Afganistán, ¡una guerra perdida!

Me hubiera gustado mucho llamar al presidente Barack Obama hace unos minutos para decirle una cosa muy sencilla, una cosa evidente: ¡Olvídese de Afganistán! Nunca ganaréis esta guerra, y no porque vuestro ejército no sea bueno, sino porque el enemigo es más poderoso; no porque no tengáis aliados sino simplemente porque ese país está hecho de tal modo que ningún ejército es capaz de vencer a los rebeldes sobre el terreno. Los soviéticos, que habían enviado cientos de miles de soldados, tuvieron que rendirse a la evidencia y se retiraron pasando el problema a Occidente.

En este país de magníficos paisajes pero de accesos complejos y difíciles, la barbarie ha encontrado su refugio, su fuente, su cueva y se burla del mundo con una brutalidad sin igual. Llamemos a esta barbarie talibanes o traficantes de opio o aventureros sin fe y sin ley.

Gentes con un carácter que ningún americano puede traspasar ni puede comprender atraviesan el país y lo devastan.

El 26 de febrero del 2001, el día en que los talibanes hicieron estallar las estatuas de Buda, vestigio de una gran civilización, estatuas de tierra y de piedra erigidas en el desierto para la espiritualidad y que databan de entre los siglos IVy V después de Cristo, ese día, el mundo civilizado fue vencido. Ni los musulmanes de Arabia, de Áfricao del Magreb protestaron ni denunciaron este acto de barbarie que sería seguido por otros atentados, esta vez contra seres humanos. Desde que los talibanes fueron apartados del poder, tres cuartas partes de los muertos civiles son afganos.

El pobre presidente Hamid Karzai, elegido en unas condiciones ya por todos sabidas, intenta encontrar una solución que no sea militar al problema que arruina su país. El pasado 28 de enero propuso en la conferencia sobre Afganistán celebrada en Londres una nueva estrategia llamada de “reconciliación” con los talibanes “moderados”.

Confía en que estos entregarán las armas. Y precisa: “Aquellos, entre los talibanes, que no son miembros de Al Qaeda o de alguna otra red terrorista serán bienvenidos si quieren volver a su país, entregar las armas y reiniciar una vida normal”. Lo que se olvida de decir es que en el vocabulario talibán la palabra moderación no existe.

Si nuestra llamada telefónica a Obama no es suficiente o no puede realizarse, que por lo menos escuche a su general Mc-Chrystal, comandante de las fuerzas internacionales en Afganistán, que acaba de declarar al Financial Times:”En tanto que soldado, creo que ya ha habido suficientes combates y creo que es inevitable, como en todos los conflictos, una solución política”. ¿Cómo llegar a ella? ¿Cómo convencer a los insurgentes de que se sienten a una mesa a negociar? Ciertamente no serán unos extranjeros, americanos o europeos, quienes sabrán hablarles. Sólo los afganos, sinceros y serios, podrían convencerles de aceptar una paz negociada. Añadiendo a estos hombres de buena voluntad diplomáticos pakistaníes, pues Pakistán desempeña un papel importante en esta guerra. Ayuda y acoge a los rebeldes por razones étnicas o por oscuras razones políticas, ideológicas, vinculadas probablemente al tráfico de opio y a la obsesión por el vecino indio. Cualquier solución debería pasar por Pakistán, que juega una partida confusa y peligrosa.

Que el presidente Obama y los otros países presentes sobre el terreno decidan retirar sus soldados. Que negocien con Pakistán, que paguen, si es necesario, a los jefes rebeldes que están cansados de esta guerra, que escojan una nueva estrategia para evitar que la guerra de Afganistán se eternice y se convierta para Obama en la mancha negra de su mandato. Como ha dicho el embajador estadounidense en Kabul (The New York Times,26 de enero del 2010): “Enviar más tropas no hará más que retrasar el día del traspaso del poder a los afganos y hacer difícil, si no imposible, el regreso de nuestros hombres en un plazo razonable”.

De hecho el problema puede resumirse en un conflicto entre dos visiones del mundo. Y la experiencia iraquí ha demostrado que no se puede exportar la democracia como se exporta una bebida gaseosa. Solamente los afganos pueden decidir su suerte e instaurar el sistema democrático o imaginar un sistema que corresponda a su historia. Los valores de la democracia son universales, pero existe también una cultura, una pedagogía, un trabajo diario.

Es urgente renunciar a la fuerza para hallar una solución a esta guerra. Sólo la política, la negociación, la astucia de la razón son capaces de salvar a este país y a los hombres venidos de América y de Europa para pacificarlo.

Si Obama se da cuenta, y tiene éxito, tendrá todo el tiempo y la energía que son necesarias para resolver otro conflicto, mucho más grave y más complejo: el de Israel y Palestina. Oriente Medio necesita la paz más que nunca, necesita la buena voluntad americana para salir del infierno cotidiano que viven, por ejemplo, las poblaciones de Gaza que, además, acaban de descubrir otro adversario: el régimen egipcio que, bajo la presión israelí, intenta ahogarlos construyendo un muro en los túneles que se ven obligados a cruzar para sobrevivir.

Una vez más, no será por la fuerza como este conflicto encontrará una solución, sino por la diplomacia, la razón y la inteligencia del corazón.

Tahar ben Jelloun