Aguantar y seguir

En la Odisea, en la corte de los feacios, el héroe narra cómo él y sus compañeros habían divisado los fuegos de pastor en la costa de Ítaca. Comenzaban a celebrar el prolongado y retrasado regreso, cuando un terrible temporal los arrastró nuevamente a la isla de Eolo, de la cual hacía poco tiempo habían partido. La culpa de este inesperado contratiempo no la tuvieron los dioses ni la naturaleza, sino los propios compañeros de Odiseo. Estaban convencidos de que su rey les había engañado escondiendo ingentes tesoros en las sentinas de la nave. Mientras el gran estratega griego se entregaba al sueño sobre el timón, la tripulación abrió el pellejo cerrado que el dios del viento había dado al héroe y se produjo el citado temporal. Ulises, desilusionado y tremendamente molesto, con toda la razón, pensó entonces si debería saltar del barco y desaparecer en el mar, o seguir con vida, aguantando callado todo lo sucedido. Homero nos dice que, finalmente, eligió aguantar y seguir.

Aguantar, ser paciente, sobreponerse a la desesperanza, no perder el juicio, ser astutamente perseverante. ¿Pero todo esto le será suficiente al presidente del Gobierno de España llevando la tripulación que lleva? Aguantar y seguir. ¿Estamos en manos de Odiseo? El personaje del poema épico era polytropos: el muy viajado, el versátil, el hábil, el astuto, el probado en desvíos, el que soporta los contratiempos, el héroe del movimiento retardado hacia la meta, el hombre al que se le estira en el potro del tormento de la memoria. Y también era polymetis: rico en consejos, fuerte en ardides, el que jamás se desconcierta, el luchador. Y Homero añade otros adjetivos calificativos como polytlas: el que soporta muchas cargas; polypenthes: el que sobrelleva muchas preocupaciones; polytlemon: el que sobrelleva muchas penas; polymechanos: que sabe burlar a la naturaleza. En el poema homérico el héroe constituye la sustancia cuyos atributos son las penas. Hablando de nuestros días, el presidente no es más heroico que cualquiera de sus conciudadanos quienes, con menores medios y muchos más riesgos, tienen que soportar las perpetuas inclemencias de este país inclemente.

En el fondo, nuestra nación es tremendamente estoica. Ocupa un lugar en el mundo, en apariencia envidiable, donde los seres humanos están expuestos a cargas. A grandes ejercicios diarios de cargas suplementarias, que en otros lugares no existen. Nada más despertarse y abrir sus ojos cualquier español pierde, para empezar, el 30% del día, simplemente, por el hecho de hacerse, entre otras muchas, las siguientes preguntas: ¿En qué país estoy? ¿Qué identidad lo conforma? ¿A qué comunidad pertenezco? ¿Existe todavía el procés y los nacionalismos variopintos? ¿Realmente es que Franco ha resucitado y no nos hemos enterado? ¿Hay presos políticos, según dice el ridículo supremacista del actual presidente de la Generalitat? ¿Soy yo el colaborador de una dictadura? ¿Cuántos insultos compartiremos hoy los españoles en la maravillosa lengua de Pla o de Espriu? ¿Aún no se han enterrado a los muertos como manda la ley natural? ¿Existe Europa? ¿Nos estará acechando el inspector de Hacienda por cobrar la pensión y seguir publicando? ¿Coincidiremos en un bar tomando una cerveza con el asesino etarra de 40 personas? ¿Quizás los robots nos dejen en paro, pero ya libres de nuestras inquietudes?

Peter Sloterdijk, en su magnífico libro ¿Qué sucedió en el siglo XX? escribe que los europeos -aquellos que no sienten vergüenza en afirmar que lo son- estamos a punto de convertirnos en un pueblo de lotófagos: los comedores del loto que borraba todos los recuerdos (de nuevo la Odisea), dispuestos a desprendernos de nuestras propias tradiciones. El filósofo alemán añade que hay que volver a explicar a los europeos quiénes somos y de dónde venimos. Y a todas las preguntas anteriormente enunciadas hay que añadirles las propias del lugar donde se habita. Por ejemplo, quienes vivimos en Madrid, saber si nuestra ciudad, en los próximos meses, volverá a ocupar un lugar preferente entre las capitales mundiales recuperando la limpieza, la cultura, la dignidad, la convivencia y la gestión dilapidada en estos últimos años.

Así, los españoles ¿no son tan o más heroicos que su propio presidente? ¡Odiseo lo somos todos! ¿Un buen Gobierno? Seguro que sí por su profesionalidad, pero tremendamente complejo por el lastre. Diógenes Laercio advirtió de que desear lo imposible era una enfermedad del alma. Desear, decía él. Pero, ¿llevarlo a cabo? Odiseo es también el arte de atarse uno mismo al mástil, no para evitar los gritos irresistibles de las sirenas, sino el mayor lamento que es el silencio del vacío total. ¿Se puede cargar con Calipso, los lotófagos, Polifemo, los lestrigones, Circe, los feacios, además de los propios, todos en la misma nave? ¿Quién abrirá el pellejo de Eolo y hará estrellar la embarcación? ¿Será suficiente que nuestra Nausícaa casera repita permanente “extranjero no me pareces malvado y no me pareces necio”? Un barco de Babel éste que patronea nuestro Odiseo particular. Incluso si llegase a puerto, como así sucede en el poema “tampoco allí, ya entre los propios/seres queridos, se vio aún libre de miserias”. En Ítaca, en su propio palacio, aguardan los populistas su turno final. Así es comprensible lo que escribió Platón en el libro décimo de la República referente al final, en el más allá, de Odiseo: “Buscó una vida tranquila y anónima”.

Todos los ciudadanos españoles, ya desde hace años, son cada uno a su manera Odiseo. 20 años tardó el griego en arreglar su historia -y no nos olvidemos que de manera violenta-. ¿Cuánto nos llevará a nosotros de manera pacífica? La Península Ibérica, al menos, el trozo que a nosotros nos toca, es esa balsa de piedra que ojalá navegue con rumbo.

En los próximos meses, si no años, no nos jugamos que gobierne un partido u otro, sino que nos estamos jugando la propia sobrevivencia de nuestro país. Que nadie se engañe, la separación de Cataluña sería el inicio de la desintegración irreversible de España, y también de Europa, como desean muchos. Varios Estados más surgirían con distintas ideologías y dependencias no precisamente proeuropeas. ¿Esto sería soportable? Por eso nos enfrentamos a la cuestión de Estado más importante de la democracia. Los partidos deberían dejar de lado sus rencillas y ponerse de acuerdo. Porque, de no ser así, ¿existirían ellos en esas nuevas naciones? Los partidos constitucionalistas tienen que poner orden, autoridad, respeto y convivencia. La separación, caso de que se pudiera producir pacíficamente, estableciendo un nuevo Estado de pureza étnica, nunca traería la paz, pues los conflictos de fronteras (siempre se habla de los países catalanes del sur, ¿y los del norte?) surgirían a continuación como sucedió hace muy poco tiempo en la antigua Yugoslavia.

En una guerra en seco (sin sangre aún, afortunadamente) estamos ya desde hace tiempo. Y el lenguaje bélico se va acentuando con “el ataque al Estado español” del presidente en los últimos días, y ya los preocupantes encontronazos cívicos de este mes de septiembre conmemorativo. Quien no ponga racionalidad, quien no ponga freno al insulto, al odio y la xenofobia entre españoles y europeos, está condenado al fracaso y a la amechania, que es a lo que el héroe homérico pudo verse abocado: pérdida de los ardides, la astucia, las ocurrencias y artes que encuentren salida a una situación cualquiera y, finalmente, la apatía, la resignación y la infelicidad.

Todos debemos defender el patriotismo constitucional. En Europa somos compatriotas de unos países que, tras la Segunda Guerra Mundial, dieron a luz democracias estables y una cultura política liberal que pacificó los ánimos bélicos, y desarrolló un Estado del bienestar jamás alcanzado nunca antes. Patriotismo constitucional. En España somos compatriotas en un país que, tras una Guerra Civil, el exilio de una parte importante de su población, la dictadura de 40 años, logró con la democracia vivir en paz y desarrollo llevando a cabo aquellas esperanzas de libertad por las que muchos de nuestros familiares murieron. Lo de patriotismo constitucional lo ha resaltado el propio Jürgen Habermas, uno de los más grandes filósofos europeos del siglo XX y del postpensamiento marxista. Y si todos, no solo Odiseo, en este caso, hemos decidido aguantar y seguir, deseamos tener suerte en las difíciles decisiones por el bien común no sólo de los partidos.

Willy Brandt, ya en los años 70 del pasado siglo, avisó que Occidente y sus democracias estarían nuevamente en peligro por Rusia y su autoritarismo militar. Pero también porque la salud de la democracia siempre es frágil. Estamos en el tempo rubato, esa peculiaridad interpretativa de la música de Chopin que consiste en llevarla a cabo de una manera sutil, pero con inquietud rítmica.

César Antonio Molina es escritor, ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura.

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