Afganistán, en las cumbres

Han sido suficientemente difundidas estos días las cifras del incremento de fuerzas en Afganistán. Encadenadas y elocuentes cumbres nos han situado cuantitativamente en el nuevo esfuerzo de la comunidad internacional, claramente liderada por Estados Unidos, con una positiva aportación europea materializada en apoyo económico, militar, policial y electoral.

En lo que concierne a España, el incremento de fuerzas es de unos 500 hombres, que se suman a los 780 que están ya sobre el terreno, la mayoría de ellos con fecha de retorno condicionada a las elecciones presidenciales del 20 de agosto, que podría prolongarse hasta Navidad en el caso de que sea necesaria una segunda vuelta electoral. Nada despreciable, tampoco, el aporte económico ofrecido por España: cuatro millones de euros para formación del nuevo Ejército afgano (ANA), y otros cinco para sufragar el proceso electoral. Pero, entiendo, interesa más el fondo de lo acordado estos días que los simples dígitos.

El esperanzador final del esfuerzo en Irak, la recomposición de las relaciones OTAN-Rusia suspendidas tras la invasión de Georgia y una buena sintonía EEUU-Europa derivada del magnetismo del presidente Obama, pueden permitir –deben permitir– prever una mejoría de la situación a corto plazo en Afganistán, e incluso atisbar un final del esfuerzo. España lleva en la región desde el 2002, y ha sufrido costes humanos y materiales grandes, lo que le da fuerza para demandar resultados concretos a medio plazo. Bosnia requirió entre seis y ocho años para empezar a ver la luz al final del túnel.

El primer reto es la mejoría a corto plazo, especialmente en la percepción de la población afgana, que debe sentir cómo su seguridad y sus condiciones de vida están por encima del temor que les infunde la insurgencia. La segunda clave radica en mejorar las condiciones de gobernabilidad del país, y, en este sentido, es positivo que haya un refuerzo que asegure unas elecciones presidenciales libres (se considera ya un éxito el censo elaborado). La mejora de operatividad de los 50.000 componentes actuales del Ejército Nacional (ANA) y la de su policía, y los amplios programas de desarrollo e infraestructuras contribuyen a ello.
En resumen, el éxito de las dos fuerzas que operan en aquel territorio –la Coalición Internacional (OEF), liderada por Estados Unidos, y la Fuerza Internacional para la Asistencia a la Seguridad (ISAF), liderada por la OTAN– dependerá de la ejecución de los anteriores objetivos. La coordinación a alto nivel de las dos es tambien fundamental. Esta parece haber enterrado viejas dislocaciones de la mano de un hábil general: David Petraeus.

Hablamos, por tanto, de seguridad y de estabilidad, incluyendo en esta última la reconstrucción, el desarrollo local y provincial, la gobernabilidad, la afganización progresiva de estructuras y responsabilidades. En este sentido, la ISAF trabaja en dos frentes concretos: en el primero, los Equipos de Enlace y Asesoramiento Operativo (OMLT) se dedican a la formación de las renovadas Fuerzas Armadas afganas. España participa en 2 de los 36 operativos. Un resultado inicial: el 87% de los afganos creen que su Ejército es una institución integradora y necesaria. El segundo lo constituyen los Equipos Provinciales de Reconstrucción (PRT), órganos de integración y coordinación de esfuerzos (agencias estatales como AECI, oenegés, países donantes, etcétera). España lidera el de la provincia de Badghis con un magnífico rendimiento, aplicando una sencilla filosofía en la que se integran seguridad y estabilidad: «No se actúa donde no se puede reconstruir; no se reconstruye donde no se pueda mantener el esfuerzo», como señalaba recientemente el general español Javier Abajo, Jefe de Estado Mayor del Mando Regional Oeste de ISAF.

Las cumbres pueden contribuir a cambiar la percepción de los conceptos de éxito y fracaso de las operaciones. Históricamente, al hablar de Afganistán, solo se habla de fracasos. Que se lo pregunten, si no, a los británicos y a los rusos. Pero hoy las condiciones han cambiado. Hay más sentido global de la seguridad. Nadie cree hoy que el látigo del terrorismo discrimina a algunos. Hay que romper el racimo, o los racimos, de Al Qaeda. La estabilización de un extenso y estratégico país nos afecta a todos, nos compromete a todos.

España debe asumir, junto al papel solidario que le corresponde como aliado y el humanitario que le pide su sociedad, el compromiso firme de contribuir al éxito del esfuerzo internacional, apoyando la gobernabilidad de Afganistán, reforzando la seguridad de este país, especialmente en aspectos que conoce muy bien y de los que los miembros de sus Fuerzas Armadas tienen amplia y reconocida experiencia.

En resumen, la clave del éxito radicará en que sepamos crear las condiciones para que los propios afganos puedan gobernarse. Ello entraña liderazgo, unión política, sacrificio sobre el terreno, pragmatismo, flexibilidad.

He hablado de sacrificio. En este sentido, debemos tener presente, con nuestra firme y leal voluntad de participar, que al hacerlo asumimos riesgos. No hay éxito sin esfuerzo. Pero el esfuerzo nos beneficia a nosotros y a toda la comunidad internacional.

Luis Alejandre, General.