Ajuste chino

Quienes observan a China están esperando, desean saber si los chinos han logrado implementar un aterrizaje suave, enfriando una economía recalentada y logrando una tasa de crecimiento más sostenible, o si el dragón asiático se estrellará como antes lo han hecho algunos de sus vecinos. Pero algunos, especialmente los políticos estadounidenses en este año de elecciones presidenciales, se centran únicamente en un tema: la balanza comercial china.

Es cierto, poco tiempo atrás el yuan estaba fuertemente subvaluado y los superávits comerciales chinos eran muy grandes. Esa situación está cambiando. Las fuerzas de ajuste están actuando sobre la economía china, por lo que las percepciones extranjeras también necesitan ajustarse.

El superávit comercial chino alcanzó su máximo de 300 mil millones de dólares en 2008, desde entonces no ha hecho más que disminuir. (De hecho, los datos oficiales mostraron un déficit de 31 mil millones en febrero, el mayor desde 1998.) Lo que ha sucedido es claro. Desde que China se reincorporó a la economía global hace tres décadas, sus socios comerciales han estado quitándoles de las manos sus exportaciones de manufacturas, ya que los bajos salarios chinos las hacían súpercompetitivas. Pero, en los últimos años, los precios relativos se han ajustado.

La transformación puede medirse en la apreciación del tipo de cambio real, compuesta en parte por la apreciación nominal del yuan respecto del dólar y en parte por la inflación china. El gobierno chino debería haber permitido que una mayor parte de la apreciación real se diera a través de la apreciación nominal (dólares por yuan). Pero, como no lo hizo, esta se ha transformado en inflación.

El proceso natural de ajuste de precios se vio retrasado. Las autoridades intervinieron, primero en 1995-2005 y nuevamente en 2008-2010, para mantener el tipo de cambio virtualmente fijo respecto del dólar. En segundo lugar, los trabajadores en las cada vez más productivas fábricas chinas costeras no eran remunerados al valor completo de su trabajo (después de todo, la economía no ha completado su transición de Mao al mercado). Como resultado, China continuó vendiendo más barato que el resto del mundo.

Pero finalmente se permitió que el yuan se apreciara respecto del dólar –aproximadamente un 25% acumulativo durante 2005-2008 y 2010-2011. Además, la escasez de mano de obra comenzó a notarse, y los trabajadores chinos empezaron a obtener rápidos aumentos salariales. Pekín, Shenzhén, y Shanghái elevaron fuertemente sus salarios mínimos durante los tres últimos años –un promedio del 22% en 2010 y 2011. Mientras tanto, otro de los costos de los negocios, el precio de la tierra, aumentó aún más rápidamente.

A medida que aumentan los costos en las provincias costeras chinas, diversos tipos de ajuste están ocurriendo. Parte de la producción manufacturera está migrando hacia el interior del continente, donde los salarios y los precios de la tierra aún son relativamente bajos, y algunas operaciones de exportación se están desplazando hacia países como Vietnam, donde son aún menores. Además, las empresas chinas están comenzando a automatizarse sustituyendo capital por trabajo, y produciendo bienes más sofisticados, transitando el sendero abierto por Japón, Corea y otros países asiáticos en una formación semejante al «vuelo de los gansos».

Finalmente, las empresas multinacionales que mudaron algunas operaciones a China desde Estados Unidos u otros países con elevados salarios, ahora están dando >marchaatrás. Después de todo, la productividad aún es mayor en EE.UU.

Nada de esto es novedad para la mayoría de los observadores internacionales de China. Pero muchos políticos occidentales (y, para ser justos, sus electores) no logran abandonar el silogismo que parecía tan incuestionable hace tan solo una década: (1) Los chinos se han integrado a la economía mundial; (2) sus salarios son de 0,50 dólares por hora; (3) son mil millones de personas; y (4) los salarios chinos nunca verán presiones al alza acordes con las leyes de economía de manual, por lo que sus exportaciones crecerán sin límite. Pero resulta que las leyes básicas de la economía eventualmente devienen aplicables –incluso en China.

Como algunos otros aspectos de la relación económica entre EE.UU. y China, el ajuste chino recuerda al japonés, con un retraso de 30 años. La balanza comercial japonesa fue deficitaria en 2011, por primera vez desde 1980. Hubo factores especiales en juego durante el año pasado, incluidos el alto precio del petróleo y los efectos del tsunami de marzo de 2011. Pero la tendencia descendente en la balanza comercial es clara. Incluso la cuenta corriente mostró una situación deficitaria en enero.

Este cambio ha recibido relativamente poca atención por parte de EE.UU. y otros socios comerciales, algo curioso, dado que hace dos décadas el gran superávit comercial japonés fue objeto de intensa atención y preocupación –exactamente como el actual de China. En esa época, algunos comentaristas advirtieron que los japoneses habían descubierto un modelo económico superior, con una política comercial estratégica (entre otras atracciones), y que lo mejor para el resto era emularlos. Era eso, o bien los japoneses estaban «haciendo trampa», en cuyo caso debíamos detenerlos.

La mayoría de los economistas rechazaron esas opiniones «revisionistas», y sostuvieron que el superávit japonés de cuenta corriente era elevado debido a que su tasa de ahorro interno era alta, algo que reflejaba su demografía y no diferencias culturales o políticas de gobierno. La población japonesa era relativamente joven comparada con la de otras economías avanzadas, pero estaba envejeciendo rápidamente debido a un descenso de la tasa de natalidad desde 1940 y una creciente longevidad.

Esa visión ha sido reivindicada. En 1980, el 9% de la población japonesa tenía 65 o más años de edad; ahora la proporción es de más del 23%, una de las mayores en el mundo. Como consecuencia, los ciudadanos japoneses que hace 30 años ahorraban para su jubilación ahora están desahorrando, exactamente como lo predijo la teoría económica. A medida que la tasa de ahorro interno disminuyó, también lo hizo el superávit en la cuenta corriente.

China enfrenta una tendencia demográfica semejante, junto con un impulso por liberar el consumo de los hogares para sostener el crecimiento de su PBI. Como en Japón, la tendencia negativa en la tasa de ahorro china repercutirá sobre su cuenta corriente. Las leyes de la economía internacional aún son aplicables.

Por Jeffrey Frankel, profesor en la Harvard University’s Kennedy School of Government.

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