África en el espejo europeo

Por Blanca Sánchez Alonso, profesora de la Universidad San Pablo-Ceu (EL PAÍS, 14/06/06):

Es fácil explicar las razones que mueven a miles de africanos a emprender una peligrosa travesía para entrar en Europa. La recompensa al riesgo, penalidades e incertidumbres es inmensa. Los diferenciales de ingresos entre África y Europa a día de hoy son más del doble de los que existían entre los países europeos y sus destinos americanos a comienzos del siglo XX. Hay que recordar que ese periodo histórico recibe el nombre de la “era de las migraciones de masas” y que la mayoría de los países africanos todavía no han alcanzado tasas de emigración exterior similares a las que tuvieron Irlanda o Italia en los años de emigración europea masiva. Lo difícil es realizar alguna previsión de cuál puede ser la evolución de las migraciones africanas en el futuro. Con todas las incertidumbres posibles y sin ninguna pretensión de oráculo, la historia europea nos ofrece algunas pistas en este sentido.

A España le ha llevado más o menos un siglo dejar de ser un país de emigrantes. En este lapso no sólo nuestro crecimiento económico ha contribuido al cambio de status, sino a un crecimiento demográfico cada vez más lento. Economía y demografía pueden, sin embargo, convertir el hilillo actual de la corriente migratoria africana en una verdadera inundación.

Pocas son las esperanzas de que los países del África subsahariana emprendan mayoritariamente una senda de crecimiento económico sostenido en los próximos años. Pero incluso si variasen las sombrías previsiones de crecimiento que los economistas nos presentan, el efecto que esto tendría sobre la corriente migratoria sería, a corto y medio plazo, el contrario de lo que la mayoría de la gente cree: habría más jóvenes africanos con medios suficientes para financiar la emigración. Nadie duda de que, en términos de renta per cápita, los españoles y los italianos de los años 1950 y 1960 eran más ricos que sus antepasados de comienzos de siglo; sin embargo, las dos generaciones emigraron masivamente.

Aunque pueda resultar paradójico, las migraciones, en especial las internacionales, no se dan con mayor intensidad allí donde los niveles de renta o de salarios son más bajos. Una de las razones por las que la corriente migratoria desde África es todavía débil es porque la mayoría de los africanos vive por debajo del umbral mínimo de renta necesario para afrontar el coste de la emigración. Son, en otras palabras, demasiado pobres.

Pero la pobreza y los bajos salarios eran también característicos de muchos países europeos a finales del siglo XIX (España entre ellos) y los europeos emigraron más a medida que sus economías crecían y un mayor número de ellos podía financiar la emigración. Además, como las corrientes migratorias se alimentan a sí mismas, más emigrantes significaron más remesas, más billetes prepagados, más cartas de llamada y más información transmitida por los que ya estaban allí a unas poblaciones cada vez más alfabetizadas. Por ahora, ese mecanismo es muy débil en el caso de las migraciones africanas: el número de residentes subsaharianos en Europa es todavía pequeño y la política migratoria crecientemente restrictiva va a hacer muy difícil que crezca en el futuro. Pero si aumenta el stock de población viviendo en los países avanzados, aumentará la llegada de compatriotas.

El crecimiento demográfico de las poblaciones africanas añade otra dimensión al futuro migratorio de ese continente. Los organismos internacionales estiman que las tasas de crecimiento natural de la población del África subsahariana permanecerán por encima del 2% durante las próximas dos décadas. Pero más que el aumento de la población en sí lo importante para las migraciones es la evolución futura del crecimiento de los grupos de edad jóvenes (15-29 años), es decir, los potenciales emigrantes. Es aquí donde las predicciones se tornan más inciertas, pues los escenarios demográficos cambian según sea el éxito en los próximos años en la lucha para reducir la mortalidad causada por sida. Con todo, el optimismo en los avances científicos hace previsible un rápido crecimiento de la población africana en los próximos años. Habrá más jóvenes dispuestos a llamar a las puertas de Europa (o entrarán sin llamar ya que las puertas no se les van a abrir).

No se puede renunciar al objetivo de contribuir al desarrollo de África, pero hay que ser conscientes de que el efecto del crecimiento económico y demográfico sobre la reducción de la presión migratoria es un fenómeno de largo plazo. Si a esa dimensión temporal le añadimos una miope política comercial de fronteras blindadas a las exportaciones africanas, la historia y la economía nos enseñan que esto no ha hecho más que empezar.