Ahora que ya sabemos qué canción cantaban las sirenas

En su prólogo a El oficio de historiador el por tantas razones respetado John Elliott se refiere a las «limitaciones» de las fuentes para reconstruir el pasado y, tras admitir que «algunos asuntos serán siempre inaccesibles para nosotros», pone como ejemplo «la canción que entonaron las sirenas y el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres» pues, según el escritor británico del XVII Sir Thomas Browne, son «cuestiones enigmáticas» reservadas a la «conjetura».

Leyendo las mejores obras que han jalonado la llamada Historia de los acontecimientos he tenido muchas veces la duda de si cuando Herodoto relata que «Jerjes dio orden de que el Helesponto recibiera 300 latigazos y se arrojaran a sus aguas un par de cadenas», estaba describiendo un hecho real o transmitiendo una atractiva leyenda. Máxime cuando tras habernos conmovido con la oración fúnebre de Pericles por los atenienses muertos en combate, el propio Tucídides tiene la honestidad de reconocer que, «ante la imposibilidad de recordar las palabras exactas utilizadas» en ese u otros discursos, se había inclinado por la opción «de que los oradores dijeran lo que cada situación requería».

Esta dificultad objetiva de alcanzar la cima propuesta por Ranke para «mostrar lo que sucedió realmente» –wie es eigentlich gewesen– ha alimentado el desdén por ese relato de unos hechos que para Braudel no son sino «perturbaciones superficiales, crestas de espuma que las mareas de la Historia llevan sobre sus espaldas». Tan alta ha llegado a ser la pleamar que en un reciente manual para estudiantes anglosajones –The houses of History– el empirismo queda recluido en una de esas casas, en pie de igualdad con la psicohistoria y la historia de las relaciones de género. Con todos los respetos esto es como si, ante la dificultad objetiva de descubrir lo que ocurrió el 11-M o de probar que Hidalgo, Pamies y Ballesteros fueron los autores del chivatazo, degradáramos el periodismo de investigación hasta equipararlo con las siempre dignas gacetillas municipales o la propia información sobre el estado de la mar.

Siempre que me interrogan sobre mi interés casi obsesivo por la Revolución Francesa respondo que nunca en un espacio físico tan concreto y reducido -la almendra central de París en torno al eje Bastille-Concorde-, durante un periodo de tiempo tan corto -el que media entre el 14 de julio de 1789 y el clímax de Thermidor el 29 de julio de 1794- se han planteado los grandes debates de la democracia a través de un elenco de personajes tan atractivos… y con un desenlace tan trágico.

Pero lo que me ha llevado a publicar un libro como El Primer Naufragio, en el que he invertido tal vez una década de investigación y año y medio de escritura a base de robar horas al sueño, no ha sido ese convencimiento sobre la relevancia de los hechos, sino la constatación de la existencia de fuentes primarias lo suficientemente ricas y variadas como para poder reconstruir lo que de verdad sucedió durante el que, a mi entender, fue el periodo crítico en el que se decidió la suerte de la Revolución.

Las 1.100 páginas de mi relato -más otras 250 de notas, mapas y retratos- están dedicadas a los cuatro meses y 10 días que transcurren desde el sacramento inverso que supone la ejecución del rey de Francia por derecho divino en la plaza dominada hasta bien poco antes por la estatua ecuestre de su abuelo y transformada así en sangrienta pila bautismal de la República, hasta el triunfo del golpe de Estado jacobino del 2 de junio de 1793.

Se trata pues de la anatomía, radiografía y autopsia del primer golpe de Estado contra un parlamento -la Convención Nacional- elegido por sufragio universal masculino. Por cierto, que esta última precisión sólo tiene sentido desde la perspectiva del presente, porque así como las tres asambleas revolucionarias se ocuparon con cierta intensidad de los derechos de los negros, los de las mujeres nunca llegaron ni tan siquiera a estar en la agenda.

¿Cuál ha sido mi propósito al escrutar un periodo de tiempo tan pequeño a través de una lupa con tanta ampliación? Tratar de averiguar el cómo y el por qué de ese primer naufragio en los arrecifes del totalitarismo -los grandes oradores hablaban recurrentemente del «barco de la Revolución»- cuando precisamente había llegado el momento de surcar los mares de la libertad, rumbo al nuevo continente de la felicidad en la Tierra, augurada durante medio siglo por los filósofos de las Luces.

El empeño de mi investigación histórica a través de las actas de la Convención, la Comuna y el club de los Jacobinos así como de los diarios, semanarios y panfletos de la época tenía valor en sí mismo pues nunca, nadie, en ningún idioma había publicado una monografía sobre ese periodo concreto y merecía la pena contrastar algunos de los tópicos arrastrados por dos siglos de historiografía con la desnuda realidad de lo que queda acreditado que ocurrió.

Pero además la disección minuciosa de cómo se engendra esa ruptura violenta de la legalidad republicana y se sientan las bases para la toma del poder por parte de quienes se arrogan el monopolio de la interpretación del proyecto revolucionario -hasta el extremo de justificar sus medios terroristas en función de sus fines virtuosos- tiene la trascendencia añadida de que se trata del chequeo a un paradigma. Autores más brillantes que yo han probado, tiempo ha, hasta qué punto la Revolución Francesa inspiró a la rusa y hasta qué punto el utilitarismo institucional del Comité de Salvación Pública y el Tribunal Revolucionario se reprodujo durante el nazismo, el estalinismo o el maoísmo.

«Los caminos se han roto a nuestra espalda», escribió a su padre el diputado por Calais Joseph Le Bas tras la ejecución del rey. «Es ahora cuando se puede decir: vivir libre o morir». El tirano ya no existía. El Viejo Régimen se había desmoronado entre los estertores de los guardias suizos masacrados en las Tullerías. Los demócratas se habían quedado solos. Francia era suya. La Convención Nacional tenía el poder. ¿Cómo serían capaces de utilizarlo? En El Primer Naufragio está la respuesta, la disección de eso que Raúl del Pozo ha llamado la «aceleración catastrófica».

La situación económica y la crisis militar no ayudaban nada. El absolutismo había sido víctima de su déficit galopante y como la Revolución tampoco estaba siendo capaz de cuadrar las cuentas, había emprendido la desaforada huida hacia delante de imprimir papel moneda. Los asignados empezaron siendo unos simples bonos convertibles en las subastas de bienes incautados a los aristócratas o el clero, pero al transformarse en medio habitual de pago desencadenaron la hiperinflación, el desabastecimiento y el hambre en París. Sólo faltaban las derrotas en Bélgica y la traición del general Dumouriez para que los sans culottes -ignorantes y crueles como pocos- se echaran a la calle con las picas en la mano buscando primero entre los banqueros e industriales, luego entre los simples tenderos o panaderos, a los culpables de sus desdichas.

Al principio los dos bandos de la Convención cerraron filas en defensa de la libertad de comercio, tratando de estabilizar el proceso revolucionario mediante la aprobación de una nueva Constitución. A medida que la tensión iba in crescendo los jacobinos se dieron cuenta, sin embargo, de que estaban ante una oportunidad única de desembarazarse de sus principales adversarios, descabezar al bando moderado, invertir la correlación de fuerzas en la Asamblea y hacerse con el poder. Eso fue lo que obtuvieron de su pacto con los radicales de la Comuna municipal y los agitadores callejeros, a cambio de respaldar delirantes medidas económicas basadas en la fijación de precios máximos.

A lo largo de esa primavera, los jacobinos se comportaron como un verdadero partido con su sede social -el club de la calle Saint-Honoré-, sus sucursales en toda Francia, su grupo parlamentario -la Montaña-, su subyugante líder oficioso -Robespierre- y su fuerza armada -la Guardia Nacional de París- controlada desde el Ayuntamiento. Los moderados siguieron actuando en cambio, incluso cuando le vieron las orejas al lobo, como un archipiélago de personalidades brillantes -Vergniaud, Brissot, Condorcet, los Roland-, incapaces de organizarse o tan siquiera de coordinar sus iniciativas parlamentarias.

Durante más de dos siglos, primero la historiografía romántica -Lamartine, Michelet- y luego la marxista -Jaures, Mathiez, Lefevbre, Soboul- nos han descrito esta encrucijada como un pulso entre dos fuerzas equivalentes que empleaban métodos intercambiables: los girondinos y los jacobinos, la Gironda y la Montaña. Ganó la izquierda, perdió la derecha. Los unos guillotinaron a los otros antes de que los otros guillotinaran a los unos. En ese contexto el Terror era un fruto de la necesidad histórica, indisociable de todos los logros de la Revolución.

Sólo en 1960, un entonces joven profesor llamado Michael Sydenham se atrevió a desafiar esa interpretación canónica en un conciso ensayo titulado The Girondins en el que alegaba que el «mito histórico» del Partido Girondino fue en realidad una «invención» de los jacobinos, moldeada a su imagen y semejanza mediante el «efecto espejo», para justificar la toma del poder por la fuerza. Mi libro demuestra, como dice Anson, «mes a mes, semana a semana, día a día, minuto a minuto», que Sydenham, y no los guardianes del grial que se alzaron enseguida frente a su herejía, tenía razón.

Tras leer El Primer Naufragio, Arturo Pérez Reverte ha destacado la «luz sucia» que envuelve las idas y venidas de los personajes, cambiando de conducta en función de lo que Elliot llama «la contingencia de los acontecimientos». Son seres de carne y hueso de los que, gracias a esas fuentes primarias, sabemos cuánto gastaban en comida, cómo vestían, qué libros tenían en sus casas y, sí, también qué canciones cantaban. El lunático Varlet componía las suyas: Brille par tout liberté/ nouveau soleil de ce monde;/ brille par tout Liberté/ consoles l’humanité.

Habrá quienes, al reparar página tras página en las semejanzas con la situación creada hoy en España -sustitúyanse los asignados por las emisiones de deuda y las derrotas militares por los vapuleos en los mercados-, no creerán que yo entregué el original a mi editora Imelda Navajo en enero de este año, mucho antes de que los enragés parisinos, que al grito de «no nos representan» cercaron la Convención, se trocaran en nuestros indignados del 15-M haciendo sentadas en la Carrera de San Jerónimo y bloqueando el acceso al Parlament en el Parque de la Ciudadela.

Pero yo no he querido escribir este libro para, como advierte Carmen Iglesias, tener «un ladrillo que arrojar a la cabeza del adversario», sino para demostrar que la realidad puede proporcionar elementos narrativos tan ricos como los de la ficción porque es el arte el que imita a la vida; para levantar acta de la intensa felicidad personal que puede producir el descubrimiento de hechos que vengan a llenar algunos de esos «huecos y fragmentos» de la Historia de los que hablaba Havel; y sobre todo para que quede constancia de que si nos empeñamos en desoír las lecciones del pasado no será porque no sepamos ya cuál era la canción que entonaban las sirenas.

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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