Afganistán: solución política (y 2)

Al anunciar una retirada sustancial  de tropas estadounidenses de Afganistán, el presidente Obama ha acabado por reconocer que los talibanes afganos no pueden ser derrotados en el plano militar y que la única forma de salir de los campos de la muerte de Afganistán consiste en una solución política con la participación de los talibanes.

Pese a sucesivas negaciones y afirmaciones de las autoridades estadounidenses en el sentido de que la suerte en el plano militar se ha vuelto en contra de los talibanes, el caso es que la evaluación de los hechos por parte de los servicios de inteligencia estadounidenses arroja un sombrío panorama de la guerra afgana que ha venido a contradecir al presidente Obama y al ya ex secretario de Defensa, Robert Gates.

El nuevo cambio en la estrategia estadounidense da cuenta de una cruda realidad: no hay solución militar a la contienda civil en Afganistán.

Aunque los mandos militares estadounidenses informan de limitados progresos en sus operaciones contra los talibanes, diciendo que se ha producido un cambio importante favorable a la coalición de la OTAN, especialmente en las provincias de Helmand y Kandahar, concluyen que no hay posibilidad de que los talibanes sean derrotados. En todo caso – añaden-,sólo debilitados y privados de la fuerza necesaria para apoderarse del país.

Las fuerzas de la coalición han infligido importantes pérdidas a los talibanes, sobre todo a nivel de sus mandos intermedios y lugartenientes de campo. Las incursiones nocturnas de las fuerzas especiales estadounidenses han causado notables bajas entre los mandos talibanes.

Desde el punto de vista táctico, Estados Unidos ha ganado la guerra. Desde el punto de vista estratégico, los talibanes siguen siendo una fuerza temible, pues son una especie de ejército campesino que libra una guerra de tipo asimétrico que sigue contando con un respaldo considerable en el seno del país.

Informes diplomáticos sobre la estrategia estadounidense en Afganistán filtrados durante los últimos años trazan un panorama aún más sombrío de un país desgarrado por la guerra. De forma reiterada, el anterior embajador de Estados Unidos en Afganistán, Karl W. Eikenberry (sustituido recientemente por Obama), lamentó la dificultad de alcanzar un nivel de éxito continuado contra la insurgencia y la corrupción dominante al más alto nivel del régimen afgano, describiendo al presidente Hamid Karzai como figura errática, paranoide y escasamente fiable.

Aunque el presidente Obama y sus mandos militares afirman que han quebrantado el ímpetu talibán, los documentos clasificados muestran a las claras la sensación de inutilidad y renuncia de las autoridades estadounidenses. En una valoración de la situación en que daba cuenta de la preocupación por los resultados de la ofensiva de la coalición en la provincia sureña de Kandahar, el embajador Eikenberry concluía: “Prescindiendo del grado de eficacia de nuestra acción militar, los insurgentes ocuparán prontamente cualquier vacío de gobierno; además, sin atribuciones políticas, un éxito de la contrainsurgencia, por ejemplo, no pasará de ser un esfuerzo como los anteriores sin mayores consecuencias”.

Irónicamente, pruebas fehacientes indican que la política interna estadounidense, así como los condicionantes ideológicos e institucionales, jugaron un papel clave en la decisión del presidente Obama de ordenar un envío adicional de tropas en el 2009. Cabe citar al respecto el afán de Obama por mantener su promesa de la campaña presidencial, la deferencia hacia los puntos de vista de los militares en el sentido de que la reducción de efectivos equivalía a una pérdida de prestigio estadounidense y el caso omiso prestado a los consejos de asesores y expertos.

Actualmente, Obama intenta dar fin al costoso compromiso de Estados Unidos en Afganistán – que ya es el más dilatado de la historia de Estados Unidos-,un compromiso que ha eclipsado el de la aventura de la Unión Soviética en el área. La sociedad estadounidense ha reaccionado contra la guerra optando en este caso por ir en contra de la base progresista de Obama. Los costes anuales de la guerra de Afganistán superan los cien millardos de dólares, una enorme suma tratándose de un país que hace frente una grave crisis económica. En Estados Unidos, todas las políticas presentan una vertiente local. La decisión de Obama de empezar a reducir tropas pretende enviar un claro mensaje a sus bases y a la sociedad estadounidense en general en el sentido de que escucha su voz. Una guerra impopular representa un caso de responsabilidad en el caso de un presidente como Obama, que piensa en un segundo mandato.

El plan de Obama y de sus generales consiste en confiar en incursiones de fuerzas especiales para seguir desequilibrando a las fuerzas talibanes, matar y capturar a sus mandos y debilitar su capacidad de ataque. Las operaciones de fuerzas especiales se han desplegado ampliamente y han aumentado enormemente (alrededor de trescientas al mes). Los ataques de aeronaves no tripuladas se despliegan asimismo ampliamente, en mayor medida en Pakistán que en Afganistán. Aunque técnicamente eficaces, tales tácticas no dejan de ser polémicas tanto política como moralmente. Las incursiones y los ataques provocan numerosas víctimas civiles, quebrantan la inviolabilidad de viviendas y dormitorios y provocan la antipatía de la misma sociedad que Estados Unidos trata de ganarse; son un arma de doble filo que, a largo plazo, más que ayudar perjudica.

Otro ingrediente de la política estadounidense consiste en confiar en los señores de la guerra y jefes tribales para impedir el regreso y el resurgimiento de los talibanes. Tal método socava la autoridad central de las instituciones del Estado y la cohesión del propio país afgano. Evidentemente, Estados Unidos parece haber renunciado al fomento y promoción de la democracia en este país desgarrado por la guerra, un testimonio de los límites de la potencia estadounidense y de la intervención extranjera.

La reconciliación y estabilidad en Afganistán exigen la conclusión de un acuerdo político extensivo a toda la región, que atienda adecuadamente los legítimos motivos de agravio de las comunidades tribales y su sentimiento nacionalista islámico, como también las preocupaciones geoestratégicas de Pakistán, Irán e India. Los observadores coinciden también en afirmar que la reforma del sistema político y legal, junto con la integración de la región tribal en un contexto más amplio y el levantamiento de la población de su situación de extrema pobreza, es esencial para alcanzar una paz duradera. A menos que la coalición occidental invierta en las áreas tribales y proteja a la población civil – y hasta que lo haga-, los talibanes seguirán aprovechando los aspectos vulnerables de los pastunes e imponiendo su propio sistema extremista.

Un acuerdo negociado con las tribus pastunes (susceptible de llevar a los talibanes al seno del gobierno) abocaría muy probablemente a la expulsión de militantes extranjeros del área e incluso de elementos talibanes extremistas. El caso de Iraq es intructivo al respecto. El desafío estriba en dar una genuina opción a las tribus pastunes en el marco político y económico y en ganar sus espíritus y corazones.

Es de esperar que el término de la guerra estadounidense en Afganistán permita a los distintos grupos y comunidades en conflicto dar comienzo a la difícil tarea de poner su casa en orden. Una tarea, ciertamente, plena de riesgos y, también, de oportunidades.

Fawaz A. Gerges, director del Centro de Estudios sobre Oriente Medio de la London School of Economics. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa.

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