Afrontar el antiliberalismo

Raros son los discursos políticos que me dejan helado, pero eso exactamente fue lo que ocurrió este verano cuando leí uno sorprendente de Viktor Orbán, el Primer Ministro de Hungría, cada vez más autoritario.

A Orbán pocas veces se le presta atención fuera de su país. La última vez que pronunció un discurso tan digno de mención como el de este verano fue hace 25 años, cuando, siendo joven, contribuyó a acabar con el comunismo en Europa. En junio de 1989, con ocasión del nuevo entierro de los restos de Imre Nagy, que gobernaba en Hungría durante el levantamiento antisoviético de 1956, Orbán pidió, irritado, la retirada de las tropas soviéticas del territorio húngaro.

Sin embargo, este verano Orbán dio una nota enteramente distinta. Pronunció un discurso a favor de lo que llamó el “Estado no liberal” y ofreció cinco ejemplos de “sistemas logrados que no son occidentales, no son democracias liberales y tal vez ni siquiera democracias”. Entre ellos figuraban Rusia y China. Era como si el Telón de Acero y los tanques que aplastaron al Gobierno de Nagy –por no hablar del Orbán más joven– nunca hubieran existido.

Rusia y China pueden haber dejado de ser comunistas, pero, desde luego, no son liberales ni democráticas. Rusia está situada en algún punto entre el autoritarismo y el totalitarismo y, pese a los avances económicos recientes de China, esa potencia asiática en ascenso sigue enteramente en el mismo bando.

Las observaciones de Orbán y su posterior anuncio de planes para aplicar su concepción de un “Estado no liberal” escandalizaron. ¿Cómo podía profesar semejantes opiniones siendo el dirigente de un Estado miembro de la Unión Europea, precisamente cuando estaba llenando las arcas de su país con subvenciones de la UE?

La verdad es que Orbán estaba limitándose a repetir un argumento cada vez más generalizado (si bien se suele expresarlo con mayor delicadeza). Seis años después de la crisis financiera mundial, muchos están empezando a formular preguntas incómodas. ¿Cómo pueden las democracias liberales seguir siendo competitivas a escala mundial? ¿Han perdido las democracias occidentales la confianza en sí mismas y su capacidad para lograr una vida mejor para sus ciudadanos? ¿Están Europa y los Estados Unidos en decadencia, consumidas y viviendo de las glorias pasadas?

Las que Orbán llamaría “democracias liberales” en los Estados Unidos y en Europa están, en efecto, agobiadas por problemas internos. En los EE.UU., la política polarizada, la manipulación de los distritos electorales para el Congreso y una Constitución que parece controlar más que equilibrar, han obstruido las reformas y han dejado el país aparentemente a la deriva en aguas agitadas. Se está reduciendo la clase media y las fracasadas aventuras exteriores han disuadido a la en tiempos “nación indispensable” de cargar con el peso de la dirección mundial. Los Estados Unidos siguen siendo indispensables; lamentablemente, han permitido que arraigue la idea de que no están disponibles para cumplir con su deber.

Al mismo tiempo, Europa parece incapaz de cumplir el contrato social que sostuvo su auge económico de la posguerra. La economía más lograda del continente, Alemania, insiste en que sus socios sigan su modelo de conservadurismo fiscal, con  lo que asfixia el crecimiento que facilitaría la aplicación de las reformas dolorosas.

Como las democracias más logradas del mundo están obsesionadas con fracasos recientes, la política internacional ha derivado hacia posibles resultados más peligrosos. Una disuasión sensata, unas medidas audaces para reformar las instituciones internacionales y la disposición a cumplir con sus responsabilidades han sido, todas ellas, víctimas de la exagerada sensación de fracaso y de estancamiento político de Occidente.

Y, sin embargo, precisamente cuando las democracias occidentales parecen menos capaces de actuar, se les exigirá más. Ninguno de los países que Orbán citó en su discurso ha ofrecido una concepción substitutiva del orden mundial. Al contrario, sus problemas internos amenazan con convertir la incertidumbre en peligro. Rusia tendrá que afrontar las repercusiones del desplome de los precios del petróleo en su petroeconomía. Empresas importantes suplican limosnas del Gobierno para que las saque del apuro. El rublo cae como una piedra. El invierno en Moscú y San Petersburgo va a ser duro.

Incluso el crecimiento supersónico de China está empezando a aminorarse; algunos economistas, incluido Larry Summers, predicen que podría quedar paralizada de repente. En cualquiera de los dos casos, es probable que la vía por recorrer sea accidentada, con fricciones en aumento allí donde la política roza con la economía. Internamente (y de forma más destacada en Hong Kong) y en el exterior, China da la impresión de que la palabra “avenencia” no existe en chino mandarín.

Es probable que los supuestos modelos políticos de Orbán se vuelvan aún más estridentes y nacionalistas en política exterior para intentar conservar el apoyo interno. Para lograr la paz en el frente interno, los dirigentes señalarán a los enemigos –reales o imaginarios– en la puerta.

Las democracias liberales del mundo deben empezar a creer de nuevo en sí mismas. Deben demostrar que las observaciones de Orbán no eran otra cosa que disparates altisonantes. Si queremos la “paz en la Tierra” prometida en las canciones de Navidad, debemos esforzarnos mucho más y con más confianza para garantizarla.

Chris Patten, the last British Governor of Hong Kong and a former EU commissioner for external affairs, is Chancellor of the University of Oxford. Traducido del ingles por Carlos Manzano.

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