Aguas negras

Mi liberada:

Me interesa el odio. La razón es haberlo visto actuar de cerca en Cataluña durante estos últimos años. Todo puede leerse en los libros, pero el odio es una experiencia que desafía esta ley general. Del odio español sabía por la noticia histórica y por la que durante décadas trajeron los periódicos sobre los crímenes nacionalistas vascos. Pero no lo había visto actuar. Ni de joven, cuando te crees que odias. La Transición fue el mejor experimento español contra el odio. Y esta no sólo es una sentencia de los libros, sino la memoria viva de aquellas cosas: al formalito chaval comunista que fui, el búnker franquista –su enemigo principal– le provocaba más risa que odio. Aunque es probable que ellos odiaran profundamente aquella risa.

Aguas negrasHe comparado el odio que he ido viendo brotar de formas tan diferentes en Cataluña –a veces minúsculas, pero siempre indiscutibles– con lo que los libros dicen y los mayores de mi familia contaban sobre la canónica experiencia de la Guerra Civil. Se verá que lo que voy a decir difícilmente podría tener una prueba fáctica. Creo que si el odio español de hoy no se desencadena en maneras trágicas no es porque se trate de un odio menor, incomparable con el que provocó centenares de miles de muertos. El odio sería suficiente, por así decirlo. Dos razones impiden que se desencadene la tragedia. La primera, puramente técnica: no hay flechas en el arco. En Occidente las únicas flechas disponibles son las del terrorismo. Pero ha dado muestras demasiado recientes de su inutilidad absoluta, ni siquiera para satisfacer el odio. El segundo motivo es el proceso de civilización, que, por ejemplo, no había alcanzado el nivel de madurez suficiente en la Ruanda del genocidio. No es imprescindible observar el proceso de civilización de un modo estrictamente altruista. El proceso de civilización solo es el aumento del valor que uno concede a su propia vida. Un español de este siglo aprecia más su vida que un español de los años 30. Tiene menos motivos para querer perderla. Este es el lado positivo de que se hayan aflojado virtudes como el honor o el sacrificio por la patria o por otras abstracciones colectivas. Puede ser, incluso, que esta calamidad a la que tanto me refiero últimamente, este debilitamiento del sentido general de las cosas –y que lleva consigo la desasosegante sospecha de si el apocalipsis colectivo no será más que la forma elegante y disimulada de encarar el apocalipsis personal– esté también detrás de la disminución radical de las razones para morir: si nada tiene sentido, a qué va a tenerlo morir y matar por algo.

Sin embargo, que las aguas fecales estén canalizadas no supone que hayan dejado de correr. A veces, además, se rompen algunas tuberías. Por más que las consecuencias sean relativamente inofensivas en términos de seguridad personal, la observación superficial de las aguas negras es perturbadora. Y lleva también a reflexionar sobre los admirables mecanismos humanos de contención, sobre el alcantarillado básico de nuestra especie. Es ciertamente imposible, por ejemplo, que el odio a campo abierto que recorre Cataluña se haya generado apenas en estos años. Ningún agravio colectivo capaz de romper el suelo se produjo. Una fecalidad xenófoba de esta naturaleza no puede improvisarse en cuatro días. Es evidente que recorría silenciosa, apenas detectada, el sistema digestivo de la nación nacionalizada.

Este viernes, en Bilbao, celebrando la Constitución de España, recogí muestras diversas de la misma profunda y aflorada fecalidad. Quizá la más meritoria fuera la de aquel tipo, de mediana edad y mediana calva, convencionalmente vestido y aseado, que una vez acabado el acto salió a nuestro encuentro –íbamos Cayetana Álvarez de Toledo, Rosa Díez, Fernando Savater y yo mismo– y empezó a gritarle repetidamente «¡Miserable!» a la portavoz de Libres e Iguales. No era un grito particularmente histérico ni violento, más bien una letanía intestinal, incontrolable. El odio. Repitió tantas veces la palabra, mientras caminábamos, y de una forma tan ofensiva, que me dio tiempo a admirar en carne propia los prodigios del proceso de civilización. También me dio tiempo a constatar la evidencia. Cuando la palabra odio comparece lo inmediato es pensar en el toma y daca, en la reciprocidad, y luego en la equidistancia. El odio es que se odian. Hummm… No niego que yo tenga, a veces, malos momentos. Pero mi sentimiento predominante ante el burgués vizcaíno, por ejemplo, es del tipo zoológico: las madejas en que se enrosca la vida para que generen un mediodía en una ciudad rica y apacible donde un hombre de nuestro tiempo vaya repitiendo miserable sin tregua a una mujer que, por lo demás, se lo está tomando como si ella fuera un árbitro y el medio calvo un sanmamés.

Hay odio. Crece. Pero es inmoral proyectar la equidistancia moralista sobre el odio español de hoy. En España odia la izquierda. Se vio bien en Bilbao. En el húmedo y frío foso del Arriaga, unos doscientos razonables corderitos constitucionales cercados por la Policía, ¡y agradeciéndole el cerco protector! A unos pocos metros, miles de lobos que hace poco asesinaban, o colaboraban en el asesinato, o lo justificaban –y que, razonablemente, siguen sin condenar ni el asesinato ni a los asesinos, porque como el de Media Markt: «¡Yo no soy tonto!»– se manifestaban contra la Constitución, sin necesidad de mayor protección que la que les brinda su pétrea conciencia intoxicada por el odio. En España los escoltas solo trabajan a un lado de la raya.

Ahora el presidente Pedro Sánchez está negociando un pacto miserable –sí, calvito– con los que no llevan escolta. No sé si acabará cuajando. Pero si resulta verosímil la hipótesis de que sea un encarcelado por graves delitos contra la democracia el que decida el gobierno de España, sólo es por el odio. Es el odio de la izquierda a la derecha el que permite el derecho a decidir –por fin verdadero y no soñado– de Oriol Junqueras. Porque la izquierda en España no odia a Junqueras, pero odia al Pp. Esta situación, por cierto, debe continuar así. Los esfuerzos de la izquierda por compensar del otro lado el odio deberían resultar baldíos. La izquierda promueve a Vox tanto como lo denigra porque tiene necesidad de lograr un equilibrio que tapone su inmoralidad. La izquierda lleva a Vox a la mesa del Congreso mientras lo acusa sobreactuadamente de fomentar el odio. Vox es la falacia del hombre de paja, ¡y hasta del perro de paja!, de la izquierda española. Una creación propia –el odio al fin fructificado de la izquierda– que no tiene como finalidad la permuta del objeto de odio –es imprescindible que el odiado siga siendo el Pp–, sino el logro de lo que había sido imposible en cuarenta años de democracia: que la derecha odie disciplinada y organizadamente en España. La creación reproduce también, al otro lado, el chantaje nacionalista: el de dejar al Pp, y su mayoría insuficiente, a merced del nacionalismo, como lo está ahora la mayoría insuficiente del Psoe.

Algo de esto dije el viernes en el foso del Arriaga. Al acabar se me acercaron algunos militantes y simpatizantes de Vox. Parecían profundamente ofendidos por que los hubiera llamado nacionalistas. Me alegró mucho su turbación, y espero lo mejor de ellos para el inmediato futuro. La manera de limitar el daño nacionalista no es el apaciguamiento ni la comprensión de sus emociones, siempre putrefactas. Consiste, primero, en llamarles por su nombre de pila –casi todos ellos son muy religiosos– y ponerlos después frente al espejo. Es posible que ante la desagradable visión alguno decida odiarse y cambiar de vida.

Y sigue ciega tu camino.

Arcadi Espada

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