Afganistán: lecciones de una guerra

En su clásica Historia de las Relaciones Internacionales, Renouvin destaca distintos factores que condicionan las guerras; entre ellos, los intereses nacionales, el deseo de prestigio personal o, incluso, el temperamento de los gobernantes. Un año después de la vergonzosa retirada de Afganistán y tras la invasión rusa de Ucrania, las lecciones de la Historia resultan especialmente necesarias para evitar errores similares. El penoso final de la intervención internacional en Afganistán, pese a sus indudables logros, evidencia la preminencia del interés nacional del aliado OTAN más poderoso, Estados Unidos.

Como el coronel Calvo Albero analizó en el Instituto Español de Estudios Estratégicos, "en el trasfondo del fracaso está la falta de un liderazgo sólido, debido al desinterés estadounidense por las operaciones en un país remoto y con escaso valor estratégico". La negociación con los talibanes en Doha emprendida por Trump y avalada por Biden revela, además, el temperamento de los gobernantes. A través de esa negociación, se maquilló el abandono de la misión como una retirada que quiso presentarse como honrosa pese a constituir una claudicación. Lo confirman los contenidos del acuerdo entre la administración Trump y los talibanes firmado en febrero de 2020 y aplaudido por la Unión Europea, que tanto se lamenta de su falta de autonomía militar.

Afganistán: lecciones de una guerraPor todo lo anterior conviene revisitar aquel hito ahora que Borrell, representante de la UE para asuntos Exteriores y Seguridad, señala que "todas las guerras acaban en una negociación; nuestro objetivo es que cuando llegue la hora de negociar, Ucrania llegue en las mejores condiciones".

Al comenzar 2020 el gobierno afgano contenía el desafío de los talibanes, cuyo control del territorio variaba según la cambiante potencia del despliegue internacional. Las instituciones se esforzaban por estabilizar política, económica y socialmente un país fragmentado por intrincados poderes tribales y etnias diversas. La ausencia de una conciencia nacional afgana, junto a la corrupción en las estructuras gubernamentales y otros estamentos, la necesidad de ingente inversión occidental, el apoyo de Pakistán a los talibanes, y la difícil coordinación de los aliados dificultaban sobremanera la misión OTAN: ayudar a las fuerzas de seguridad e instituciones afganas para que el gobierno aumentara su efectividad y representatividad. A pesar de los progresos, entre ellos una incipiente sociedad civil que tras rebelarse contra el arcaísmo islamista luchaba por no volver al pasado, para algunos como el referente de la escuela del realismo John Mearsheimer la guerra se había perdido y demorar la salida solo empeoraría la situación.

Para otros académicos y militares, los logros conseguidos con enorme coste humano y material debían defenderse combinando tres modelos de contrainsurgencia: el de guerra, utilizando el potencial militar para minar al enemigo; el de justicia criminal, para juzgar y condenar a fanáticos musulmanes que desde el movimiento talibán y otros grupos terroristas devastaban el país; y el conciliatorio ,con el fin de intentar el desistimiento de algunos talibanes a través de negociaciones.

Ahora, al evaluar la OTAN su misión en Afganistán valora su éxito al "degradar el santuario terrorista afgano" impidiendo la planificación de atentados contra territorio de los países miembro. Sin embargo, considera que "fue excesivo ampliar su misión más allá de ese objetivo intentando un proceso de construcción nacional al buscar una estabilidad y prosperidad duradera".

Se critica el "exceso de ambición más allá de la misión inicial" destinada a minar el poder talibán tras los ataques del 11-S dirigidos desde Afganistán. Por un lado, aun reconociendo los logros, se subestima que, como aprecia el coronel Calvo Albero, "lo cierto es que la intervención internacional pudo haber salido bien, pues existieron oportunidades claras para estabilizar el país que no se aprovecharon por diferentes motivos".

Por otro lado, se minimiza uno de los factores decisivos en el fracaso: la negociación falsamente llamada de paz que selló la retirada. Solo se reconoce que "faltó una deliberación constructiva entre los aliados sobre las negociaciones del acuerdo entre Estados Unidos y los talibán". Se relativiza que los periodos de éxito, que sin duda los hubo, se sustentaron en significativas derrotas físicas y psicológicas de los talibanes en importantes áreas, con un inmenso coste para los aliados y los afganos, permitiendo así la combinación de la potencia militar con el poder blando: la negociación con grupos de talibanes para lograr su deserción e incorporación a unas nacientes fuerzas armadas nativas a las que se estaba formando.

Sin embargo, el acuerdo negociado en 2020 por EEUU con la cúpula talibán, lejos de apaciguar a los fanáticos, les animó a tomar el poder para imponer de nuevo su cruel régimen tras la retirada de 2021. Como concluye el académico Michael Sample, con amplia experiencia en Afganistán para ONU y UE, esas negociaciones legitimaron peligrosamente a los talibanes deslegitimando a un gobierno afgano al que se excluyó cuando precisamente sufría un déficit de legitimidad y requería fortalecerla.

En su trabajo sobre el conflicto de legitimidades que lastró a la coalición internacional, Minatti y Duvesteyn constatan que la legitimidad es el principal objetivo de una campaña de contrainsurgencia. La muerte de afganos también dañó la legitimidad de las tropas extranjeras en un enrevesado teatro de operaciones. La propaganda terrorista lo utilizó reemplazando el encuadre democracia versus talibán por el de afganos frente a invasores asesinos. La negociación de Trump lo apuntaló.

La acción política que complementa y dirige la militar puede también minarla. Así ocurrió en Afganistán donde EEUU negoció unilateralmente y con deslealtad a sus aliados un humillante acuerdo que estos tampoco censuraron como merecía. A cambio de retirar las tropas internacionales, los talibanes solo prometían futuras conversaciones con el gobierno afgano democráticamente elegido al que, no obstante, negaban cualquier legitimidad. Tampoco garantizaban los talibanes el fin de su violencia, limitándose a rechazar el uso de Afganistán para preparar atentados terroristas en Estados Unidos y países aliados. Ningún compromiso se extrajo a los talibanes sobre el respeto al frágil sistema democrático ni a los derechos humanos.

Así, los talibanes interpretaban su reconocimiento internacional y la excarcelación de miles de sus presos como una falta de voluntad por librar ninguna batalla más contra el fundamentalismo islámico, acentuando su determinación de imponer la sharía y derrocar al gobierno. La valoración de la UE de tan patético pacto como "un relevante primer paso para un completo proceso de paz" representa uno de esos históricos errores estratégicos que conviene tener presente en plena guerra de Ucrania cuando tanto se dirime. A tamaña ceguera e indolencia de la diplomacia occidental ante la inminente toma de poder por los talibanes que se vislumbraba tras semejante acuerdo, siguió la impotencia cuando aquella se materializó hace ahora un año.

A la luz de esa experiencia y tras abandonar a los afganos, ante la dramática guerra en Ucrania, ¿cuál es el verdadero objetivo de los aliados frente a la invasión rusa? ¿Son realistas sus objetivos y coherentes con los condicionantes geopolíticos, los diversos intereses nacionales y sus capacidades? ¿Hasta dónde llega su voluntad de sacrificio para lograrlos? Como afirmó Alex Younger, ex jefe del MI6, la retirada de Afganistán dañó la reputación de la OTAN. Sus miembros intentan su rehabilitación con la crisis ucraniana, donde los dilemas no son menores a los que planteó Afganistán. Por ello, ante la tentación de eludir las lecciones de la guerra, la reflexión del General Beaufre en su Introducción a la Estrategia: "El vencido merece su suerte por ser siempre su derrota el resultado de los errores de pensamiento que ha debido de cometer, sea antes, sea durante el conflicto".

Rogelio Alonso es catedrático de Ciencia Política y profesor invitado del Defense College de la OTAN en Roma.

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