Agua… ¿para todos?

Coger agua de un río y llevarlo a otro es un trasvase. Aquí, en China y en Sebastopol. Es como quitar la vida a alguien. Eso es siempre matar. Puede que luego un juez decida que se trata de un asesinato, de un homicidio o de la aplicación de la pena capital: pero el muerto, muerto está. Un trasvase es un trasvase. Por eso, los políticos deberían pensarlo dos veces antes que jugar con fuego (o con agua). Al final se pueden quemar (o ahogar). Como gustaba decir a Ortega, «las ideas son más reales que las piedras». Y las palabras, que son los cauces para expresar las ideas, también. Por ello, algún político catalán ha debido hacer juegos malabares para no mencionar la soga en casa del (vecino) del ahorcado. Y para no ahorcarse él mismo con esa soga.

Un partido político de vocación mayoritaria como el PSOE (o el PSC) nunca debería decir haber dicho de este agua no beberé. Porque el riesgo de la apuesta fuerte es que luego hay que pagarla, sea como sea. Ni una gota del Ebro, se decía con la boca grande y bien alto no fuera que más allá del Riu de la Sénia no se oyera, ¿y ahora, hay que decir sí al Segre pero con la boca pequeña? ¿Y además comulgar con ello? Tampoco seamos demasiado crueles: la coherencia en política es difícil de alcanzar, pero al menos debería aspirarse a no deber matizar tanto las razones de las decisiones que al final sea ininteligible su motivación. Trasvase global no, pero en situación de urgencia sí. Permanente ni pensarlo, pero ocasional vale. Entre grandes cuencas en absoluto, pero entre pequeñas de acuerdo. Para actividades económicas jamás, pero para consumo, compréndalo ustedes (como si los empleos creados por el agua no dieran de comer). No me negarán que alguien pueda pensar: hacia Valencia no, pero dentro de Catalunya sí. Y que conste que la insistencia del PP valenciano en este tema llega a hastiar. Pero que alguien lo esté no es relevante: lo relevante es cómo se perciben estas decisiones fuera de Catalunya.

Tal vez no les importe a quienes gobiernen en Barcelona, pero es un error despreciar el factor subjetivo en la política española y en especial en las regiones vecinas: las ideas son más reales que las piedras. En el mundo de la confrontación de imaginarios, los detalles son irrelevantes por muy imprescindibles que sean. El trasvase del Ebro a Valencia y Almería era una obra de tal magnitud, coste, esfuerzos y oposición que difícilmente hubiera podido realizarse (y menos en el contexto económico actual). El PP debería dejar de engatusar ya con esta vana ilusión. Pero otro gallo cantaría si se hubiera realizado, por ejemplo, el minitrasvase Xerta-Càlig-Castellón, defendido incluso por socialistas valencianos como Joan Ignasi Pla o Jordi Sevilla. ¿Podría ello haber amparado otros trasvases de urgencia? Tal vez no, pero hubiera dado, al menos, oxígeno al debate y margen de acción al PSC para el diálogo, también contando con CiU.

Por cierto, a Jordi Pujol se le debe un especial recuerdo desde Valencia, rememorando su valiente y dolorosa posición en los duros momentos del trasvase del Ebro. Ahora, De la Vega (diputada valenciana) no podía hacer otra cosa que ser coherente con el grito de guerra: «Ni una gota del Ebro». Y este es el problema: fue un grito de guerra. Como lo es ahora el del PP sobre lo inevitable del trasvase. Y las guerras siempre acaban mal. El PSOE fue más hábil cuando señaló aquel «OTAN, de entrada no». Y aunque se me tache de cínico, creo que en política debería ser este lema principal: de entrada no (o sí), aunque veamos. La política española es poco dada al «veamos». Y luego hay que cargar con el muerto. Ricardo Costa, secretario general y portavoz popular en el Parlamento valenciano, ha acertado de pleno cuando ha pedido al presidente Zapatero un criterio hídrico unificado para España, aunque supongo que no compartirá que esta unificación sólo puede venir de profundizar en estructuras federalizantes de gestión y decisión. Si algunos políticos son demasiado locuaces y se pillan los dedos con sus palabras, otros son demasiado reservados y ven pasar las oportunidades.

Qué gran error, a mi entender, la ausencia del president Francisco Camps en el homenaje a Jaume I en Poblet, Tarragona. Tarragona, donde desemboca el Ebro y nace el canal de Xerta. Tarragona, el eslabón ausente de la alta velocidad entre Valencia y Catalunya. Tarragona, donde a los niños les llaman xiquets, como en el Grau de València. Tarragona, donde está enterrado un rey común que dio carta blanca a cada reino para organizarse a su aire. Si hay consignas que asombran, hay silencios que estremecen.

Josep Vicent Boira, profesor titular de Geografía Urbana, Universitat de València.