Agresiones sexuales y reincidencia

Estamos todavía impresionados por la brutalidad con la que un penado de permiso, autor de graves delitos violentos y sexuales, volvió a agredir a una mujer a la que secuestró, violó e intentó asesinar. Estos hechos nos convocan a la compasión, la ayuda a la víctima y a su entorno. También al rechazo del hecho violento, a reprobar intensamente al agresor y a reclamar a las autoridades el fin de estos crímenes. Se han pedido públicamente responsabilidades a la Administración penitenciaria y esta ha pedido disculpas y dado sus explicaciones. Pero el impacto del hecho es tan intenso que no parece suficiente y algunos opinadores han cargado contra estos agresores, los programas de tratamiento, los permisos y otros recursos que se utilizan en el complejo proceso de rehabilitación de los delincuentes violentos.

Pero el conocimiento experto sobre las posibilidades de prevenir la reincidencia de los agresores sexuales dice otra cosa. Los agresores sexuales, como grupo, tienen un nivel de riesgo de reincidencia que se sitúa entre los más bajos de entre todos los delincuentes. Este riesgo se evalúa en términos estadísticos y de probabilidad. Pero esto no es una predicción del comportamiento futuro. No dice quién, cómo y cuándo se va a cometer un nuevo delito. Las estadísticas dan una estimación del riesgo futuro y en base a ello – y a otros elementos complementarios- los profesionales actúan. Si a estas estadísticas les sumamos las razones y dinámicas individuales que determinan que un agresor sexual pueda volver a delinquir, los profesionales tendrán más recursos para prevenir la reincidencia. Y además de conocer la tasa de reincidencia de los agresores sexuales también se sabe que los programas de tratamientos en prisión consiguen reducir un 10% el riesgo de reincidencia de estos delincuentes.

En el caso del agresor sexual reincidente que analizamos, parece ser que se había cumplido adecuadamente el plan terapéutico, que incluía varios permisos de salida. Así que los técnicos penitenciarios y los jueces consideraron que este nuevo permiso sería como los anteriores: un buen ejercicio de entrenamiento para la vida futura en la comunidad. Pero las cosas no han salido como se esperaba. ¿Este error es consecuencia de una mala praxis profesional o forma parte del margen de error propio de este tipo de intervenciones?

Los sucesos que son poco frecuentes, como este que analizamos aquí, ocurren como consecuencia de una cadena interactiva de errores. Un solo fallo nunca explica este tipo de sucesos. La prevención fracasa porque se acumulan diversos errores entre los procesos del plan preventivo. Tanto los técnicos penitenciarios como los jueces y la policía saben, mejor que nadie, el riesgo que representan estos agresores y especialmente cuando están en libertad. Son los primeros en evaluar ese riesgo y activar los recursos para gestionarlo. Pero deben compatibilizar aquel riesgo con la obligación que tienen de promover la rehabilitación de los delincuentes.

Para ello en las prisiones de Catalunya se aplican programas de rehabilitación, de valoración y de gestión del riesgo de reincidencia iguales a los que se utilizan en otros países occidentales. Los mismos programas que se usan en Suecia, Holanda, Canadá o Inglaterra, que son los que han demostrado mayor eficacia. Estos programas se basan en los avances científicos de la criminología, la psicología y ciencias afines. La responsabilidad de los profesionales es aplicar, innovar y avanzar en todo aquello que se ha demostrado con rigor que funciona, aunque sea de forma limitada.

En este campo profesional los esfuerzos de la Generalitat en el tratamiento de los agresores sexuales y de otros delincuentes violentos son muy relevantes. Es fácil citar algunos ejemplos: la creación de la ‘Comisión Mena’, en el 2007, y en respuesta a la búsqueda de nuevos procedimientos de gestión del riesgo de la reincidencia de los delincuentes sexuales, la implementación de protocolos de valoración de riesgo de reincidencia violenta, la mejora de los programas de tratamiento de los agresores sexuales y, muy recientemente, la incorporación de nuevas prácticas de intervención con agresores sexuales de alto riesgo como el llamado programa ‘Cercles’.

La desgraciada realidad de un suceso en el que la prevención falló tiene que analizarse con rigor y no en medio de una discusión irritada en que solo se destacan blancos y negros donde lo que hay es un degradado de grises.

Antonio Andrés Pueyo, Catedrático de Psicología de la Universidad de Barcelona.

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