Afganistán, 10 años después

Intentar hacer un balance de la situación en Afganistán 10 años después del 11-S es una difícil tarea, tan ingrata como frustrante. A pesar de algunos importantes avances, hoy se habla en Afganistán del fracaso de la comunidad internacional y de la seria preocupación por la estabilidad del país.

Más allá de la pobreza y destrucción que vi en el 2003, entre los afganos abundaba entonces la gratitud hacia Occidente y el optimismo ante un futuro mejor. Los años de violencia de las guerras civiles y la opresión del régimen talibán ya eran cosa del pasado. Los expatriados volvían para asumir puestos de responsabilidad, empresarios indios o turcos invertían en sectores con potencial de crecimiento y humildes afganos empezaban pequeños negocios.

En los siguientes años rebrotaría la insurgencia talibán desde su santuario en las zonas fronterizas de Pakistán. Sucesivos ataques contra el débil Gobierno afgano y objetivos internacionales sembraban el caos en amplias áreas del sur y el este del país y ponían en entredicho la labor de las tropas internacionales.

En el 2007 pude entrevistar en Kabul al general estadounidense Dan McNeil, el entonces comandante de las fuerzas de la OTAN. McNeil me aseguró que el alcance de la insurgencia talibán se exageraba y que con más soldados se estabilizaría Afganistán. En el 2009, Obama anunciaba el envío de 30.000 soldados adicionales para 18 meses más tarde ordenar su regreso, reconociendo que no existía solución militar al conflicto.

Aunque se han producido avances en áreas tan importantes como la salud, la educación y las libertades, el desarrollo del país sigue siendo paupérrimo y el 2010 ha sido el año más sangriento desde el 2001. Hoy se dan paradojas tan particulares como que sea uno de los países con mayor libertad de prensa de la región, siendo a la vez el más peligroso del mundo para que los periodistas ejerzan su profesión.

A pesar de la violencia de los talibanes, en muchas zonas del país -incluido el norte, donde antes no estaban- estos han establecido administraciones paralelas ofreciendo el orden público que ni la comunidad internacional ni el Gobierno afgano han podido establecer en los últimos 10 años. La descoordinación permanente de los primeros y la ineptitud y corrupción de los segundos han llevado a tan triste escenario.

El baile constante en pos de ese frágil equilibrio entre justicia y paz que buscan las sociedades que salen de un conflicto ha llevado a posiciones de poder a demasiados hombres con sangre en las manos. En muchos casos se ha hecho la vista gorda a las barbaries o a la simple ineptitud de señores de la guerra. El caso del temido general Dostum, recuperado por Karzai para garantizarse el voto de los uzbecos en las últimas elecciones a pesar de haber secuestrado a su principal rival político y estar ligado al trafico de drogas, lo dice todo.

Tampoco ha ayudado el sistema administrativo centralizado que alentó la comunidad internacional. Este sistema ajeno a la tradición afgana de consultas locales, por el que los gobernadores de las regiones son elegidos a dedo por el presidente, ha demostrado ser tan ilegítimo como poco propicio para la gobernabilidad.

Hoy se negocia con los talibanes un acuerdo de paz que termine con la violencia, a cambio de su reintegración. Aunque se necesitará un compromiso claro con la Constitución afgana, la última comunicación de su líder, el mulá Omar, en la que señala su disposición a compartir el poder con otras etnias pacíficamente es alentadora. Incorporar a los talibanes no será agradable, pero el escaso progreso que han podido lograr más de 140.000 soldados internacionales obliga a intentarlo.

Estas negociaciones y el repliegue de tropas internacionales, que ya ha empezado y culminará en el 2014, abrirán una nueva etapa. Una fase en la que preocupa, y mucho, la creciente inestabilidad en Pakistán, potencia nuclear de 190 millones de habitantes que sigue jugando un papel clave en Afganistán. Así las cosas, los expertos son hoy muy pesimistas sobre lo que puede esperarle al país en los próximos 10 años.

Un informe del think tank alemán SWP elabora una serie de posibles escenarios futuros. En el peor de ellos, la creciente polarización etno-política del país podría llevar a una guerra civil e incluso eventualmente a un nuevo emirato islámico talibán. El escenario más positivo apunta a una alianza entre los corruptos señores de la guerra hoy en el poder y unos talibanes reconciliados.

Un proverbio afgano reza: «Nunca intentes coger dos sandías con una mano». Al leerlo por primera vez, recordé la insensatez de esa guerra capricho en Irak de Bush Jr.que tanta saña despertó en el mundo musulmán y tantos recursos desvió de Afganistán. Hoy son muchas las preocupaciones de la comunidad internacional, empezando por la crisis económica. Pero nada debe distraernos de llevar a buen puerto esta nueva etapa para Afganistán. Sería una ofensa a los sacrificios ya hechos por tantos. Y las imágenes del 11-S nos deben recordar que el riesgo de hacerlo sería demasiado grande.

Por Juan Garrigues, investigador principal del Cidob.

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