Aislamiento progresivo

Todo empieza sigilosamente. El niño, o niña, se va recluyendo cada vez más en su casa. Hace acopio en su habitación de aparatos electrónicos: televisión, ordenador, videojuegos y móviles para su uso personal. Pasa cada vez menos tiempo con sus familiares. Rehúsa quedar con los amigos y da excusas a los que le llaman para salir a dar una vuelta. Encerrado en su dormitorio pasa largas horas con sus queridas pantallas, que le acaparan hasta las tantas de la madrugada. Al día siguiente no hay quien le levante para ir a clase. Las calificaciones escolares van descendiendo. El aislamiento familiar y social es cada día más evidente… ¿Y cómo empezó esta degradante secuencia? Quizá el germen de la incomunicación se lo inoculó al crío ya hace tiempo la propia familia. ¿Cómo? Practicando todos el drástico ritual del silencio de la familia ciberconectada. Les pongo un ejemplo. En la mesa del comedor están sentados padres e hijos. Nadie habla. A lo sumo se oye un alarido cuando uno de los comensales se quita los auriculares de las orejas. Padre y madre, además, están atentos al informativo de la televisión. La hija mayor y el mediano no paran de mandar mensajes con sus móviles. El pequeño, entre bocado y bocado, no suelta su maquinita de videojuegos. La escena puede parecer exagerada, pero doy fe de que es tan real como la vida misma. En bastantes hogares de nuestra aldea global y digital, las familias han enmudecido. La era de la comunicación ha traído la más feroz incomunicación.

A la vista de la proliferación de estos casos de críos enganchados a las pantallas, en el 2001 acuñé el término de botellón electrónico.Lo comparé con el botellón alcohólico, porque los pacientes a los que asistía presentaban síntomas de embriaguez muy similares a los que producían los excesos de fines de semana de alcohol de garrafa. Pero había una diferencia. Estos jóvenes bebedores, cuando se ponían ciegos a base de tragos, armaban algarabías que obligaban a actuar a la policía y algunos acababan en el cuartelillo. Mientras que con el botellón electrónico no sucedía nada de esto. Incluso los padres justificaban esta conducta ascética de sus hijos. “Es muy hogareño, doctor. Los fines de semana no se va por ahí a tomar copas, de juerga con los amigos, ni a hacer gamberradas… Se queda en casa, entretenido con sus cosas”.

Pero, ¿qué saben los padres de estas cosas que tanto entretienen y absorben las mentes de sus hijos? Nada. Desconocen el contenido que se expone en sus pantallas y el uso que hacen de esta información. Argumentan estos complacientes progenitores que así su retoño no hace daño por ahí fuera porque está siempre en el redil del hogar. ¿Así pues, no importa que el daño se lo haga a sí mismo, siempre que sea bajo el techo paterno? Estas situaciones, aparentemente tan hogareñas, me recuerdan el pintoresco caso de unos padres que pillaron a su hijo, introvertido y solitario consumidor de pantallas – de doce años e hijo único-,encandilado con las páginas porno de internet y acudieron alarmados a consultarme qué podían hacer. Les propuse unas pautas de terapia familiar para el desenganche del niño. Pero, a los pocos días, anularon las sesiones, con el siguiente argumento: “Mire, doctor, mi mujer y yo lo hemos pensado… y preferimos que nuestro hijo se inicie en el conocimiento del sexo a través de la pantalla, y estando en casa, a que se vaya por ahí, ¡vaya usted a saber por dónde! y nos pille una enfermedad venérea, el sida, o nos deje embarazada a una chica”. Asombrado, pensé: “¡Mira por dónde, estos padres acaban de descubrir la pantalla-preservativo!”.

En algún lugar he leído que el 70% de los ordenadores dispone de antivirus y sólo un 18% tiene filtros. Queda en evidencia que importa más la asepsia del aparato que la asepsia de la mente del crío. Aunque ya se sabe que el mejor filtro es la educación que haya recibido el chaval. Concluyo. Esta situación filial de reclusión voluntaria en su habitación, de incomunicación casi monacal, que a los padres les puede oler a un supuesto calor de hogar, implica, paradójicamente, a corto o medio plazo, una incomunicación familiar. La generación ni-ni, el botellón electrónico, la generación búnker, el fenómeno japonés hikikomori como mecanismo de defensa-a la más total dependencia e invalidez.

La prevención de estas situaciones, señores padres, empieza por fomentar la comunicación en la familia. También por controlar que no haya pantallas en la habitación del crío. Ningún televisor para uso personal, las maquinitas con tiempo de manejo dosificado y el ordenador en un rincón de la sala de estar, bien a la vista de todos.

Por Paulino Castells, doctor en Medicina y Cirugía. Psiquiatra de familia. Profesor de la Universitat Abat Oliba CEU.

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