del poder para repartirlo entre los simples mortales.

El martirio de Suárez ha durado treinta y cinco años, de acuerdo con el verso de Ovidio que tan oportunamente evoca el comisario de la exposición Miguel Falomir: «Non perit ut possit saepe perire». Si Prometeo «no muere» es «para que pueda morir a menudo». Por eso el hígado de Suárez alimentó de forma sucesiva los picos depredadores del oportunismo ingrato -se le usó y se le dejó tirado a la intemperie-, la exclusión política -ahí entró en juego lo que él llamaba la madrastra-, la desgracia familiar reiterada y cruel y la condena final a vagar por el páramo de la pérdida de la memoria.

Si en la Sala de las Furias del viejo Alcázar de los Austrias se utilizaban los tormentos a los condenados en el Hades para representar el destino que esperaba a quienes osaran rebelarse contra el poder imperial, su reproducción junto al mismo paseo del Prado que recorrió el armón con el cadáver de Suárez vuelve ahora a tener el mismo significado y elocuencia. El Palacio -llámese Zarzuela o Moncloa- reprime con renovado vigor la disidencia incómoda y la madrastra vuelve a ser su brazo armado. La madrastra se descompone hoy en madrastra bancaria, madrastra telefónica y madrastra energética cual tridente que va ensartando y conduciendo a sus presas -instituciones, partidos, periódicos- hasta las fauces que todo lo engullen. A esa ballena coronada se le llama ahora Consejo de la Competitividad.

La expulsión del poder de Suárez abortó hace 33 años la convergencia entre la España oficial y la España real. Me dijo una vez que tenía la sensación de que González y él habían recorrido el mismo camino entre el despotismo y la libertad pero transitándolo en sentido inverso. El Suárez que llegó a presidir la Internacional Liberal era el «hombre rebelde» de Camus empeñado en «la negación categórica de una intrusión juzgada intolerable». Nunca le olvidaré en el dintel de la puerta con su anorak amarillo, tan reluciente y magnético, aquella noche del 24 de enero de 1995 en que vino a casa a conocer a Julio Anguita y sedujo a todos por igual.

Acababa de aprovechar un homenaje en Toledo para pronunciar delante de los Reyes la famosa frase de Lincoln: «Se puede engañar a alguien mucho tiempo y a todos algún tiempo pero es imposible engañar a todos todo el tiempo». Se refería a los GAL pero las explicaciones que nos dio durante esa cena por desgracia vuelven a tener vigencia: «Ni el fin justifica los medios ni los medios justifican el fin. Estoy más convencido que nunca de que la estrategia maquiavélica del todo vale para permanecer en el poder es completamente repudiable».

Cuando al mes siguiente el coronel Perote le puso en mi presencia la cinta que el Cesid le había grabado subrepticiamente para intentar implicarle en la guerra sucia, Suárez se revolvió como una pantera y el 2 de junio de ese mismo año acudió, junto a Aznar y de nuevo Anguita a la presentación de mi libro David contra Goliat para dejar claro que estaba junto al hondero y frente al gigante. No me cabe duda de que hoy apoyaría a UPyD y vería con enorme simpatía a Ciudadanos.

Al martirio político de Suárez contribuyó su propio nivel de autoexigencia -ésa es también una de las claves de la veneración popular- pues aceptó convertirse en un «paréntesis» para que no lo fuera la democracia. Menudo contraste respecto a quien prefiere que el sistema quede gravemente dañado por los desmanes de su entorno antes que regenerarlo mediante un gesto ejemplar que implique sacrificio personal. Suárez reconocía ser «un mal jefe de partido» pues tanto desde UCD como desde el CDS anteponía lo que creía que era el interés general a la conveniencia de los suyos. Lo contrario de lo que sucede hoy en Génova y Ferraz.

La brecha se ha ido abriendo también frente a su patriotismo constitucional. Lo peor del comentario de Mas sugiriendo que Suárez habría sido flexible ante su deriva separatista no fue el mal gusto del momento sino su integral falacia. La última vez que yo le vi en plenas facultades mentales fue aquella noche de abril de hace doce años en la que celebrábamos conjuntamente en casa mi cincuenta y su setenta cumpleaños. Bastó que Aznar -también presente- expusiera su preocupación ante el riesgo de que la deriva del PSC pudiera engendrar un órdago soberanista, para que Suárez saltara como un resorte: «Esa sería la única situación en la que yo volvería a la política. Podrías contar con mi modesta espada, presidente. Me parecería tal disparate que se trataran de cambiar unilateralmente las normas de convivencia que han servido a todos los españoles, que yo no tendría más remedio que intervenir».

En el otoño de ese 2002 Suárez me devolvió la invitación en forma de comida mano a mano en su casa de La Florida. Era el día que se constituía el Instituto Elcano con asistencia de Calvo Sotelo, González y Aznar. «Quiero que sepas que he decidido no ir porque Eduardo Serra -designado presidente del patronato- es el hombre de los americanos y ya sabes que a mí no me van esas cercanías con los yanquis…». La primera vez que lo dijo me hizo gracia -Adolfo fiel a sus clichés- pero cuando diez minutos después volvió a repetir las mismas palabras como si no las hubiera pronunciado antes, comencé a preocuparme; y cuando eso ocurrió por tercera vez, se me cayó el alma a los pies.

Por eso prefiero recordarle tal y como era un año antes, aún en plena forma física durante mi anterior visita, fingiendo que boxeaba en el porche con su hijo. La tristeza taladraba ya su rostro tras haber ejercido hasta la extenuación de enfermero, camillero, camarero, esposo, amigo y amante -Tántalo, Sísifo, Ixión y Ticio-Prometeo también eran titanes- tratando en vano de arrebatar a Amparo de las garras de la muerte. Fue entonces cuando me dijo la frase que compendia su grandeza: «Lo único que me gustaría es que no me quisieran porque esté pasando una mala etapa sino porque juntos hicimos algo grande».

Al menos ese deseo se ha cumplido porque estos días los españoles no estamos aplaudiendo a Suárez sino a nuestra marchita valentía.

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.

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