Afganistán: civilización o barbarie

La enorme derrota estratégica de Estados Unidos y de la OTAN en Afganistán, evidenciada dramáticamente por el rápido triunfo de los talibán, es una suerte de aleph o analizador del desorden actual del mundo, que transita amargamente desde una posible paz liberal bajo hegemonía occidental a una confrontación global de grandes potencias. Afganistán es un país mediano, muy pobre, tribal, casi medieval, que importa por su posición: un paso obligado entre oriente y occidente en el centro del mundo. Como escribió el poeta Allama Iqbal, Asia es un cuerpo de agua y tierra del que la nación afgana es el corazón; su discordia es la discordia de Asia; su concordia es la concordia de Asia. Ha sido siempre un cementerio de imperios en el llamado Gran Juego que enfrentó a los imperios británicos y rusos. Y que dio lugar a sus actuales fronteras, producto de un acuerdo diplomático arbitrario, la línea Durand, fijada en 1893 por Mortimer Durand, diplomático británico, como frontera entre Afganistán y la India, y dividiendo a la población pastún a ambos lados. Una frontera que, tras la independencia de la India y la creación de Pakistán, es hoy frontera con ese país.

Afganistán: civilización o barbarieInvadida por la URSS en 1979, los muyahidines los derrotaron 10 años más tarde (fue su Vietnam) y, tras una guerra civil, se estableció un emirato islámico que dio cobijo a Al Qaeda. Tras el 11-S, Bush invadió el país invocando por vez primera el artículo 5 de la OTAN, que establece el principio de seguridad colectiva. El Consejo de Seguridad de la ONU estableció la ISAF, liderada por la OTAN. Una guerra con todos los avales legales. Pero, tras 20 años, billones de dólares y miles de muertos, todo se ha desmoronado en días, no semanas ni meses, como estaba planificado. En un caos que continuará, pues el régimen de los talibán encontrará resistencia interna (ya está emergiendo en el norte), y el futuro del país se parecerá más a otra guerra civil, con señores de la guerra apalancados en el opio, que a ningún Estado fiable. Creer -como dice Borrell- que podremos dialogar con un Estado afgano soberano es una soberana ingenuidad.

¿Qué consecuencias podemos sacar de ello? La más inmediata es que confirma la retirada de EEUU que pasa, de ser hiperpotencia y Hegemón a ser otra gran potencia, al tiempo que abandona Oriente Medio, región que trató de ordenar, fracasando. Biden lo dejó claro en su conferencia de prensa del 16 de agosto. «Fuimos a Afganistán para acabar con la amenaza terrorista; este objetivo se ha cumplido. Punto. No fuimos para construir una nación o una democracia. Lo prioritario es nuestra seguridad, no la seguridad internacional, y lo prioritario es China». Es la doctrina Biden, que no difiere mucho de la doctrina Trump, una estrecha visión de los intereses nacionales. America First acaba siendo America Only. Una pérdida de credibilidad que repercute sobre todos sus aliados. Si abandonó Afganistán, ¿defenderá Taiwán ante un ataque chino? ¿Defenderá Ucrania o los bálticos ante un ataque ruso? ¿Defenderá Israel o incluso Japón? Muchos temen que el America is back de Biden sea más bien un ahí te quedas. Solo el tiempo dirá si éste acertó al suponer que, en este mundo globalizado, se puede contener la amenaza terrorista en las fronteras de un país. La derrota en Afganistán envalentona al yihadismo internacional en todas partes: a Hezbola, en el Líbano; a Hamas, en Palestina; a al Shabaab, en Somalia; a Al Qaeda, en la península arábiga; a Al-Nusra, en Siria; al Estado Islámico (IS), en Siria e Irak; y a todos los restantes grupos y grupúsculos distribuidos por todas partes. Ahora tienen un centro de referencia, un Estado.

Sin duda, China y Rusia se regocijan del resultado. Ambos mantienen sus embajadas en Kabul y pretenden mantener buenas relaciones con el régimen resultante. Pero puede que a la postre los pasivos sean mayores que los activos. Para comenzar, porque ambos compiten en la región. Además, los 20 millones de uigures en China, despóticamente maltratados por su Gobierno, van a encontrar un modelo y, eventualmente, un aliado próximo. Y el islam es la religión de hasta un15% de los rusos, y recordemos Chechenia. De modo que esa peligrosa relación se puede revolver como un bumerán, aunque les beneficie en el corto plazo.

Otro tanto puede decirse de Irán y de Pakistán, los dos grandes vecinos. Ambos han recibido con satisfacción la retirada de EEUU, especialmente, el régimen de los ayatolás. Pero los peores enemigos son los fraternales, y las dos ramas del radicalismo islámico compiten más que colaboran. Si el régimen de Kabul intenta proyectar la yihad fuera, como es su destino sagrado, el conflicto con Irán estará asegurado (el 9% de los afganos son chiitas y hablan farsi). Y no descartemos una alianza entre Kabul y Arabia Saudí para contener la agresividad chiita.

Finalmente, el caso de Pakistán es el más preocupante. Cierto que la India, su gran enemigo, ha perdido la baza de influir en Afganistán, y se ve libre de la presión americana. Pero el triunfo talibán es un triunfo de la mayoría pastún (un 42% de los afganos), que puede desestabilizar Pakistán donde hay más de 40 millones de pastunes, un 25% de la población. Pakistán cree que puede manejar a su vecino, pero si algo nos ha demostrado este es que no hay quien le maneje, y puede que al final sea al contrario. Además, Pakistán es país nuclearizado (no menos de 150 ojivas, imprescindibles para contener a su tradicional enemigo, la India), tecnología que recibió de China, país con el que ha realizado ejercicios militares conjuntos. ¿Qué mayor objetivo para la yihad que hacerse con armas nucleares para ser, de verdad, una gran potencia? Además, la salida al Índico de China en Gwadar, al suroeste de Pakistán, el final del corredor económico China-Pakistán (CPEC), es una prioridad estratégica para ese país. Pakistán puede pasar de depender de EEUU a hacerlo de China. En todo caso, el Gran Juego reaparece en el llamado «centro del mundo», donde compiten nada menos que EEUU, China, Rusia e India. Una vez más, la pregunta es obligada: ¿Y la UE? Pues eso: aparece al final, casi como una nota a pie de página. En la ISAF, había tropas de más de 50 países. Si no contamos gran cosa en la invasión del 2001 tampoco ahora en la retirada, aunque era esperable: ya en julio los americanos habían abandonado la base militar de Bagram, centro de operaciones de la OTAN, sin advertirlo a nadie.

Producida la derrota, la gran preocupación de la UE no es el futuro de Afganistán, ni siquiera el de su población, sino el de los exiliados y emigrantes de modo que, como siempre, está «profundamente preocupada» (los ministros europeos están siempre deeply concerned, como se dice con ironía en los pasillos de Bruselas), pero lo único que le ocupa es blindarse llegando a acuerdos con países vecinos para que los contengan, como hizo con Turquía cuando la crisis de Siria. Una Europa fortaleza y a la defensiva, muy lejos de lo que dice ser, pero simétrica de la América fortaleza.

No pocos analistas han señalado que la huida americana de Afganistán (y de todo Oriente Medio) marca el comienzo de una era post-americana. Sin duda es así, aunque la principal debilidad de ese país no es ya su proyección exterior sino su profunda división interna. Como siempre, los europeos nos escondemos detrás de los americanos, sin asumir nuestra propia responsabilidad. Recordemos que la UE gasta 223.000 millones euros en defensa, más que China, y tres veces más que Rusia. Ese casi millón y medio de soldados europeos bien entrenados los dedicamos a apagar incendios, no vaya a ser que tengan que combatir. Sin el respaldo claro de la OTAN, la UE debe acelerar la muy lenta construcción de su inexistente autonomía estratégica. De momento el sálvese quien pueda que estamos viviendo en Kabul augura el camino contrario. Es más ¿es posible la UE sin el paraguas americano? Una duda terrible.

No son sólo los americanos los que huyen. También nosotros los europeos lo hacemos, abandonando a quienes creyeron en nosotros durante 20 años. Y no es un mundo post-americano el que la huida de Afganistán anuncia; es un mundo post-occidental. ¿Qué opinan el Me too o las almas cándidas europeas? ¿Qué opina nuestro presidente del Gobierno? Silencios elocuentes. Y eso que pocas veces en la historia ha sido más cierto el dilema entre civilización o barbarie. Pues eso...dialoguemos con la barbarie.

Emilio Lamo de Espinosa es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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