Afganistán y la crisis pakistaní

Por Mariano Aguirre, coordinador del área de paz y seguridad en Fride, Madrid (LA VANGUARDIA, 15/01/08):

La OTAN y Estados Unidos reclaman un aumento de fuerzas para la guerra en Afganistán, pero es necesario evaluar si las únicas opciones son enviar más soldados o retirarse. Ante este requerimiento, diversos expertos consideran que se precisa revisar la estrategia militar, utilizar mejor las políticas de desarrollo, ayudar a que el Gobierno afgano pueda gestionar bien los fondos que recibe, estar abiertos a negociar con los insurgentes y situar la guerra de Afganistán en el contexto regional, particularmente en relación con Pakistán. El asesinato de Benazir Bhutto subraya esta necesidad.

El debate sobre aportar más fuerzas o retirarse es intenso en Canadá, Holanda y Alemania. Estados Unidos y la OTAN piden a España, Alemania y otros países que también flexibilicen las reglas para entrar con más facilidad en combate. España tiene alrededor de 700 militares destacados en la menos peligrosa zona norte.

Según las Naciones Unidas, una quinta parte del territorio es altamente insegura para operar. La OTAN y EE. UU. no controlan gran parte del país. Menos aún el Gobierno afgano, cuyo alcance real no va más allá de Kabul. Los talibanes y diversos grupos armados no tienen el control total de los territorios inseguros, pero impiden que las fuerzas internacionales afirmen su posición.

Los insurgentes usan ataques suicidas y bombas en los caminos. La OTAN y Estados Unidos utilizan frecuentemente ataques aéreos, antes de entrar en combate por tierra, que provocan bajas civiles y despiertan un resentimiento que alimenta a una insurgencia múltiple en la que se mezclan el islam radical, el narcotráfico, la identidad tribal y el patrimonialismo local. El comentarista británico Simon Jenkins sintetiza en The Guardian que los aliados no tienen "una misión realista ni objetivos que puedan alcanzarse, como tampoco una estrategia de largo plazo, sino solamente la inútil persecución del fracaso".

Estados Unidos y sus aliados esperan que el ejército y la corrupta policía afgana cumplan más misiones, pero faltan efectivos profesionales y un aparato judicial. El Gobierno de Karzai y sus representantes son acusados de corrupción y de no proteger a las cada vez más amenazadas mujeres con cargos públicos.

Afganistán exporta el 93% del opio que circula en el mundo. El cultivo de amapolas da trabajo y asegura el poder de los señores de la guerra. Pese al programa de erradicación y sustitución, el cultivo se incrementó en un 59% en el 2006, o sea, un tercio del producto nacional bruto del país. Los grupos armados invierten los beneficios en armas y proporcionar empleo, algo que el Estado no hace. Estados Unidos quiere fumigar los campos de amapolas, como hizo en Colombia, pero esto aumentará la impopularidad de las fuerzas internacionales.

La discusión sobre Afganistán está centrada en tres aspectos. El objetivo de la misión, los medios que se precisan (especialmente humanos) y la negociación con los insurgentes. Cuando EE. UU. invadió Afganistán en el 2001, derrocó a los talibanes, grupo musulmán de origen pastún (mayoría étnica en Afganistán y parte de Pakistán). Pero Washington y sus aliados pusieron más esfuerzo en la guerra contra Al Qaeda, armando a grupos vinculados al narcotráfico como la Alianza del Norte, que en proyectos de desarrollo, controlar la frontera con Pakistán y promover políticas inclusivas en una sociedad con profundas divisiones étnicas y tribales.

Tampoco se prestó suficiente atención a incluir a la población fuera de Kabul, promover planes contra la pobreza, proporcionar trabajo al sector rural y proteger los derechos de las mujeres. Los donantes internacionales mantuvieron el control sobre el presupuesto de seguridad, las misiones de las tropas extranjeras y el sistema impositivo, debilitando al Gobierno y al Parlamento, como indica Astri Suhrke, experta del Michelsen Institute (Bergen).

Los talibanes huyeron a Pakistán, donde se hicieron fuertes con el apoyo del servicio de inteligencia de las fuerzas armadas de ese país. Los militares pakistaníes sostienen abiertamente a los talibanes por afinidad ideológica y para contrarrestar la influencia de India en Afganistán. EE. UU. no ha ejercido ninguna presión - como cortar la ayuda militar- sobre Islamabad para que cese este apoyo. Tras la muerte de Bhutto, crecerá la desestabilización de la región fronteriza afgano-pakistaní. Barnett Rubin, del Center on International Cooperation, indica que "el centro principal del terrorismo de alcance global está en Pakistán".

En la OTAN se especula con que se precisaría un mando unificado ISAF-EE. UU. y un despliegue masivo de efectivos. Pero antes que discutir sobre la cantidad, se tendría que analizar un uso diferente de la ayuda al desarrollo, fortalecer al gobierno y negociar. El general británico Richard Dannatt afirmó en septiembre que la mayoría de la gente que combate con los talibanes "lo hace por razones financieras, sociales y tribales" y que no se les puede meter a todos en el mismo saco: "Porque un día necesitaremos tratar con ellos y eventualmente reconciliar al gobierno elegido (de Karzai) con la mayoría de ellos". En esta línea, Europa necesita revisar una estrategia local y regional miope. A partir del asesinato de Benazir Bhutto y la mayor debilidad del presidente Musharraf, no habrá solución para Afganistán sin relacionarlo con el futuro de Pakistán.