Afrancesarse es saludable

Siempre que puedo me acerco a Cotlliure. Está a unos treinta kilómetros de la frontera pero si contáramos en tiempo histórico tengo la impresión de que hay siglos. Con los años me he ido familiarizando con Cotlliure donde no conozco a nadie pero me siento bien; confío que no sea por eso. Un pueblo pequeño donde casi todo está en su sitio; las tiendas venden lo que exponen, los bares te sirven lo que pides y hasta hay restaurantes donde se puede comer dignamente. En otro tiempo se hubiera dicho que está pensado como un oasis para pequeño burgueses, lo que no deja de ser hoy día lo más revolucionario a que alcanzan nuestras posibilidades.

Es pasar la frontera y por más que no haya ni rastro de guardias civiles o mossos d’esquadra, sé que estoy en otro país y que entro en otra historia. El paisaje de viñedos resulta acogedor y las casas que lo salpican no insultan a la vista; parecen amables residencias provincianas, sin estridencias ni provocaciones. (Me permito una acotación sin ánimo de ofender. Una obviedad. Si alguien quisiera demostrar la españolidad catalana y vasca y asturiana y gallega, ¿para qué seguir hacia el sur?, bastaría con referirse a la destrucción del paisaje y la construcción abusiva. Nos une a todos como una unidad de destino en lo universal, que diría el otro).

En Cotlliure suelo hacer una visita a la tumba de Antonio Machado. Como además está en el centro, no exige ningún esfuerzo; es como comprar los periódicos, un gesto de ciudadanía. Porque comprar los diarios en papel es una manifestación de cultura y buena crianza, cada vez más. Machado reposa allí. Cada vez que escucho que don Antonio reposa, me produce urticaria. Nada más lejano de la verdad. Lo metieron allí y muy dignamente. Agonía jodida la suya, como un condensado de nuestra historia.

Mi visita machadiana no tiene nada de peregrinación, sencillamente me basta con cerciorarme de que sigue en su sitio, que mantiene la sobriedad ajada que otorga el tiempo y que no le han echado encima ex votos militantes, fuera de alguna modesta enseña tricolor y un par de cuadritos de voluntariosos colegios españoles que acaban de visitarle. El pasado 22 de febrero hizo 73 años de su muerte, si he contado bien. Con la experiencia que tenemos y si algo hemos aprendido, digo yo, deberíamos ser muy respetuosos con los símbolos más dignos de nuestra historia, y tocarlos lo menos posible. Además son tan pocos que el exceso de celo puede hacerlos peligrar. Los traslados mortuorios tienen mucho que ver con la mala conciencia, la manipulación y la desfachatez del presente.

Ocurre con la Constitución de 1812. La expresión de “la Pepa” tuvo siempre una connotación reaccionaria, hasta tal punto que decir “viva la Pepa” aún hoy es un sinónimo despectivo, y así se trasladó a las zarzuelas y sainetes conservadores hasta anteayer. Un “viva-la-pepa” es traducible porque cada uno haga lo que le venga en gana; una metáfora de la irresponsabilidad. Pues ya ven, henos ahora todos inmersos en la fraudulenta recuperación de una tal “Pepa”, para vergüenza de la memoria histórica. Los doceañistas fueron unos caballeros que pasearon su dignidad y sus frustraciones por exilios y castigos. Ser un doceañista no era un título que se concediera por haber estado presente en Cádiz, ni por luchar contra Napoleón, si no por haberse comprometido con su articulado.

Y si lo de “la Pepa” y el chiste me parece humillante, no lo es menos esa consideración casi unánime de que la culpa de su escaso éxito no la tuvo un rey felón, ni una Iglesia inquisitorial y corrupta, ni unas clases dominantes tan poco afrancesadas que querían volver al absolutismo y la gleba. Los culpables del fracaso de ese magnífico intento de 1812 lo tuvieron quienes lo emprendieron; les faltó tacto político, aseguran los talentos instrumentales de hoy. Con lo que volvemos a la historia de siempre; la culpa de los fracasos la tienen quienes intentan las mejoras, no quienes las impiden. Ya lo sostenía Ricardo de la Cierva al referirse a la Guerra Civil. Los sublevados hacían lo que debían, aseguraba con desvergüenza, provocados por los que ganaron las elecciones. ¡Qué rancio suena esto otra vez! Como si volviéramos a la adolescencia cuando ya no peinamos ni canas.

Quizá les ocurra a todas las sociedades, pero nos tiene a maltraer nuestro pasado. Nadie se libra, todos quisieran tener otra historia; hasta tal punto que algunos se la inventan. En Francia hay un debate que para sí quisiéramos nosotros sobre la guerra de Argelia. Gracias a la cadena Arte, que a uno le reconcilia con la televisión y que por esos pagos es gratis, he vuelto a ver La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo. Incluso con el privilegio de una breve presentación de Costa Gavras no exenta de sentido, en la que comparaba aquello con lo que hoy sucede en Afganistán. Los franceses tuvieron que esperar a 1971 para poder verla, nosotros hasta la muerte de Franco. Sigue siendo un filme cautivador en la brutalidad de sus imágenes, en la perfección del guión de Franco Solinas, y en un montaje de una eficacia demoledora. Consiguió el León de Oro de Venecia en el 66 y no era para menos.

Pero confieso que verlo de nuevo me ha hecho reflexionar sobre cuestiones que en anteriores ocasiones no había percibido con tanta inquietud. El terrorismo, por supuesto, pero también ese terrible principio de que todo está permitido cuando se lucha por una causa justa. ¿De verdad? La película narra los últimos episodios que llevan a los acuerdos de Évian y la independencia de Argelia. Pero eso fue en 1962 y el filme es de 1965, el año en que Bumedian y el ejército dan un golpe de Estado que descabalga del poder a su representante civil más laico, Ben Bella. Nada de eso es detectable en la película, pero está en la intrahistoria. El comienzo del islamismo en un país donde ser musulmán era una cuestión de costumbres, no de militancia. El lugar donde se instaló Frantz Fanon para escribir textos de una radicalidad laica hoy impensable. ¿Pero alguien se acuerda ya de Ben Bella y de Frantz Fanon? Los nuevos cronistas o no tienen ni idea o han perdido la idea.

No pretende ser un reproche sino una constatación; nada cambia tanto como el pasado. Eso lo descubrimos tarde. Quizá por lo mismo sea saludable afrancesarse con cierta regularidad y considerar que el patriotismo no sólo puede ser el último refugio de los canallas, que dijo ya alguien, sino el primero de los idiotas y el segundo de los trepadores. Luego vienen los que se consideran la sal de la tierra profanada. Malos tiempos para la lírica y enaltecedores de la épica, porque habrá mucha y muy variada, pero será como aquellos versos del Cádiz de 1812, que sirvieron luego de colofón para los finales de fiesta de los borrachos.

Cada vez que visito Cotlliure soy consciente de algo que cabe ocultar como si fuera una intimidad inconfesable. Yo no me siento nada español y ese sentimiento es lo que me hace tomar una cierta distancia cuando alguien dice sentirse muy catalán o vasco. O asturiano, que ya tiene mérito. Esos sentimientos de “tropa en mili” deberíamos irlos poniendo en sordina, sobre todo a determinadas edades, porque asumirlos ahora tienen algo de estafa con respecto a la historia de cada cual. Eso sí que no podemos cambiarlo por más que algunos lo pretendan. Cuando algún anciano se atiborra del elixir del patriotismo, no vuelve a la juventud, ¡qué más quisiera!, lo que intenta es que no le retiren del escenario. Ahora que se celebra el cincuentenario de los acuerdos de Évian y el papel de De Gaulle en el final de la guerra en Argelia, hay que valorar también la dimisión del general tras perder el referéndum de 1969. No se retiró a tiempo, como dijeron algunos. Abandonó porque la historia le había pasado por encima.

Viene bien afrancesarse de vez en cuando. Deberían montar autobuses como antes, que se iba a Perpiñán para ver cine prohibido. Eso civilizó a muchos que ahora parecen olvidarlo.

Por Gregorio Morán.

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