Afganistán y el futuro de la OTAN

Por Joschka Fischer, ex ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, vicecanciller entre 1998 y 2005, y dirigió Los Verdes durante casi 20 años. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo. © Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2007 (EL PAÍS, 07/01/08):

Las cosas no van bien en Afganistán. Entre 2001 y 2002, en algún momento la Administración de Bush llegó a la conclusión de que estabilizar y reconstruir el país ya no era su principal prioridad y, por el contrario, decidió apostar por cambiar el régimen de Irak utilizando medios militares. En consecuencia, se puede decir sin temor a equivocarse que Afganistán ha sido la primera víctima de la desencaminada estrategia estadounidense.

Sin embargo, la Administración de Bush no es el único culpable del deterioro de la situación afgana. Era la OTAN la que tenía que garantizar la estabilidad y la seguridad de Afganistán, y su débil Secretaría General, junto a los aliados europeos, especialmente Alemania y Francia, comparten la responsabilidad de que la situación haya empeorado.

No obstante, pese a todas las dificultades, las condiciones en Afganistán, a diferencia de las de Irak, no son desesperadas. En el primer país había buenas razones para lanzarse a una guerra, porque los atentados del 11 de septiembre de 2001 se originaron allí. El inicio de la intervención occidental, que aún sigue contando con la aprobación mayoritaria de su población, puso fin a una guerra civil prácticamente continua. Para terminar, al contrario que en Irak, la intervención no quebró de forma determinante la estructura interna del Estado afgano ni puso en peligro su cohesión.

Si Occidente lucha por alcanzar objetivos realistas y lo hace con perseverancia, aún podrá materializar su principal propósito: instaurar un régimen central estable que pueda hacer retroceder a los talibanes, mantener unido el país y, con la ayuda de la comunidad internacional, garantizar su desarrollo.

Para que Occidente triunfe, deben cumplirse cuatro requisitos.

- Que existan unas fuerzas de seguridad afganas con fuerza suficiente para hacer retroceder a los talibanes, limitar el cultivo de drogas y crear estabilidad interna;

- Que la OTAN esté dispuesta a mantener su compromiso militar, sin reservas nacionales, y sobre todo que Alemania y Francia renuncien a participar estableciendo condiciones especiales.

- Que se incremente de forma apreciable la ayuda al desarrollo, especialmente la destinada a la zona sur del país, hasta ahora desatendida.

- Que se renueve el consenso regional alcanzado en Bonn en 2001, que, auspiciado por todas las partes implicadas, debía amparar la reconstrucción del Estado afgano.

La guerra en Afganistán nunca fue únicamente una contienda civil interna, puesto que durante décadas el país ha sido escenario de conflictos regionales y pugnas por la hegemonía. De manera que, aunque el renacimiento talibán nace en parte del lamentable abandono que ha sufrido la reconstrucción en las zonas pastunes del sur y el este del país, también tiene causas externas. La más destacable es que, desde hace ya más de dos años, Pakistán comenzó a apartarse del consenso de Bonn, apostando por la revitalización de los talibanes, a los que ha concedido un enorme apoyo. De hecho, sin los santuarios que tienen al otro lado de la frontera, en Pakistán, sin la asistencia financiera paquistaní y sin la colaboración de su servicio de espionaje (el ISI), el renacimiento de la insurgencia armada talibán contra el Gobierno central afgano habría sido imposible.

Lo que explica principalmente la actitud de Pakistán es que el país, a la vista, tanto de la debilidad de EE UU en Irak y en el conjunto de la región, como del reciente fortalecimiento de las relaciones indo-afganas, que han incrementado la presencia de la India en Asia Central, se ha recolocado estratégicamente. En este sentido, para Islamabad, el régimen kabulí de Karzai no es amistoso y constituye una amenaza para sus intereses estratégicos.

Sin embargo, al ayudar a los talibanes Pakistán está jugando con fuego, porque también hay talibanes paquistaníes que suponen una amenaza para su propio Estado. La política estadounidense hacia Pakistán también es peligrosamente corta de miras y recuerda los errores cometidos por EE UU en Irán antes de la revolución islámica de 1979. Con todo, Estados Unidos por lo menos tiene una política al respecto, que es más de lo que se puede decir de la OTAN y de Europa. De hecho, resulta absolutamente incomprensible que cuando el futuro de la Alianza Atlántica se está decidiendo en la cordillera del Hindu Kush, y mientras los miles de soldados europeos destacados en la zona ponen en peligro su vida, Pakistán, que es la clave del éxito o el fracaso de la misión en Afganistán, no ocupe lugar alguno en los planes y cálculos de la OTAN.

En parte, los problemas de la Alianza tienen que ver con que varios de sus Estados miembros insisten en su derecho a tomar sus propias decisiones militares y políticas, y con que estas "reservas nacionales" limitan gravemente la capacidad de acción del organismo. Para que la OTAN triunfe, hay que cambiar esta realidad sin más dilación.

En consecuencia, hace tiempo que tendría que haberse celebrado una cumbre de la OTAN en la cual todos sus miembros, haciendo balance de la situación, sacaran las conclusiones oportunas. Si queremos impedir que Afganistán caiga en el mismo abismo que Irak, hay que acabar con las reservas nacionales y adoptar una estrategia de éxito conjunta, que incremente de forma masiva la ayuda civil y militar para el país.

Además, con la participación de todos los actores, es preciso reconstruir un consenso regional en el que Estados Unidos y Europa, incorporando a Pakistán, Irán y la India, reconozcan la corresponsabilidad de estos en la consecución de la paz, la estabilidad y el desarrollo de Afganistán. Para lograrlo, también será necesario convocar una conferencia que retome el Acuerdo de Bonn.

Mientras que la guerra de Irak se basó en concepciones infundadas, la de Afganistán era algo necesario e inevitable, porque fue allí donde se originaron los atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001. Aparte de una tragedia, sería una temeridad política sin parangón que Occidente, por falta de compromiso y de previsión, dilapidara sus éxitos en Afganistán. Europa tendría que pagar un precio inaceptablemente elevado y el futuro de la OTAN estaría en peligro.