Ajuste de expectativas políticas

Ha cambiado algo en la política española tras los resultados electorales de este domingo? ¿Es más fácil ahora formar gobierno? Aparentemente no. Con sus ajustes al alza y a la baja en el número de diputados, las nuevas elecciones dejan el mismo escenario básico que el 20-D: cuatro no ganadores. Por sí solos, o en bloques ideológicos, no están en condiciones aritméticas de formar gobierno.

Pero desde otra perspectiva, las cosas sí han cambiado. Las nuevas elecciones han corregido las expectativas presidencialistas de unos y otros y las han ajustado a la realidad. Mariano Rajoy ha aumentado su apoyo, pero su expectativa de mayoría queda acotada. Albert Rivera ha visto recortadas sus expectativas de ser determinante y condicionar la continuidad de Rajoy. Pablo Iglesias tiene que dejar de pensar en volar como un ave predadora para conformarse, de momento, con el vuelo gallináceo en el corral de la oposición. Por su parte, Pedro Sánchez ha logrado contener la expectativa a la baja del PSOE y parar el sorpasso de Iglesias. Es un triunfo moral importante. Pero no le permite aspirar a la investidura, aunque sí a ser decisivo y determinante en la formación de gobierno.

Los resultados en Catalunya, País Vasco, Galicia y Andalucía han producido también un ajuste de expectativas. Los partidos nacionalistas han comprobado que los resultados del 26-J han revalidado la existencia de nuevas formaciones que han limitado sus expectativas hegemónicas. Y en Andalucía han sido un correctivo para las expectativas de Susana Díaz.

Por lo tanto, estas nuevas elecciones han sido una reválida que ha puesto las expectativas de unos y otros en su sitio. Este ajuste debería ser determinante para evitar unas terceras elecciones. Ahora no hay excusas. Los ciudadanos tenemos derecho a tener gobierno. Y los partidos tienen la obligación constitucional de lograrlo.

Las fórmulas pueden ser varias. El criterio debería ser el de formar gobierno con la regla de la mayoría de 176 diputados, o permitir, por activa o pasiva, que otros lo formen. No vale la conducta de perro del hortelano.

La fórmula de un gobierno de gran coalición es aritméticamente posible, pero políticamente inimaginable. Pedro Sánchez sabe que la experiencia europea de gran coalición es perversa: el pez grande se come al chico. Por otro lado, entrar en el gobierno significaría dejar la oposición de izquierda a Podemos. Por ambas razones, en las próximas elecciones se podría encontrar con lo que les pasó a los socialistas griegos: desaparecieron como gobierno y como oposición.

Por razones parecidas tampoco le conviene buscar un gobierno tipo bloque de izquierdas a la portuguesa. Al margen de que la aritmética parlamentaria se lo dificulta, sería una amalgama de formaciones políticas de izquierdas junto con nacionalistas, independentistas y regionalistas. Una coalición contra natura y de incierto resultado.

Pero Pedro Sánchez sí puede articular un apoyo pasivo desde el Parlamento a un gobierno en minoría de Mariano Rajoy. Se trataría de obligarle a comprometerse con una acción de gobierno reformista a plazo convenido, ya sea mediante una moción de confianza o de censura llegado ese plazo. Eso le permitiría ejercer una labor indirecta de gobierno y no dejar la oposición a Podemos. A la vez que ganar tiempo para ver si en las próximas elecciones resurge como ave fénix de los escorzos de la actual hoguera interna.

Pero es Mariano Rajoy el que tiene que tomar la iniciativa de buscar ese apoyo pasivo ofreciendo un programa de gobierno con medidas reformistas. No puede apoyarse simplemente en que “el más votado tiene derecho a gobernar”. En democracias parlamentarias como la nuestra, es presidente el que tiene mayor número de diputados propios o/y de otros. Ya sea con un apoyo activo o pasivo.

La fórmula de un gobierno en minoría con apoyo pasivo parlamentario de control es acorde con los dos tipos de políticas que tiene que llevar a cabo el gobierno. Por un lado la gestión de los asuntos del día a día que no exige grandes coaliciones sino apoyos puntuales. Por otro, la política de reformas que implican cambios en las reglas de juego de la política o pactos sobre políticas de largo plazo (pensiones, educación, sanidad, Unión Europea). Para este segundo tipo de políticas hay que apoyarse en un axioma indiscutible: no se pueden llevar a cabo si no es con el apoyo de, al menos, los dos grandes partidos. Y en algún caso contando con los partidos nacionalistas. Pero ese apoyo no tiene por qué ser un gobierno de coalición sino mediante la fórmula de un gobierno en minoría apoyado de forma pasiva desde el Parlamento por una coalición de control de la acción de gobierno.

En cualquier caso, sea como sea, tenemos derecho a tener por fin un gobierno.

Antón Costas, catedrático de Economía de la Universitat de Barcelona.

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