Ahora, más que nunca, las ideas

En junio de 1950, con motivo de la inauguración del Congreso por la Libertad de la Cultura, se reunieron en la ciudad de Berlín más de un centenar de pensadores e intelectuales. Estaban, entre otros, Karl Jaspers, John Dewey, Benedetto Croce, Raymond Aron, Jacques Maritain, Arthur Koestler y Isaiah Berlin, todos ellos comprometidos firmemente con la libertad. El Congreso tenía como objetivo contrarrestar el atractivo y la buena prensa de los que gozaban las ideas comunistas entre algunos vectores de las sociedades occidentales.

El comunismo estaba ganando la batalla de las ideas, capitaneado por la activa intelligentsia soviética y gracias también a la complicidad de algunos intelectuales occidentales seducidos, por conveniencia o convicción, por la tentación totalitaria. La realidad comunista se ocultaba bajo el velo de los discursos y artículos que alababan las bondades del sistema totalitario. Eran los tiempos en que Jean-Paul Sartre afirmaba que «todo anticomunista es un perro rabioso», mientras que su antiguo compañero en la École Normale, Raymond Aron, se preguntaba cómo el marxismo estaba «de moda en Francia cuando la evolución económica ha desmentido sus previsiones».

En este contexto se organizó el citado Congreso por la Libertad de la Cultura, que suponía a fin de cuentas una toma de conciencia sobre las posibilidades del poder cultural y la influencia de las ideas. Era, en palabras de Aron, «una resistencia intelectual» contra la Unión Soviética. Una defensa de la libertad, tal y como queda recogido en el Manifiesto a los Hombres Libres del Congreso, en el punto 13: «La defensa de la libertad, la defensa de espíritu, exigen de nosotros soluciones nuevas y constructivas a los problemas de nuestro tiempo».

Hoy, más de sesenta años después del Congreso, las amenazas y los retos distan mucho de ser los de aquel entonces, pero la batalla cultural y de las ideas está tan presente como antes. El principio del punto 13 sigue siendo plenamente válido: la realidad política occidental –la europea y la española en particular– exige un nuevo compromiso constructivo por la libertad. En nuestro país, sin ir más lejos, tenemos en el arco parlamentario a Podemos, una fuerza política que reivindica las peores ideas bajo el barniz de lo novedoso. Más preocupados por el pasado que por el futuro –una tendencia cada vez más asentada en la izquierda–, estos avezados lectores de Gramsci tienen claro que las ideas importan y que las batallas democráticas se juegan en los estados de opinión de los ciudadanos.

¿Tiene claro esto el centro-derecha? Las políticas públicas desarrolladas en los últimos años no permiten responder de modo asertivo, salvo que las ideas que se defiendan o hayan asumido sean distintas de las del ideario liberal conservador. El consenso socialdemócrata está más vigente que nunca. Valga, a modo de ejemplo, la cifra de personas que dependen del presupuesto del Estado, algo que debería causar preocupación y que sin embargo se acepta con resignación cuando no se va a remolque del discurso populista, de la propia inercia burocrática o se aceptan propuestas programáticas de terceros que deberían ser propias.

La dejadez intelectual en la que ha caído el centro-derecha español no es un problema menor. El terreno perdido es evidente si se contempla el dominio de la izquierda y los nacionalistas sobre los diferentes debates públicos, en los que siempre logran imponer sus propios términos. Es fundamental que, al igual que hicieron los pensadores del Congreso por la Libertad de la Cultura a mediados del siglo pasado, el centro-derecha español recupere el liderazgo en el debate ideológico, afrontando la batalla cultural con la izquierda. El centro-derecha debe aspirar a ofrecer soluciones a los problemas de nuestro tiempo. Es necesario disponer de ideas que respondan a interrogantes como el futuro de Europa, las nuevas formas de empleo, la cultura, la identidad, la economía colaborativa, el fortalecimiento de las instituciones –su independencia y calidad–, el Estado de Derecho, etcétera, si queremos ofrecer una alternativa basada en la libertad y el pluralismo que favorezca la prosperidad y garantice los derechos fundamentales.

Entender la política como una continuación de la administración a través de otros medios, o en términos estrictamente de poder y no de qué se quiere hacer con el poder, erosiona la confianza en nuestras instituciones, da oxígeno a las soluciones mágicas que ofrece el populismo, a los sueños tribales del nacionalismo y a una izquierda que ni siquiera tiene claro el concepto de nación. Estas soluciones, sueños y manipulaciones son ideas nocivas para los ciudadanos. Son, como nos prevenía Isaiah Berlin en su célebre Dos conceptos de la libertad, ideas que trágicamente «pueden adquirir una fuerza ilimitada y un poder irresistible sobre las multitudes humanas hasta hacerlas tan violentas que se vuelvan insensibles a la crítica racional». Por eso, en Floridablanca creemos que frente a las malas ideas tenemos la responsabilidad de ofrecer buenas ideas. Ideas que se centren en el ser humano y no en delirios burocráticos o luchas de poder. Que reivindiquen el valor de la libertad y la responsabilidad individual, y lo conjuguen con el bien común. Que no se queden en un plano retóricopopulista, sino que hayan demostrado históricamente sus bondades, defendiendo la dignidad del ser humano y mejorando notablemente sus condiciones de vida. Estas ideas existen, son las liberal-conservadoras, y hacen falta en España ahora más que nunca.

Isabel Benjumea, directora de la Red Floridablanca.

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