Agónico empate

Mi liberada:

Dado que te lo recomendé encarecidamente, no habrás visto La escalera (The Staircase: está en Filmin, por el momento) y por lo tanto voy a explicártela. De pequeño jugaba mucho a explicar películas. Entre mis amigos había auténticos virtuosos, cuya narración era preferible a la película misma. Hoy cuando intentas explicar solo una secuencia te saltan al cuello gritando ¡spoiler! Es comprensible. Hoy todo puede verse. El cine es la ínfima parte del presupuesto de cualquiera. Y cualquier película está a mano por mucho que la hayan quitado de la cartelera. Antes el cine era un acontecimiento y el que había tenido la suerte de estar allí podía explicarlo a los desafortunados. Mientras que hoy tú decides el cuándo, el cómo y el qué.

La escalera, esta obra maestra, va de un escritor al que acusan de haber matado a su mujer. La historia pasa en Durham (Carolina del Norte). En la noche del 9 de diciembre de 2001, los servicios de emergencia reciben la desesperada llamada de un hombre. Entre jadeos explica que acaba de encontrar a su mujer caída al pie de una escalera de la casa y que está inconsciente, agonizando. Cuando las asistencias y la policía llegan a la casa encuentran a la mujer muerta en la escalera y sangre en los escalones y en las paredes. El escritor, que se llama Michael Peterson, explica que él y su mujer Kathleen estuvieron tomando unas copas en el jardín. Como al día siguiente ella tenía que levantarse temprano, se tomó un valium, bebió una copa más y se fue sola a la cama. Michael pasó un buen rato en el jardín. Cuando al fin decidió ir a acostarse se encontró con Kathleen ensangrentada.

Todo el conflicto de La escalera arranca del encuentro entre dos apariencias. Por una parte, la escena del suceso: es difícil imaginar que una caída pueda provocar tanta sangre. Por otra parte está la relación entre Michael y Kathleen: es difícil imaginar que un matrimonio tan ejemplar acabase así.

A las pocas semanas de la muerte, el cineasta francés Jean-Xavier de Lestrade empezó a trabajar en el caso. Obtuvo por parte de Peterson y de su familia todas las facilidades. Y también del sistema policial y judicial americano. La única condición era que no hiciera público el material hasta que hubiera sentencia firme. La primera parte de su trabajo, 8 episodios de 45’, se acabó en 2004. La segunda, un único episodio de 2 horas, en 2012. La tercera, que ya está realizada, no ha podido aún estrenarse: hay problemas legales. Sobre la calidad del trabajo de Lestrade bastará que te cuente algo. Empecé a verla sin saber nada del asunto. Mientras iba devorando episodios cada vez estaba más seguro de que se trataba de un raro y extraordinario caso: el de una ficción escrita con los procedimientos de la no ficción. Es decir: una novela de Conan Doyle escrita con el formato de 60 minutes. Tan improbable me parecía el detalle con que Lestrade estaba escribiendo una historia verdadera. Porque al final, en efecto, descubrí que la historia había sucedido y que, además, estaba en curso.

Peterson fue condenado por el asesinato de su mujer. Tenía entonces 60 años y pasó los ocho siguientes en la cárcel. En diciembre de 2011 consiguió impugnar el fundamento de un peritaje y logró que las autoridades celebrasen otro juicio. Y quedó en libertad bajo fianza. El nuevo juicio nunca se celebró. Este febrero de 2017 Peterson, temiendo que volvieran a condenarlo, llegó a un pacto con el fiscal para la aplicación de una doctrina Alford: el acusado no admitía su culpabilidad en el asesinato, pero reconocía que los jueces disponían de evidencias para condenarle.

La resolución del asunto, que es la materia de la última entrega inédita de Lestrade, me ha dejado tocado. No sé si Peterson asesinó a su mujer Kathleen. Si en realidad la mujer cayó y se golpeó la cabeza en varios escalones. Si un búho atravesó la casa, llamado por el dulce olor de la sangre, y picoteó bárbara y repetidamente su cráneo. O si alguien entró por no se sabe dónde, por no se sabe qué porqué.

El jurado que lo sentenció tenía solo dos posibilidades. La primera era atender los requerimientos del fiscal y aceptar que Peterson no es lo que parece. Al fin y al cabo se le descubrió pornografía gay en su ordenador y se probaron sus relaciones homosexuales. Al fin y al cabo, años atrás y en Alemania, una amiga había muerto accidentalmente al pie de una escalera. La segunda posibilidad del jurado era aceptar que los hechos no son lo que parecen. Al fin y al cabo diversos peritajes concluyeron que las heridas eran compatibles con una caída. Al fin y al cabo nunca apareció el arma homicida, el atizador que habría golpeado fatalmente su cabeza.

Un hecho es algo abstracto. Un hecho no habla. Sobre él no puede proyectarse ningún tipo de emoción. Un hecho es la materia difícil de un científico. Solo un científico se interesaría por demostrar que una piedra y una pluma caen a la misma velocidad… a pesar de lo que parece. Un hombre es algo concreto y hablador. Concita emociones. Cójase un hombre: cualquier indagación profunda demostrará que en algún aspecto de su vida no es lo que parece. El hombre es un ser social y la sociabilidad se fundamenta en la necesidad imperiosa y frecuente de parecer una cosa y ser otra. Entre lo que el pueblo no sabía de Peterson, destaca el rasgo homosexual. Su mujer lo descubrió. Discutieron amargamente. Y él la mató. Eso dijo, en síntesis poética, el jurado que lo condenó. Repito que no sé si Peterson mató o no a su mujer. Repito que se consumió durante ocho años en la cárcel solo porque el jurado dijo eso de él. Hay que admitirlo: la acusación logró reunir pruebas irrevocables de que Michael Peterson era gay. La vieja leyenda in dubio pro reo adopta así un significado inesperado: si no puedes condenar por el hecho, condena por el hombre. El hecho es difícil. El hombre es de una gran facilidad. Uno necesita ciencia, razón minuciosa, paciencia infinita, inducción. Al otro le basta una deducción emocionante. Así pasó con Peterson. Así pasa con miles de Peterson.

Y encima aguanta ahora, tras la resolución judicial definitiva, la ignominia del empate. «Agónico empate entre la verdad y la mentira», titularía uno de nuestros periódicos, obviamente deportivos. «Cuando la verdad se pacta» se llamaría la desmoralizada pieza de análisis que me encomendarían como experto. Si la vida va en serio, convendrás que se trata de una situación insoportable.

Pero sigue ciega tu camino

Arcadi Espada

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