Ahora, frente a ETA, ¿qué es lo elemental?

Por José Ignacio Calleja Saenz de Navarrete, profesor de Moral Social (EL CORREO DIGITAL, 07/01/07):

Veo que las valoraciones sobre el atentado de Madrid lo ocupan todo estos días. Como ocurre siempre, unas me gustan más y otras menos. Sin embargo, no me puedo resistir, ¿y debería hacerlo!, a un par de comentarios. Volvamos a lo más elemental, y no hablaré de principios éticos muy abstractos. Por ejemplo, muchos vascos, repito, vascos, viven su condición de vascos a su manera; se identifican con Euskadi como nación del todo o mucho, o más o menos, o muy poco o casi nada, según su conciencia. Se puede desear y trabajar para que todos aprecien y vean a Euskadi como nación, pero esto, al cabo, requiere tiempo y es un acto de libertad. Por tanto, hay que saber jugar con mayorías y minorías, y pactar los derechos de todos, sin violencia, con incomodidad para todos. Pero, ¿cuándo reconoceremos que nos toca vivir en una sociedad incómoda por lo diversa que es su identidad? ¿Cuándo reconoceremos que hay que hacerla entre todos, cediendo todos en algo o en mucho de nuestras ideas nacionales, españolas o vascas? Lo ‘intentó’ Ibarretxe con un plan y la idea no era mala; lástima que la acordara sólo con los suyos y, así, todo salió ‘a su medida’. Pero la intuición no era mala.

Otra idea. Los populares pueden representar muchas cosas, pero decir que algunas de sus posiciones son otro terrorismo, y que los grupos sociales a los que representan son tan peligrosos o más que las bombas de ETA, pues no. Hay sectores populares que representan un problema político enorme, casi insalvable, pero no es terror, ni se puede comparar moralmente con las bombas de ETA. Lo digo porque hay vascos que lo plantean así. O aceptamos que la violencia terrorista, ¿como en su caso, cuando se da, la tortura!, se sitúa en otro plano moral de la política, que no son política, sino barbarie e inhumanidad, o estas equivalencias nos echan a perder.

Una idea más. Se dice, con razón, que no hay que ignorar a todos los sectores populares representados por Batasuna en muchos de los pueblos de Euskadi. Es cierto. Pero debe añadirse que éstos, los de Batasuna, tienen que pensar en que ellos son una parte minoritaria de este pueblo, que representan a quienes representan, que tienen esa legitimidad y no otra, y que pretender representar a todos, por encima de la libertad de conciencia política de cada uno, es un escollo insalvable para la paz y también para su idea de construcción nacional de Euskal Herria. Si, además, para ellos, la violencia no merece otra cosa que el silencio, no hay proceso que valga, ni hoy ni mañana, ni sistema democrático que los pueda acoger. La violencia en cuanto tal, directamente, sólo merece una voladura controlada. Es como un coche bomba, si te acercas confiado, estalla matándote.

Y última idea, al cabo de los años lo sé casi todo sobre las dificultades de un Estado democrático, España por ejemplo, para reconocer en su seno a otras naciones y su voluntad política. No me sorprende. En cuanto a esto, y primero, ello no me impide diferenciar, lo repito hasta la saciedad, entre unos partidos y grupos sociales, descaradamente nacionalistas y centralistas, por ejemplo, el actual Partido Popular, (y a su modo, el PNV, EA, CIU y ERC), difíciles, por tanto, para organizar la convivencia de sociedades identitariamente diversas, diferenciar, decía, del insalvable escollo planteado por organizaciones terroristas como ETA y de quienes constituyen su correa de transmisión en la política. Yo, este mínimo moral en política creo que todos los vascos deberíamos tenerlo ya muy claro, pues, si no lo tenemos, y muchos no lo tienen, el paso siguiente es, ‘y tú más’, ‘la violencia es un deber’, ‘el fin lo exige’, ‘calla, que te matamos’. Y segundo, las fuerzas democráticas vascas deben trabajar unidas frente al terror, firmes y unidas en esto con las españolas, sin fisuras y sin electoralismos a corto plazo; y a la vez, es razonablemente ético proyectar acuerdos democráticos que recojan el sentir mayoritario de la población vasca y los cambios habidos en su voluntad de autogobierno político. Salvo los violentos, y quienes les apoyan con el silencio o la aprobación, todos pueden y deben entrar en el diseño de un proyecto jurídico y político renovado del País Vasco. Se llame como se llame, y arruinado por ETA el proceso de paz de Zapatero, siempre queda la vía del acuerdo democrático de las mayorías sociales del País Vasco; y éstas, junto a las vías policiales y judiciales, son las únicas que definitivamente pueden aislar y condicionar a los violentos.

Yo no creo que, moralmente hablando, la unidad contra el terrorismo, a muerte contra el terrorismo, exija además la defensa de una idea de España, nación única e indisoluble. Son dos cosas distintas, y mucha gente no está siendo honesta al proponerlas unidas de manera inapelable, o colando subrepticiamente la una en la otra. Es legítimo defender tal idea como algo con peso histórico propio, pero no es justo darla por moralmente obligatoria y debida en una conciencia de bien. Cualquiera puede ver que se trataría de una conciencia nacional elevada abusivamente a máximo moral. En esto, no se puede opinar según me conviene o me gusta, sino según la razón y la verdad. Las conciencias nacionales, todas, son lo que son, una cosa tan razonable como, finalmente, de opinión y emoción, y por tanto, en absoluto un deber moral a compartir frente al terror. Una cosa es que haya aspiraciones políticas que sin duda debieran modularse por respeto a las víctimas y otra que se diga que la unidad de España y la unidad de todos frente al terror son una sola y la misma cosa. Honestamente, no es así. Me guste o no políticamente, no es así.

Y lo mismo cabe decir del País Vasco, o, según gusta a tantos, de Euskal Herria. Son cosas distintas y es hora, por enésima vez, de reconocerlo y obrar políticamente en consecuencia. En esto, desde luego, no veo avance alguno desde hace años y tal vez sea, así me lo parece, porque la política no termina de pensar en pactos para 25 años, sino de dar eternidad a convicciones nacionales absolutas de algunos, y esto, en países de identidad secular y precaria a la vez, no sirve. Me es igual España que el País Vasco.