Ahí está, ahí está

(Un año después de las urnas tartamudas)

El lunes se cumple un año de aquellas urnas tartamudas del 26 de junio. Ya está claro que no sirvieron para nada. El tiempo viene dando la razón a quienes denunciamos el acuerdo tácito entre Rajoy y Pablo Iglesias que impidió gobernar al Pacto del Abrazo y forzó la repetición de las elecciones. Como bien ha subrayado Rivera, fue el líder de Podemos quien consolidó al del PP, proporcionándole una oportunidad de rehacerse, siquiera sea débilmente, y cercenando toda posibilidad de que cuajara una alternativa transversal.

Esa pinza o ese “sandwich”, como dice el factotum de La Sexta Mauricio Casals en una de las grabaciones que le vinculan a la trama de corrupción de la Operación Lezo, funcionó entonces y sigue funcionando ahora. Acabamos de verlo en la moción de censura planteada como oportunidad de lucimiento de quienes fingen ser, más que antagonistas, enemigos; y en la práctica son, más que aliados, compinches.

El resultado es que ninguno de los problemas estructurales que habían convertido las elecciones de diciembre de 2015 en una gran oportunidad de cambio, se han ni tan siquiera abordado tras los comicios de junio de 2016. El gobierno de mayoría absoluta de Rajoy ha dado paso al gobierno de minoría absoluta de Rajoy, a través del gobierno en funciones de Rajoy, sin que apenas se note la diferencia.

Antes se dilapidaba el capital político obtenido en las urnas entre la pereza y la modorra, ahora se utiliza la aritmética parlamentaria como excusa de la misma parálisis. Ni se gobierna con un programa propio, ni se cumplen los compromisos adquiridos por el PP en el pacto de investidura con Ciudadanos, ni se aplican las proposiciones aprobadas por el Congreso, reprobaciones ministeriales incluidas.

El Estafermo continua inmóvil como la puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo tras su sonrisa acartonada, con la sola esperanza de que por mucho que arrecie, la lluvia no se transforme en tormenta. Ahí está, ahí está anhelando que transcurran inalteradamente los días, las semanas, los meses y los años, para llegar a 2020, retirarse tras sus dos mandatos y pico, y dejar que sea el que venga detrás quien arree con las consecuencias profundas de una década de inacción.

Más allá de la aprobación de los Presupuestos, comprando a precio de oro -como era costumbre en el pasado- a las minorías regionales que estaban en el mercado, la actual legislatura ha quedado abocada a la esterilidad. Eso es una tragedia porque lo único que no debería perder la sociedad española es precisamente el tiempo. Máxime cuando los síntomas de nuestros principales problemas no hacen sino exacerbarse. Es el caso de la corrupción, es el caso de la dualidad del mercado de trabajo, es el caso singularmente de la cuestión catalana.

El anuncio de la convocatoria unilateral de un referéndum de autodeterminación en Cataluña para el 1 de octubre, por parte de quien no tiene competencia alguna para hacerlo, supone un desafío sin precedentes, tanto en el orden legal como en el político. Incluso un gobierno tan adicto a las enseñanzas de don Tancredo como este, no tendrá otro remedio que impulsar la aplicación de las leyes penales en el caso de que Puigdemont persista en su propósito suicida.

Pero más allá de la catarsis de ese choque frontal o lateral, que tal vez quede en mera rozadura como ha ocurrido con el 9N, ¿tienen Rajoy y Soraya una hoja de ruta para actuar a corto, medio y largo plazo sobre las causas del problema? Desde luego que no. Míralos, míralos, míralos. Ni sobre Cataluña, ni sobre nada.

El año pasado glosé ante vosotros tres artículos de la revista España que en 1916 describían la gestación de la crisis del sistema político de la Restauración, también en vísperas de unas elecciones, también bajo un sistema electoral que garantizaba la pervivencia de la partitocracia, también con una judicatura sometida al poder político, también con un modelo educativo anquilosado. Como siempre que pasa igual, termina sucediendo lo mismo, las elecciones de 1916 fueron tan improductivas como lo han sido las de 2016 y a finales de junio de 1917 España estaba tan al borde de una fractura sin precedentes como lo está a finales de junio de 2017.

Han pasado cien años pero el epicentro del terremoto que se está fraguando vuelve a situarse en Cataluña. Entonces convergieron el órdago “a la Puigdemont” lanzado por las Juntas de Defensa, al que dediqué mi Carta de hace dos domingos, con la huelga general revolucionaria desatada aquel verano y con la crisis política y territorial que se plasmó en la clandestina Asamblea de Parlamentarios de Barcelona.

Pero también entonces la solución llegó desde Cataluña, a través del primer gobierno de concentración de la Historia de España, auspiciado por Cambó. Era el viejo empeño de Prat de la Riba de modernizar España, catalanizándola y por ende dominándola.

Ahora por el contrario, lo único que cabe decir de Cambó es que ni está, ni se le espera. ¿Cómo va a recoger nadie la estela del catalanismo pragmático que le convirtió al decir de su biógrafo Jesús Pabón en “el verdadero árbitro de España”, si en una de las mayores librerías de Barcelona no había esta semana, en pleno centenario de aquellos acontecimientos, ni un solo libro sobre Cambó, mientras los estantes rebosaban de volúmenes dedicados a figuras mucho menores como Maciá o Companys?

La Historia se repite pues, a modo de infección, sin algunos de sus mejores anticuerpos. El diagnóstico de Antonio Maura ante la esclerosis política de 1917 vuelve a estar por desgracia vigente en 2017: “El Gobierno no se comunica con el pueblo y del Gobierno no penetran en el pueblo más que los escándalos que suelen dar las autoridades”.

Frente a la tendencia crónica de Rajoy a dejar pudrirse los acontecimientos, para que la fruta que tenga que caer del árbol lo haga por su propio peso, sin esfuerzo de recolección alguno, EL ESPAÑOL se reafirma en los principios regeneradores que están en nuestros cromosomas y que quedaron de manifiesto en el memorable seminario que organizamos el pasado otoño en la universidad Camilo José Cela, con motivo de nuestro primer aniversario.

Sólo con grandes reformas estructurales como la del sistema electoral, la de la ley del Poder Judicial, la de la financiación de los partidos o, por supuesto, la reforma educativa podrán los políticos recuperar la confianza de los ciudadanos. Sólo de esa manera habrá una correlación de fuerzas que permita neutralizar la alianza antinatural que de facto forman los separatistas catalanes y los revolucionarios de Podemos. Y sólo la culminación de ese proceso, mediante una reforma constitucional que aprenda de cuarenta años de aciertos y errores, garantizará la continuidad del régimen del 78.

Durante estos doce meses en todos los partidos han pasado cosas, pero en el PSOE muchas más. Hemos seguido con admiración el proceso interno, ejemplarmente democrático, que ha desembocado en la reposición de Pedro Sánchez en su despacho de Ferraz, por parte de una militancia agraviada por la conjura de los boyardos que lo noqueó en el Comité Federal de octubre.

Pero tras elogiar su audacia y determinación en la defensa de sus propuestas -qué distinta hubiera sido la política española si Gallardón, Aguirre o el propio Aznar hubieran hecho lo mismo en el PP-, seguimos ahora con creciente preocupación los gestos que, como la retirada del apoyo al Tratado con Canadá, parecen alejarle de la centralidad europeista y acercarle a ese popurrí de los populismos, en el que Pablo Iglesias se mezcla con Le Pen y Donald Trump.

Después de la llegada de este inquietante personaje a la Casa Blanca y el desastre del Bréxit -ójala tuviera enmienda- el proyecto europeo vuelve a aparecer, hoy como hace cien años cuando era aun una quimera, como el mejor anclaje democrático frente al renacer de nuestros demonios familiares. El hecho de que, 43 años después del triunfo de Giscard, Francia vuelva a tener con Macron un presidente liberal con una mayoría centrista en la Asamblea es, a este respecto, la mejor de las referencias; y debería contribuir a que España se implicara todo lo posible en el relanzamiento de la Union Europea, aun a costa de generar eventuales asimetrías.

Ese es el federalismo en el que creemos. Un federalismo europeo que sume entidades soberanas para concurrir en comandita a la gran liza de la globalización, no un federalismo que fragmente lo ya unido para crear ficciones de soberanía al servicio de endogamias cantonales.

Ante este y cualquier otro debate de envergadura, EL ESPAÑOL continuará rugiendo con la misma contundencia. Preguntaba antes que por qué nos siguen teniendo tanto miedo. O, lo que es lo mismo, por qué seguimos drásticamente vetados por TVE y las televisiones del duopolio, por qué seguimos drásticamente excluidos de campañas publicitarias oficiales, por qué seguimos drásticamente apartados de circuitos informativos gubernamentales.

La respuesta es clara: porque estamos a la vez contra el inmovilismo y la revolución, porque no transigiremos nunca con el separatismo pero tampoco con la corrupción, porque no nos conformaremos jamás con la doctrina del mal menor, en la que gran parte de la sociedad española continua autoengañada.

Sólo me resta dar las gracias a todos los miembros de la plantilla por su abnegada entrega a EL ESPAÑOL, a todos los consejeros y consejeras por su generosa ayuda cotidiana y a todos vosotros, representantes de los 5.600 accionistas del periódico con mayor base social de la historia de España, por vuestro permanente aliento. Un año más os digo: “Hagámoslo juntos”. Un año más os recuerdo, con palabras de Azaña, que si tenemos tanta fuerza es porque “nosotros somos nuestra Patria”. En estos dos lemas se asienta nuestra razón de ser.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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