Aguirre y Prieto: vidas paralelas

Por José Luis de la Granja Sainz, catedrático de Historia Contemporánea en la UPV/EHU (EL CORREO DIGITAL, 01/10/06):

Se cumple hoy el septuagésimo aniversario de la aprobación del primer Estatuto de autonomía del País Vasco por las Cortes de la II República, reunidas en Madrid, dos meses y medio después del estallido de la Guerra Civil. Entre los diputados que lo aprobaron por aclamación se encontraban Indalecio Prieto, dirigente del PSOE y ministro del Gobierno de Largo Caballero, y José Antonio Aguirre, líder del PNV, a quien Largo Caballero ofreció una cartera ministerial, que acabó siendo desempeñada por su amigo Manuel Irujo, pues Aguirre estaba llamado a ser el lehendakari del primer Gobierno vasco, constituido en Gernika seis días después, el 7 de octubre de 1936.

Prieto y Aguirre fueron los artífices del Estatuto de 1936 como presidente y secretario, respectivamente, de la Comisión de Estatutos de las Cortes, en la cual se consensuó el texto autonómico en la primavera de ese año gracias a la entente cordial entre ellos. Dicha entente se transformó en una alianza política entre el PNV y el Frente Popular en septiembre, cuando de nuevo Aguirre y Prieto negociaron en Madrid la incorporación de un dirigente nacionalista al Gobierno republicano a cambio de la inmediata aprobación del Estatuto vasco. Esto supuso el nacimiento de Euskadi desde un punto de vista institucional como ente jurídico-político. Así pues, la efímera Euskadi autónoma de 1936-1937 tuvo dos padres fundadores indiscutibles: José Antonio Aguirre e Indalecio Prieto. Si éste no hubiese sido en 1936 «el hombre del Estatuto», como reconoció el propio Irujo, Aguirre no hubiese sido el primer lehendakari, pues sin Estatuto no hubiese existido el Gobierno vasco.

Con esto basta para que Aguirre y Prieto ocupen un lugar de honor en la historia de Euskadi. Además, fueron grandes protagonistas de la II República, la Guerra Civil y el exilio. No en vano fueron los líderes más destacados del nacionalismo y del socialismo a lo largo del siglo XX y los políticos vascos con más talla de estadistas por su relevancia no sólo en la política vasca, sino también en la española e incluso a nivel internacional. Ambos representan, mejor que ningún otro, los dos movimientos políticos y sociales más importantes en la Euskadi del siglo XX.

Cabe hacer un paralelismo entre sus vidas, a pesar de ser de distinta generación (Prieto, nacido en 1883, era 21 años mayor que Aguirre) y de su muy diverso origen social y geográfico: Prieto perteneció a una familia asturiana empobrecida por la muerte de su padre y emigrada a Bilbao en 1891, mientras que Aguirre nació en 1904 en el seno de una familia acomodada (su padre fue abogado), propietaria de la empresa Chocolates Bilbaínos. Sus trayectorias vitales convergieron en Bilbao, la villa de nacimiento de Aguirre y en la cual vivió Prieto desde los siete años hasta convertirse en un bilbaíno de pro. Sus carreras profesionales estuvieron vinculadas a Bilbao: en el caso de Aguirre, además de ser futbolista del Athletic, en ella radicó su empresa familiar y ejerció la abogacía; por su parte, Prieto fue periodista, director y luego propietario del diario bilbaíno ‘El Liberal’. Políticamente, la relación de Prieto con Bilbao fue mucho más intensa que la de Aguirre, pues éste fue alcalde de Getxo y diputado por Navarra y por Vizcaya-provincia en la República, mientras que Prieto fue concejal de Bilbao, diputado provincial y a Cortes por este distrito en la Restauración, así como diputado por Vizcaya-capital durante toda la República. En cambio, en la Guerra Civil, Prieto fue ministro en los gobiernos de Largo Caballero y Negrín, ubicados en Madrid, Valencia y Barcelona, y Aguirre fue presidente del Gobierno vasco, cuya sede estuvo en Bilbao durante ocho meses.

El hecho de ser dirigentes de sendos partidos con ideologías antagónicas les convirtió en adversarios e inclusos enemigos políticos, sobre todo en el primer bienio republicano, cuando Prieto fue ministro en los gobiernos de Alcalá-Zamora y Azaña. Los principales motivos de su enfrentamiento fueron las cuestiones autonómica y religiosa, unidas en 1931 por el Estatuto de Estella, promovido por Aguirre y atacado por Prieto, que lo tildó de «Gibraltar vaticanista» y contribuyó a su fracaso en las Cortes. Sin embargo, desde 1934 se aproximaron políticamente y en 1936 llegaron a ser aliados en los gobiernos de coalición vasco y republicano.

Tras el final de la Guerra Civil, se distanciaron durante la II Guerra Mundial, porque el lehendakari Aguirre exigió a los consejeros socialistas de su Gobierno que rompiesen su vinculación orgánica con el PSOE y auspició la disidencia de uno de ellos, Santiago Aznar, en el socialismo vasco. Prieto se opuso a las pretensiones de Aguirre y las hizo fracasar, sustituyendo a Aznar por otro socialista en el Gobierno vasco en 1946. Entonces se produjo un nuevo acercamiento entre ambas personalidades. Aguirre, sin dejar de apoyar al Gobierno republicano en el exilio, jugó también la carta del Plan Prieto, que fue el intento de pactar con los monárquicos de don Juan de Borbón como forma de acabar con la dictadura de Franco, tal y como demuestra Ludger Mees en su reciente biografía ‘El profeta pragmático. Aguirre, el primer lehendakari’. La frustración de dicho plan y de las esperanzas republicanas les obligó a continuar viviendo en el exilio la triste década de 1950 hasta su muerte con apenas dos años de diferencia. Al fallecer Aguirre en París en 1960, Prieto le dedicó un sentido artículo en la prensa, titulado ‘José Antonio y su optimismo’, en el cual mostraba su afecto y su amistad con Aguirre, al margen de sus divergencias ideológicas y políticas.

Sus vidas, tan diferentes como en cierto sentido paralelas, constituyen un buen ejemplo a tener en cuenta en la actualidad. Fueron rivales políticos capaces de entenderse y llegar a acuerdos autonómicos y gubernamentales trascendentales en las trágicas circunstancias de la Guerra Civil y del exilio. Si hoy en día se intenta construir una Euskadi en paz y libertad, basada en el consenso y el pluralismo, es necesario conocer bien la historia vasca con su rica diversidad y asumir el legado de sus hombres ilustres, de los que pocos pueden parangonarse con Aguirre y Prieto. Se trata de dos figuras señeras que ya no pertenecen en exclusiva a sus partidos, pues son patrimonio de la sociedad vasca y forman parte de la memoria histórica de Bilbao.

Por ello, deben ser recordados públicamente. Así ha sucedido con Aguirre, homenajeado con generosidad por el Gobierno vasco y los Ayuntamientos de Getxo y Bilbao. En esta villa lleva su nombre una de las mayores avenidas, tiene una lápida en su casa natal, se le ha erigido recientemente una estatua cerca del Hotel Carlton, sede de su Gobierno en la guerra, en cuya entrada lo recuerda una placa, y también un monumento en la plaza Moyua, enfrente de dicho hotel, que es un lugar de memoria. En cambio, no ha habido generosidad con Prieto, aun siendo siete veces diputado electo por Bilbao: tan sólo hace pocos años, el Ayuntamiento bilbaíno ha dado su nombre a una calle en el extrarradio de la urbe. Ahora el Ministerio de Fomento ha añadido la denominación de Indalecio Prieto a la Estación de Abando, colocando una sencilla placa, en atención a su proyecto pionero sobre ella como ministro de Obras Públicas. Esta decisión ha sido contestada por el alcalde y los concejales no socialistas del Ayuntamiento de Bilbao, alegando sobre todo motivos formales. Si su protesta obedece sólo a eso y consideran que Prieto fue un bilbaíno ilustre que merece ser recordado, tienen una buena ocasión de demostrarlo con un homenaje el próximo año, al cumplirse el 45 aniversario de su muerte, acaecida en México el 11 de febrero de 1962.

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Versión publicada en El País (07/10/06): Entre el pacto y la hegemonía.
Tal día como hoy, hace 70 años, el 7 de octubre de 1936, en plena Guerra Civil española, se constituyó el primer Gobierno vasco de la historia presidido por el lehendakari José Antonio Aguirre, quien juró su cargo bajo el árbol de Gernika. Para celebrar esta efeméride y homenajear a su antecesor, el Gabinete de Ibarretxe se reúne hoy en la villa foral. Ésta es una buena ocasión para recordar cómo nació aquel Gobierno y cuáles fueron sus principales características; pero también para examinar la trayectoria de esta institución a lo largo de siete décadas de existencia, aunque durante más de cuatro se vio obligada a sobrevivir en el exilio, sobre todo en Francia.

El Gobierno de Aguirre nació en la coyuntura dramática de la Guerra Civil como consecuencia de la aprobación del Estatuto de autonomía por las Cortes republicanas, reunidas en Madrid el 1 de octubre de 1936. Dicho Estatuto fue fruto del pacto entre el nacionalista Aguirre y el socialista bilbaíno Indalecio Prieto, fraguado en la primavera y consumado en septiembre, cuando Manuel Irujo, diputado del PNV, fue nombrado ministro del Gobierno de Largo Caballero a cambio de la inmediata entrada en vigor del Estatuto. Sin éste no hubiese habido Gobierno vasco en 1936.

Además de ser provisional, para ganar la guerra, el Ejecutivo de Aguirre se caracterizó por ser de coalición, entre el PNV y el Frente Popular de Euskadi, integrado por cinco partidos; presidencialista, debido al liderazgo carismático de Aguirre, que ejerció plenos poderes políticos e incluso militares, y de hegemonía del PNV, según prueba el programa gubernamental, moderado y nada revolucionario. Entonces el PNV logró una hegemonía que nunca había tenido, al desempeñar la Presidencia y las carteras fundamentales durante la contienda: Defensa (con el propio Aguirre, jefe del ejército vasco), Gobernación, que fundó la Ertzaña, Hacienda, que controlaba el Concierto económico, y Justicia y Cultura, que incluía también Educación. El Frente Popular dispuso de siete Consejerías, pero eran mucho menos relevantes que las del PNV. Los tres rasgos mencionados (coalición, hegemonía nacionalista y, en menor medida, presidencialismo) han caracterizado a la mayoría de los Gobiernos vascos que se han sucedido hasta nuestros días.

Desde el verano de 1937, tras la conquista de toda Euskadi por el ejército de Franco, hasta la aprobación del Estatuto de Gernika en 1979, el Gobierno vasco permaneció en el exilio, primero con Aguirre (fallecido en 1960) y después con Jesús María Leizaola de lehendakari. Se trató de un Gobierno de unidad vasca, sustentado en el pacto entre el PNV y el PSOE, aunque hubiese también consejeros republicanos, de Acción Nacionalista Vasca (ANV) y, entre 1946 y 1948, un consejero comunista, que fue expulsado como consecuencia de la guerra fría. Nunca fue un frente nacionalista, pero siempre el PNV conservó su neta hegemonía.

En su reciente biografía de José Antonio Aguirre, titulada El profeta pragmático, Ludger Mees constata «la política hegemonista y asimilacionista del PNV» debida a su concepción patrimonial del Gobierno vasco, hasta el punto de afirmar Aguirre, en 1939, que «el Gobierno y el Partido (…) son dos cosas inseparables». Durante la II Guerra Mundial, tal política llegó al extremo de exigir a los consejeros republicanos y socialistas la llamada obediencia vasca, que implicaba el reconocimiento del derecho de autodeterminación del pueblo vasco y la ruptura de sus vínculos orgánicos con los partidos españoles: Izquierda Republicana y el PSOE. Para conseguirlo, Aguirre apoyó incluso una disidencia en el seno del socialismo vasco, encabezada por el consejero Santiago Aznar, pero su intento fracasó al acabar con ella Prieto. Al término de la Guerra Mundial, Aguirre tuvo que renunciar a sus pretensiones y cambiar de política con respecto a las instituciones republicanas en el exilio.

Sin embargo, su afán hegemonista persistió y convirtió a los demás partidos en meros satélites que giraban en la órbita del PNV, tal y como reconoció el consejero de ANV Gonzalo Nárdiz, siempre leal a Aguirre y a Leizaola: el PNV «lo absorbe todo» y «tiene todos los puestos representativos». Los socialistas «hasta ahora hacen el papel de comparsa, como lo hacemos todos en el Gobierno vasco» (1946). Ese mismo año, Josep Tarradellas, secretario general de la Esquerra, criticó la confusión existente entre la política del PNV y la política del Gobierno vasco por la visión patrimonialista que el partido tenía del Gobierno: «No podemos considerar que ustedes -le escribió al ministro Irujo- son la representación exclusiva del Pueblo Vasco dentro de la República», pues hay otros partidos y organizaciones de Euskadi.

Al contrario del caso catalán, cuyo Gobierno en el exilio desapareció pronto y sólo subsistió la Generalitat en la persona del presidente Tarradellas, el PNV siempre tuvo interés en mantener el Gobierno vasco durante el franquismo, incluso en la etapa de Leizaola, cuando su inoperancia lo había convertido en meramente testimonial y escasamente representativo, pues ANV y los republicanos eran partidos casi inexistentes. A diferencia del Gabinete republicano, que se disolvió con las primeras elecciones democráticas de 1977, el de Leizaola perduró dos años más, mientras se elaboraba el Estatuto de Gernika y a pesar de la existencia del Consejo General Vasco (1978-1980), el organismo preautonómico presidido primero por el socialista Ramón Rubial y después por el nacionalista Carlos Garaikoetxea.

Este máximo dirigente del PNV se convirtió en lehendakari al ganar las primeras elecciones al Parlamento vasco, celebradas en 1980, y puso fin a más de cuatro decenios de Gobiernos de coalición basados en el eje PNV/PSOE. A pesar de no contar con mayoría absoluta en el Parlamento de Vitoria, Garaikoetxea gobernó como si la tuviera gracias a la ausencia de los parlamentarios de Herri Batasuna. Con sus Gobiernos monocolores, el PNV alcanzó su mayor hegemonía y construyó a su imagen y semejanza la Comunidad Autónoma Vasca, a la cual dotó de los símbolos creados por su fundador Sabino Arana: el nombre de Euskadi, la ikurriña y el himno Gora ta gora. Como reconoció años después, en su famoso discurso del teatro Arriaga de Bilbao, su presidente Xabier Arzalluz, el PNV intentó batzokizar Euskadi: «Es cierto que ha existido entre nosotros una tendencia a considerar que Euskadi es patrimonio nacionalista, y a equiparar el concepto de vasco con el de nacionalista» (1988).

El enfrentamiento entre los dos líderes carismáticos del PNV, Arzalluz y Garaikoetxea, con concepciones divergentes sobre el modelo interno del País Vasco, trajo consecuencias importantes: la dimisión del lehendakari y la escisión de Eusko Alkartasuna (EA), el nuevo partido de Garaikoetxea, en 1986. Esta crisis provocó un fuerte retroceso electoral del PNV, con la consiguiente pérdida de su neta hegemonía, y forzó al nuevo lehendakari, José Antonio Ardanza, a volver a la coalición tradicional con el PSOE, desde 1987 hasta 1998, coincidiendo con la etapa del Pacto de Ajuria Enea. Aun perdiendo una parte de su poder institucional, el PNV consiguió conservar la Presidencia del Gobierno vasco (incluso en 1987, cuando tenía dos parlamentarios menos que los socialistas) y tres Consejerías clave que siempre ha desempeñado: Interior (con la Ertzaintza), Hacienda (con el Concierto) y Cultura (con la radio y la televisión públicas vascas). De esas carteras que ya tuvo en la Guerra Civil, tan sólo cedió a los socialistas (y en la actualidad a Eusko Alkartasuna) Educación y Justicia. Al frente de estos Departamentos estuvo el consejero socialista José Ramón Recalde, quien, en su libro de memorias Fe de vida (2004), reconoce que el PNV continuó controlando los resortes fundamentales del poder político durante la década de los Gobiernos de coalición presididos por Ardanza.

Dichos Gobiernos del PNV con el PSE/PSOE terminaron en 1998, cuando el PNV sustituyó su pactismo tradicional desde 1936 con el socialismo por el Pacto de Estella-Lizarra con Herri Batasuna, al asumir la estrategia frentista del nacionalismo radical, que el PNV había rechazado en las elecciones de 1936 y de 1977. Tras el fracaso de ese pacto por la ruptura de la tregua de ETA (1999), el Gobierno de Ibarretxe, basado en la coalición PNV/EA, se amplió, al ganar las elecciones de 2001, con la incorporación de Izquierda Unida (Ezker Batua); pero ésta no ha rebajado la clara impronta nacionalista, según refleja su apoyo al plan soberanista de Ibarretxe en 2004. Aun siendo un Gobierno tripartito, la hegemonía del PNV es una vez más evidente y los partidos que hacen ahora el papel de comparsas son Eusko Alkartasuna y, sobre todo, Ezker Batua.

En conclusión, durante los 70 años transcurridos desde la constitución del primer Ejecutivo vasco en 1936, el PNV ha sido el único partido que ha participado y presidido todos los Gobiernos que se han sucedido en la Guerra Civil, el exilio y la Monarquía actual. Ahora bien, gobernó en solitario tan sólo siete años (1980-1987) y casi siempre ha gobernado en coalición, en especial con el PSOE durante más de medio siglo (1936-1979 y 1987- 1998). Sin embargo, los continuos pactos y coaliciones del PNV con partidos muy diversos no le han impedido mantener su hegemonía política y patrimonializar el Gobierno vasco, hasta el punto de que éste se ha identificado siempre con el PNV, al ser el principal partido de Euskadi. Así pues, dos rasgos fundamentales del Gobierno de Aguirre en la Guerra Civil, el pactismo y el hegemonismo, han caracterizado las siete décadas de Gobiernos vascos que hoy se cumplen.