Afganistán plantea desafíos complejos

Yo apoyé la decisión del presidente Obama de doblar el número de efectivos estadounidenses en Afganistán y sigo respaldando sus objetivos. La cuestión es si la ejecución de la política se basa en premisas que no reflejan las realidades afganas, al menos con el plazo que se ha fijado.

La premisa fundamental es que, en breve, Estados Unidos podrá delegar las responsabilidades de seguridad en un Gobierno afgano y un ejército nacional cuyo mandato se extiende por todo el país. Este traspaso debe empezar el verano próximo. Ni la premisa ni el plazo son realistas. Por un lado, Afganistán nunca ha sido pacificado por fuerzas extranjeras. Asimismo, la dificultad del territorio combinada con el feroz sentido de autonomía de su población ha frustrado históricamente todos los esfuerzos por conseguir un Gobierno central transparente. Las intensas diferencias geográficas y étnicas han generado entidades feudales semiautónomas que en ocasiones se han aliado para repeler a los invasores; rara vez, o nunca, han llevado a cabo un programa conjunto.

El argumento de que es necesario un plazo para obligar al presidente afgano Hamid Karzai a crear un Gobierno central moderno contradice lo que dicta la experiencia. Lo que debilita un gobierno central transparente no son tanto las intenciones de Karzai, por ambiguas que sean, sino la estructura de su sociedad, dirigida durante siglos sobre la base de las relaciones personales. Las exigencias planteadas por un aliado que sopesa públicamente una retirada inminente de erradicar en cuestión de meses unas pautas establecidas pueden estar fuera del alcance de cualquier líder. Todos mis instintos se rebelan contra esta conclusión. Pero es esencial evitar el debilitador ciclo nacional que frustró sobre todo las guerras de Vietnam e Irak, en las que el talante de los ciudadanos cambió súbitamente —a menudo sin demasiada relación con las realidades militares— pasando de un apoyo generalizado a ataques contra las aptitudes de los aliados y llamamientos a una estrategia de salida, con un énfasis en la salida y no en la estrategia. Afganistán es una nación, no un Estado en el sentido convencional. Es probable que el mandato del Gobierno afgano funcione en Kabul y sus alrededores y de manera no uniforme en el resto del país. Puede que se lleve a cabo un proyecto de «poder blando» en el ámbito nacional. En otros sentidos, es probable que el desenlace viable sea una confederación de regiones feudales semiautónomas configuradas en gran medida sobre una base étnica y que tratarán unas con otras mediante acuerdos tácitos o explícitos. La estrategia antiinsurgencia de Estados Unidos —por muy creativamente que se aplique— no puede alterar esta realidad. Todo esto deja un margen escaso a la iniciativa estadounidense. Nos necesitan para crear el espacio en el que puedan instaurarse unas autoridades no yihadistas. Pero si vamos más allá de esto y pasamos a concebir estas autoridades políticas, nos comprometemos con un proceso tan prolongado e importuno que corremos el riesgo de poner en contra nuestra incluso a los afganos no talibanes. La salida fácil es achacar el dilema a las carencias del presidente Karzai o defender un final sencillo al conflicto retirándonos de él.

Estados Unidos necesita una estrategia, no una coartada. Tenemos un interés nacional básico en impedir que el islam yihadistacobre más impulso, cosa que sin duda hará si puede jactarse de haber derrotado a EE.UU. y sus aliados después de vencer a la Unión Soviética. Una retirada precipitada debilitaría a los gobiernos de numerosos países con minorías islámicas importantes. En India se vería como una abdicación del papel estadounidense en la estabilización de Oriente Próximo y el sur de Asia, y propiciaría un rumbo radical en Pakistán. En casi todo el resto del mundo plantearía interrogantes sobre la capacidad de Estados Unidos para definir o ejecutar los objetivos que proclama. Un Irán militante que está creando su capacidad nuclear evaluará sus nuevas oportunidades cuando Estados Unidos se retire de Irak y Afganistán y sea incapaz de romper el estancamiento diplomático respecto al programa nuclear iraní. Pero, con el tiempo, una presencia importuna nos aislará dentro de Afganistán y también en el plano internacional.

La estrategia afgana debe modificarse en cuatro aspectos. La campaña militar debería ejecutarse eminentemente en el ámbito provincial en lugar de aspirar a un Gobierno central de estilo occidental. El calendario para una campaña política excede con mucho el que se brinda a las operaciones militares. Necesitamos un marco diplomático regional para la próxima fase de la estrategia afgana, sea cual sea el resultado militar. Deberían abandonarse los plazos artificiales.

Una diplomacia regional es deseable porque nuestros intereses coinciden en gran medida con los de muchos poderes regionales. Desde un punto de vista estratégico, todos ellos se ven más amenazados que Estados Unidos por un Afganistán hospitalario con el terrorismo. China en Sinkiang, Rusia en sus regiones meridionales, India con respecto a su minoría musulmana, integrada por 160 millones de personas, Pakistán en relación con su estructura política, y los Estados más pequeños de la región afrontarían una importante amenaza de un Afganistán que alentara o incluso tolerara los centros del terrorismo. La diplomacia regional se vuelve todavía más necesaria para impedir una batalla neocolonial si se demuestra que los informes sobre la preponderancia de los recursos naturales en Afganistán son acertados. ¿Es posible condensar este interés común en una diplomacia regional? Cuando Europa era el centro de los asuntos mundiales, se libraron innumerables guerras por el control del territorio que hoy es Bélgica, por aquel entonces parte de los Países Bajos. Era una ruta de acceso a la Europa central y una compuerta para el control de las rutas marítimas del Atlántico Norte. En 1830, las potencias pusieron fin a estos conflictos fundando el Estado belga y aceptando para él el concepto de neutralidad permanente, una novedad en aquella época. A consecuencia de ello, Bélgica se apartó de los conflictos de las principales potencias y, en cierto sentido, se situó bajo su protección. El acuerdo duró casi cien años.

¿Podría aspirar la diplomacia regional a un objetivo comparable para Afganistán adaptado a las circunstancias contemporáneas? Esa diplomacia podría aprender de la historia reciente que Afganistán se convierte en un problema internacional cada vez que una potencia externa intenta conseguir un dominio unilateral. Inevitablemente, esto arrastra a otras partes a establecer una influencia compensatoria, llevando los acontecimientos más allá de un cálculo racional. La diplomacia regional debería aspirar a crear un marco para aislar a Afganistán de las tormentas que rugen a su alrededor, en lugar de permitir que el país les sirva de epicentro. También trataría de convertir Afganistán en un plan de desarrollo regional, alentado tal vez por el índice de crecimiento del 15% que registró la economía afgana el año pasado.

Las operaciones militares podrían verse sostenidas y legitimizadas por una diplomacia así. Al evaluar nuestras opciones, debemos recordar que cualquier rumbo será difícil y doloroso, y que hemos de abordar cualquier estrategia que llevemos a cabo como una empresa no partidista. Por encima de todo, debemos hacer justicia a todos aquellos que se han sacrificado en la región, y en especial al pueblo afgano, que ha sufrido durante tanto tiempo.

Henry A. Kissinger, exsecretario de Estado de los Estados Unidos.

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