Afines

Por Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense (EL CORREO DIGITAL, 10/06/08):

Nadie duda de que el próximo 27 de junio, gracias a los servidores políticos de ETA, Juan José Ibarretxe verá aprobada su hoja de ruta secesionista en el Parlamento vasco. De entrada resulta lógico que ETA otorgue sus votos a quien pone por encima de todo su aspiración a la independencia, mediante una consulta y un referéndum de autodeterminación anticonstitucionales. Lo que ya es más extraño, y sobre todo más lamentable, es que el presidente vasco, así como los partidos supuestamente democráticos que le apoyan, cierren los ojos ante el hecho de que su proyecto político va a salir adelante goteando sangre. Porque el comando vizcaíno de ETA sigue cometiendo un atentado tras otro, buscando la muerte de los demócratas, de un lado con su ya tradicional inquina contra la Guardia Civil, en otro sentido advirtiendo a costa de EL CORREO de que una expresión libre en contra del terror lleva aparejada la pena de muerte. Si recordamos al mismo tiempo los incidentes de Pasaia, tendremos que convenir una vez más en que el entorno de ETA actúa de una forma cuya calificación no ofrece dudas: es un terrorismo nazi en toda regla.

La experiencia histórica del siglo XX al respecto no ofrece espacio para la duda, y tampoco para el eufemismo. Aquél que se vincula para la obtención de sus propios fines a una pandilla de gangsters, a un grupo terrorista o a cualquier tipo de organización de la delincuencia organizada se convierte inevitablemente en un socio o en un cómplice, o en ambas cosas a la vez, de quienes en su acción social o política se atienen a procedimientos criminales. Acudamos a un ejemplo bien próximo. Hace dos décadas, muchos demócratas estábamos de acuerdo en utilizar todos los recursos del Estado de Derecho para acabar con la organización terrorista ETA, pero no con el empleo del terrorismo de Estado de los GAL a efectos de alcanzar ese fin. Y lo denunciamos sin la menor reserva.

Hoy es posible que muchos demócratas vascos tengan la mirada puesta en la autodeterminación y en la independencia, y que sueñen con alcanzar esos objetivos por medios legales. Lo que no resulta admisible es que aquellos partidos que les representan, y en primer plano la Lehendakaritza y el Gobierno vasco, admitan, recurriendo a un nauseabundo cinismo, que el avance en esa dirección tenga lugar apoyándose políticamente en la cara legal de los practicantes del terror. Bajo el imperio de un terror que golpea un día y otro a una democracia realmente existente, no cabe compartir actuación política alguna con quienes lo representan. El ejemplo de Francia, en relación a Le Pen, que no mataba, es bien explícito. La derecha francesa puede ser muy dura, pero es democrática y no aceptó, incluso para cuestiones muy rentables, las alianzas con el Frente Nacional, y el resultado es que éste se encuentra hoy en vías de extinción. Como sucedería hoy en Euskadi con ETA si Ibarrtetxe, EA y el chico de los recados que tan bien retrataba ‘¡Vaya semanita!’ cerrasen la puerta a toda colaboración abierta o implícita. Claro que según ya hemos mostrado con anterioridad, en las circunstancias actuales Ibarretexe necesita la supervivencia de ETA para su proyecto, más allá de unos votos, y ETA sólo tiene sentido apoyándose en quien busca en términos políticos lo mismo que ella. En una reciente antología de humor soviético, una de las historietas mostraba a Hitler en el infierno ahogándose en un gran recipiente semilleno con materias repugnantes, en tanto que Stalin sobresalía de la superficie en el suyo sin dificultad. La explicación era que Stalin estaba montado sobre los hombros de Lenin. Aquí ocurre algo parecido. Si ETA no se hunde políticamente es porque unos hombros institucionales le proporcionan una razón de existir, y bien noble en apariencia: contribuir a la independencia de Euskal Herria, cuyo proceso Ibarretxe ha puesto en marcha.

ETA va a lo suyo, la práctica del terror a efectos de eliminar o amedrentar a quienes considera obstáculos para alcanzar sus metas. Lo que no vale es insistir en la cantinela de que ETA no va a condicionar la libre expresión de los vascos, argucia utilizada siempre por Ibarretxe y los suyos para justificar su falso procedimiento democrático bajo la espada de Damocles del terror. ¿Cómo va a existir democracia bajo el ejercicio permanente de la violencia y de la intimidación? Es lo que Tzvetan Todorov calificaría de palmaria y bien significativa infracción al orden. Silenciar lo que representa en Euskadi la presión de ETA equivale a avalar su existencia y a contar con la misma para los fines propios, por muchas ‘mociones éticas’ y ‘compromisos éticos’ con que se intente encubrir el siniestro despropósito. Porque además ETA está ahí, en la primera pregunta de la consulta. Si ETA no importa para lanzar el ilegal proceso, tampoco debería hacerlo a la hora de determinar su contenido. Vamos a la autodeterminación, que lo demás sobra. Pero no. ETA sale por un lado y entra por otro, según convenga al tripartito. Un reciente debate en Euskal Telebista, con Egibar, Larreina y un EB entre los participantes, fue buen ejemplo de ello. En el problema vasco, salvo el rechazo de la muerte, pero también de otras cosas, para el tercero, ETA no cuenta. Sus posibles votos son en cambio bienvenidos.

El truco empleado para salvar este obstáculo es de una torpeza evidente, pero no debe de existir otro, ya que vuelven sobre él todos, desde Ibarretxe al último jeltzale. Con esos mismos votos que ahora servirán para mostrar la sagrada voluntad de los vascos libres -y es verdad que son los únicos libres- en el Parlamento, el tripartito ha perdido más de una votación. Es como si la oposición del PP y del propio PNV en unas votaciones en el Congreso frente al Gobierno implicara la existencia de una coalición implícita entre ambos. Una cosa es que en un voto frente al tripartito puedan coincidir PP, PSOE y los que yo llamo comunistas extraterrestres, y otra que sea admisible la convergencia estratégica de unos partidos democráticos con quienes siguen fielmente las decisiones políticas de la organización. No son unos votos como otros cualesquiera, señor Ibarretxe, y usted conoce mejor que nadie el contenido de la contaminación que les afecta.

Dentro del tripartito, los partidarios de ir a por todas no esconden lo que hay detrás de tal aceptación. Importa la coincidencia en los fines, los medios empleados por ETA con el aval de sus leales son algo secundario. Es la idea del frente nacional. ¿Qué importa lo que les puede suceder a quienes generaron el conflicto y lo mantienen al no reconocer que Euskadi (perdón, Euskal Herria) es en exclusiva la comunidad nacionalista? Con la boca pequeña, lo explica Egibar al proponer «un mínimo entendimiento» entre todos los abertzales. De forma más clara lo plantea Unai Ziarreta. Sólo hay un factor a tomar en consideración: son grupos ‘afines’, ya que buscan la autodeterminación y la independencia de Euskal Herria. Implícitamente ello supone considerar que por encima de todas las muertes del pasado, del presente y del porvenir, ETA y sus seguidores son patriotas vascos, con los que es preciso trabajar en el plano político. ‘Afines’, comparten el rasgo esencial de la identidad política. Nada importa que, como en estas páginas explicó Joseba Arregi, de este modo resultara eclipsada en Euskadi la libertad.